El tiempo

Nieve, una caminata eterna en la nieve, hasta el final, hasta que se acaban los créditos.

Voy a dormir. La cama es cómoda, está tibia, puedo deslizarme dentro, estirar mis piernas. Hace una hora estaba dormido. Estaba sobre mi cama, no podía levantarme, no quería, o qué diablos! El sueño era muy profundo, la fuerza para cerrar los ojos perfectamente fijada en mí. No iba a levantarme, casi. Curiosamente la cama se hace más cómoda encima y no dentro, en ese momento al menos.

Me levanté y me arrastré un poco entre la oscuridad y apagar la computadora. Una idea para un nuevo tema, una narración en primera y tercera persona. Los ojos se alteran, quizá. Quizá golpea con fuerza el espejo hasta que se rompe. Quizá es un impulso similar a romper una taza una mañana, a quemar un bosque en la noche.

Antes de dormir, escucho música de algún lugar, la cocina de mi tío o más lejos. Coloco música también, suave, dos puntos de volúmen. Nieve, una caminata eterna en la nieve, hasta el final, hasta que se acaban los créditos.

El cuarto se ilumina parcialmente, la pequeña luz se mueve ligeramente, deja ver esta pared, resalta ante estos ojos. Un minuto, veinte, una hora. Duerme después.

Escrito por EM Rodríguez

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El último recuerdo

Las últimas horas son de nostalgia, quizá las pasas recordando, viendo en tu mente pasajes de épocas más bonitas. Quizá vuelves a ver el rostro de tu madre cuando aún eras un niño, tal vez los ojos de tu primer amor, o puede que vuelvas a verte a ti, columpiando en el parque de tu infancia.

La noche se acaba a una hora determinada. Nada va a evitar que eso pase. Luego es el fin del mundo.
Al amanecer, al amanecer el olvido se apodera de todo y ya nada importa o existe para importar. ¿Qué haría en esas escasas últimas horas? ¿Si solo tuviera esta noche y en la mañana se fuera a terminar todo, acaso podría dormir, acaso necesitaría alguna otra última respuesta? ¿Una última confirmación de lo que ya sabía, de lo que era? ¿Alguna nueva visión de las cosas?

El viajero no lo sabía con certeza, dió vueltas en la ciudad un par de horas jugando al explorador, ebrio, triste, e ignorante de su realidad. Así fue que cuando supo del cataclismo ya era tarde, ¿dónde podría ir a esa hora?. Supongo que así nos pasa a la mayoría de nosotros, solo abrimos los ojos cuando ya no queda mucho tiempo, cuando ya es «tarde» y vemos el final de todo, la muerte, a unos pocos pasos, cuando podemos sentir detalle a detalle esa última agonía. Ese concepto de que ya no queda tiempo es lo que nos hace despertar, mejor dicho, reaccionar. Ese momento es el de las revelaciones incómodas, cuando notamos que «hemos perdido», y como un hombre a punto de ahogarse, hacemos nuestros últimos intentos por respirar y mantenernos a flote, la última pelea, el último esfuerzo, buscando «algo».

Aún no lo sabía, no lo entendía, pero el viajero tenía en su mente ideas fijas, obsesiones que lo estaban moviendo: debía completar algo, debía encontrar algo, o a alguien. No sabía lo que estaba por llegar, miraba hacia el cielo nocturno y eterno, ilusorio, volvía a bajar la mirada, a recordar, a intentar comprender qué era lo que buscaba, y seguía caminando.

Estaba borracho no se sabe hace cuánto tiempo, unas palabras de un desconocido lo despertaron. Luces apagadas, un ambiente frío y lejano, ya comenzaba a ausentarse la existencia. Observa, trata de comprender, pero comprender es muy difícil, tiene tragos encima, tiene dejadez, su mente está lenta, le falta esa capacidad que seguramente perdió hace años. El desconocido le lanza palabras encriptadas, confusas, le dice algo sin decirle en realidad, le da el mensaje que en realidad no quiere escuchar: todo se ha terminado.

Las últimas horas son de nostalgia, quizá las pasas recordando, viendo en tu mente pasajes de épocas más bonitas. Quizá vuelves a ver el rostro de tu madre cuando aún eras un niño, tal vez los ojos de tu primer amor, o puede que vuelvas a verte a ti, columpiando en el parque de tu infancia. Las últimas horas vas tras los recuerdos, intentas como sea retroceder el tiempo. Curiosamente, al final, ese tiempo parece hacerse más lento. Sientes la brisa más suave, es relajante, tus pasos subiendo las gradas son pausados, llenos de tranquilidad. Sientes las olas del mar muy cerca, latiendo, vibrando, aún a sabiendas de que ya está cerca la oscuridad total.

Ya has corrido todo lo que podías correr, ahora ve despacio, sube lo que te falta de esas gradas. La pequeña torre está al final. Un último recuerdo te espera.

Escrito por EM

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Desconocida, algún día…

Viajar. La desconocida repite en silencio la cábala de todos los días, nuevos rostros, nuevos amores, nuevos recuerdos. Algún día, lejos, un viaje en una montaña en el cielo, las nubes por debajo de lo cristalino, un mundo entero con sus estrellas y eclipses. Algún día, y da otro paso y otro. Se detiene, se queda fría, pronuncia un suspiro culpable.

Tentación de caer, un pequeño asomarse a ver el abismo y sentir los latidos.
Sin nombre, recuerdos en blanco y negro cuando es de noche, cuando hace frío, cuando llueve, cuando la acompaña una copa de vino y decide caminar sin un camino exacto.

Viajar. La desconocida repite en silencio la cábala de todos los días, nuevos rostros, nuevos amores, nuevos recuerdos. Algún día, lejos, un viaje en una montaña en el cielo, las nubes por debajo de lo cristalino, un mundo entero con sus estrellas y eclipses. Algún día, y da otro paso y otro. Se detiene, se queda fría, pronuncia un suspiro culpable. Algún día, cuando no busque desesperadamente fotos para romper y reconstruir obsesivamente, cuando sus ojos hayan sanado. Reza y mira abstraida hacia el fondo de la luz, lanza pensamientos al universo que le rodea, acaricia su propia mejilla, ofrece un beso a un extraño que la toma de la mano por casualidad.

Quiere viajar y pierde otro día con su sol y su luna. Donde no haya nada, donde sea un inicio libre de prejuicios y sombras entre las personas, cualquier lugar que sea lejos, cualquier lugar donde no resuene en su mente el pasado como un eco en un pasillo sin salida.
Ojos quebrados que se cierran y se transforman y buscan la más mínima distracción para comenzar el día.
Día uno, conversaciones aleatorias, sueños aleatorios. Despierta tarde y quiere contar sus sueños. Balbucea las palabras a personas alternativas, opciones posibles, alguien, alguien que vea en los sueños algo más que cosas sin sentido.

Nada. Besos vacíos. Voces que duelen. Sin lágrimas, sin ninguna lágrima, pensar en que no hay lágrimas, pensar en lágrimas que caen sin caer, en silencio, sin que nadie las escuche o se detenga a sentirlas. Odio, amor, odio eterno, amor como cielo que se rompe, odio como canciones que se repiten mil veces, odio como asfixia, odio como cartas incendiadas, odio como deseos infinitos de venganza… olvido, mirada extraña y cavilaciones eternas. Cigarro inexistente en la mano, botella fría en un bar extraño en una ciudad ajena. Pasos en la oscuridad, estrellas nocturnas, deseos confesados en silencio, contradicciones, lágrimas que caen por fin. Extraña sensación en la garganta, en el pecho, en el día, en los labios. Recitar palabras, declaraciones definitivas parecidas al agua, a la arena del desierto en una tormenta.

Arena. Las olas terminan por llevarse el castillo.

Escrito por EM Rodríguez

La música es un homenaje a Undertale. No soy el autor…
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Resignación

Mi tío ha muerto, y todo es más gris ahora.

Estaba en el hospital, lo habían regresado a terapia intermedia, estaba mal. Las voces en la casa se sacudían entre miedo, tristeza, silencio y esperanza. Quizá algunos ya presentían lo que iba a pasar, todo era más pausado, más silencioso, todos caminaban sin bromas ni gritos, sentían la presencia de la enfermedad, de la muerte que está rondando. Los días negros en la vida de las personas son notorios, llenos de presagios, llenos de visiones, de recuerdos extraviados que aparecen sin ninguna explicación. No lo sé, quizá mi abuelita soñó con mi tío durante la noche, tal vez mi prima se acordó de alguna foto, de un año borroso, en donde mi tío estaba joven y sano, tal vez mi mamá se detuvo un par de segundos en la mañana y rezó sin darse cuenta, o recordó a mi tío cuando era niño. Hay cosas que pasan así y se convierten en anécdotas imperecederas. Aún recuerdo la historia que hubo detrás de la primera persona conocida que murió cuando yo era niño: un sueño con gente alta convertida en sombras, sombras como calcinadas que se movían en una pared, haciendo una romería lenta. Eso contaron todos, todos decían que la señora había tenido ese sueño la noche antes de despedirse de este mundo.

Pienso, ¿qué habrá soñado mi tío la última noche? Quizá tuvo un sueño similar, o quizá viajó a los lugares que le gustaba ir. Tal vez tuvo un sueño en donde era niño, y jugaba con soldados o cochecitos, tal vez tuvo su última pelea de karate y ganó el torneo, o tal vez vivió toda su vida una vez más mientras dormía. Quizá despertó sabiendo que era el día, que su sufrimiento iba a terminar un miércoles tranquilo y soleado, que no iba a poder despedirse de todos, que no iba a poder estar a lado de su madre cuando el momento llegara.

Estaba muy débil, su cuerpo ya al borde del agotamiento, su mente estaba fallando por las complicaciones, su pierna tenía otro problema más y estaba hinchada. Él estaba flaco, se notaba sus huesos en sus manos, en sus brazos, se veía muy distinto a como yo lo recordaba, fuerte, lleno de vida, resistente. Los médicos ya no querían moverlo de donde estaba porque era muy riesgoso, ni para hacer pruebas, seguro también conocían el desenlace próximo. En casa todos estaban sobreaviso. Era un resultado muy posible. A pesar de todo el optimismo y los buenos deseos y oraciones que uno hace, piensa y dice, en el fondo también espera el peor de los resultados. Sabe que puede pasar lo peor, que el tío/hermano/hijo/cuñado con cáncer diagnosticado a destiempo puede morir en cualquier momento, a pesar de las palabras de aliento, a pesar de las oraciones o de todas las medicinas. Mis tías y mi madre lo sabían, lo presentían. En la tarde conversaron sobre el delicado estado de salud de mi tío, y lo sabían, intuían que el final podía estar muy cerca, a fin de cuentas no era nada bueno que hayan tenido que volver a llevarlo al hospital hace un día, después de tenerlo en casa unas semanas, cuidándolo.

Ya de noche llegó la noticia, agarró a todos con la guardia baja, estábamos en pijama, algo distraídos con las noticias. Un giro de eventos, tan solo horas antes habíamos «festejado» una pequeña victoria contra la Pandemia con mi recuperación y la de mi mamá. Ella recibió la noticia. Hubo lágrimas, desesperación, tristeza, un poco o mucho en cada miembro de la familia. Hubo un momento en el que todos nos vimos frente a frente con esa parte tan trascendental de la vida que comprendemos pero no comprendemos. Nos miramos, algunos nos abrazamos o nos dijimos alguna palabra, ¡algo! para resistir aquella primera caída. Y poco a poco todos fueron calmándose.

Resignación, resignación es lo que queda, porque no se puede hacer nada, y tanto mi abuela como mis tías, o mi mamá, o el resto de mi familia deberán aceptarlo hoy, mañana o después. Un momento se distrajeron con los trámites, con esa indiferente burocracia que viene después de cada tragedia. Buscar papeles, revisar detalles, hacer listas de actividades y organizar todo lo preliminar. Un poco de calma, de «ahora está en un lugar mejor, ya no va a sufrir». Después, recordar dentro de cada uno los detalles, un recuerdito, una frase, una imagen: «Juan era karateca, tercer Dan, era maestro», «era bondadoso, era santo, sus estudiantes lo querían mucho», «ayudaba a todos, siempre estaba dispuesto a ayudar sin pedir nada a cambio», «no tenía maldad, no le hacía daño a nadie, siempre estaba con una sonrisa», «traía dulces, siempre estaba con regalos, o cargando sus colchonetas…»

Hasta que trajeron el cuerpo, y todas las lágrimas acumuladas se desataron como lluvia y tormenta. Mi abuela repetía «mi hijo, mi hijo, me ha dejado mi hijo» y paraba de llorar. Sabía que eso iba a pasar, lo esperaba, lo había sentido todo el día, y ahora lo decía a todos, «yo sabía, era que se quede aquí nomás, que ya no lo lleven al hospital». Quizá sí, si la muerte iba a llegar ese día, quizá hubiera sido mejor que él estuviera en su casa. Imagino la escena de novelas, mi abuela consolando a su hijo para que haga la transición, acariciando su cabecita, llorando a su lado, diciéndole que lo ama con todas sus fuerzas. Y él diciéndole, con las pocas fuerzas que le quedaban, que no se preocupe, que no esté triste, que se cuide, que iba a ir a reunirse con el papá.

De cierta forma ya se había despedido, mi tío más que nadie sabía lo que sentía. Hizo todos los arreglos que pudo hacer, hasta otorgó un nuevo cinturón a uno de sus estudiantes estando en cama y sin fuerzas. Ya había agradecido a sus hermanas por el cuidado, quizá tuvo una conversación final con mi abuela, escondida en alguna mirada en que se encontraron, en el roce de sus manos en alguno de esos días, en el silencio y la cercanía, tal vez se quedaron un momento a solas y hablaron sin interrupciones ni medicaciones ni ruido del tratamiento, no lo sé.

No tengo muchos recuerdos de él. Una vez nos llevó a una excursión al cerro, cuando yo aún era niño. Le gustaba explorar, la aventura al aire libre. Le gustaba armar modelos de helicópteros y aviones, hacía arbolitos con alambre, tenía soldaditos de plomo. Le gustaba Star Wars, documentales de guerra, el karate Kyokushin (obviamente), y las películas de artes marciales. Son los recuerdos que tengo, intento recordar más cosas mientras observó el último modelo de avión que me regaló cuando ya se hizo mayor. Mi papá cuenta una historia sobre él, dice que mi tío lo golpeó cuando era niño, por los celos que sentía que de que se acercara a mi mamá cuando eran adolescentes. «Era de este tamaño, tenía unos ocho, nueve años», recuerda y hace recordar a mi mamá. Ella cuenta otra historia, mi tío de niño, desapareciendo todo un día porque se había ido a trabajar para poder comprar un pollo, para el día de la madre. Y cuenta la historia con ese detalle que le da haberla contado muchas veces, hasta emocionada, como si eso hubiera pasado ayer. Supongo que lo que queda son los recuerdos. Todos en esta sala están recordando algo, un momento agradable, un momento pequeñito que les llega a la memoria, una historia que siempre han contado y que ahora tiene más fuerza. Todos recuerdan un abrazo que les dió mi tío alguna vez, o una frase que dijo, o un regalo en forma de ayuda.

Mi tío ya no está, y deja un recuerdo inmortal en muchas personas…

Juan Reynaldo Villa Fora Q.E.P.D.