El tiempo

Nieve, una caminata eterna en la nieve, hasta el final, hasta que se acaban los créditos.

Voy a dormir. La cama es cómoda, está tibia, puedo deslizarme dentro, estirar mis piernas. Hace una hora estaba dormido. Estaba sobre mi cama, no podía levantarme, no quería, o qué diablos! El sueño era muy profundo, la fuerza para cerrar los ojos perfectamente fijada en mí. No iba a levantarme, casi. Curiosamente la cama se hace más cómoda encima y no dentro, en ese momento al menos.

Me levanté y me arrastré un poco entre la oscuridad y apagar la computadora. Una idea para un nuevo tema, una narración en primera y tercera persona. Los ojos se alteran, quizá. Quizá golpea con fuerza el espejo hasta que se rompe. Quizá es un impulso similar a romper una taza una mañana, a quemar un bosque en la noche.

Antes de dormir, escucho música de algún lugar, la cocina de mi tío o más lejos. Coloco música también, suave, dos puntos de volúmen. Nieve, una caminata eterna en la nieve, hasta el final, hasta que se acaban los créditos.

El cuarto se ilumina parcialmente, la pequeña luz se mueve ligeramente, deja ver esta pared, resalta ante estos ojos. Un minuto, veinte, una hora. Duerme después.

Escrito por EM Rodríguez

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Resiste

Vaya, muchacho, tienes que organizarte mejor. El extraño problema tiene unas tres revisiones y varios duplicados. Pedazos de Cómo llegamos a esto están repartidos entre Los barrotes de la puerta negra y Café que refleja la luna. Hay miles de trocitos anteriores a El extraño problema desordenado la vida en cada carpeta que reviso. Ahí es donde decido apagar la luz de una vez.

Por poco y me quedo sin palabras. Son las dos de la madrugada, debería estar dormido por lo menos hace tres horas, necesito dormir, no he estado durmiendo bien prácticamente desde que la maldita pandemia comenzó, incluso más antes. Las complicaciones de las mentes que se alteran fácilmente.

Como sea, 2:26 y recién entro a la cama, pero no duermo, mis sentidos están mucho más despiertos que otras noches. Lo sé, estoy seguro que mañana a esta hora estaré completamente maldormido, sin poder levantarme ni siquiera para apagar la luz. Mañana tengo, tendré, que estar despierto para mi edición correspondiente, pero sé que a las diez ya no podré despegar los ojos, nada sirve ahí, las continuas aperturas de ojos no modifican nada, es despertar para no poder moverse y volver a dormir, y despertar más tarde y repetir.

Es una fecha especial, quizá por eso sigo despierto, el nerviosismo, la espera, expectativa. La excusa para canalizar todo eso fue la revisión de documentos en mi computadora, está todo un desastre. Tengo novelas mías no publicadas y en constante revisión, un título está en una carpeta, el mismo título está en otra, y en otra. Un fragmento de esa novela camina suelto por alguna de las múltiples carpetas de ese disco del infierno y del caos. Algún otro retazo debe estar extraído y colocado en otra novela que ni siquiera recuerdo. Y así con varias novelas, cuentos y obras de teatro, y ni hablar de los borradores, los bocetos, las anotaciones que movía de pendrives a computadora, de WhatsApp a computadora, de la app de texto a la compu para extraer en un Word, editar, implantarlo en su novela correspondiente, y dejar el archivo de texto para que se me olvidé que ya lo utilicé, y más, y más, y más.

Vaya, muchacho, tienes que organizarte mejor. El extraño problema tiene unas tres revisiones y varios duplicados. Pedazos de Cómo llegamos a esto están repartidos entre Los barrotes de la puerta negra y Café que refleja la luna. Hay miles de trocitos anteriores a El extraño problema desordenado la vida en cada carpeta que reviso. Ahí es donde decido apagar la luz de una vez. Terminé la revisión de un cuento y tuve que borrar todos los bocetos anteriores y todas las versiones alternativas para no confundirme, para luego no estar como un idiota comparando las redacciones, los estilos, las mejoras para ver cuál es la verdadera. Hice desaparecer párrafos enteros y las versiones que los contenían. Borradas de la existencia, sin considerar lo interesantes que pudieran haber sido, el tiempo comienza a ser limitado y algunas cosas simplemente deben desaparecer. Tiempo, mis ojos ya desean cerrarse por esta noche.

Escrito por EM Rodríguez

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Azul gris sobre la pared

Pienso en la ciudad Laberinto, al viajero encontrando un lugar secreto, lleno de árboles con hojas rojas, en medio de pequeños estanques que brillan. Será el largo pasillo de árboles que dibuje en mis mapas hace dos años? Qué tiene de especial ese pasillo? Mis primeros recuerdos sobre ese pedacito de historia hablan de un pasaje a una isla extraña, un barco que sale por las noches. Quizá es la última vez que hace ese recorrido, no sabe que al amanecer el mundo se va a terminar. Pero el barquero mantiene su promesa obsesiva, hace su rutina por miles de años, no va a cambiar en el umbral de la destrucción.

Despierto antes de las siete de la mañana. Todo está quieto, en silencio, casi hay paz en el reducido mundo a mi alrededor, en todo el mundo si puedo dormir otro poco. Sé que afuera no es así, algo debe y debería estar pasando. Amor, odio, miedo, soledad, son cosas que siempre están ahí, es imposible escapar. Claro, puedes correr, intentar esconderte, pero eso es una salida imperfecta, fácil e imperfecta, inútil si haces unos cuantos intentos, el conflicto está ahí a unos pasos, al abrir la puerta, al observar detenidamente un objeto con forma de recuerdo, lo único que se necesita es abrir un poco más los ojos, mirar el techo, o la pared, o la ventana, o la puerta. Y quizá por eso mismo cierro los ojos y trato de dormir otro poco.

Bostezo. Mi mente revisa si todo mi cuerpo está ahí, si no he desaparecido por alguna magia extraña mientras estaba dormido. Pequeña confirmación de mis dedos, de la sábana que me envuelve y un celular que hace sonar su alarma, sigo aquí, mi mundo y todo lo que me constituye está invariable. No soy una mariposa ni un muñeco ni un monstruoso insecto, no estoy dormido, no soy la proyección imaginaria de los recuerdos de otra persona, nadie me está imaginando y no soy otra persona. Aunque, si lo pienso un poco más, confirmar esos datos no es tan fácil como abrir los ojos bien y pensar un poco en mí. Cómo podría confirmar que no soy un montón de recuerdos almacenados en algún lugar? Si me tambaleo, si derramo una lágrima, prueba que soy yo? No lo sé. Una proyección quizá también se tambalearía si tuviera ese dilema hipotético cerca de él.

Muerdo, pestañeo, hago chocar mis dientes repetidamente, trago un poco de saliva, consciente de que lo estoy haciendo. Coloco en mi mente una serie de cosas que creo que me pasaron alguna vez, mi caída de una pared a los 10 años, un helicóptero que mi tío me regaló, sus plantas de cobre, M, Y, M, un viaje a un mundo literario escondido en mi computadora, un salto desde el primer piso en la casa vacía de mi vecino. Algo más rebuscado, el recuerdo de una imagen parcialmente inventada, yo de dos años (o un año), con poncho de color rojo de lana, caminando por la plaza con mi mamá detrás; hojas secas, medio cafés, medio naranjas, medio amarillas, cayendo en algún otoño; un pasaje de una novela que nunca va a existir, luz negra al estilo Código Da Vinci, los mensajes de alguien en el segundo piso de mi colegio, dejados como un aviso, una pista para los estudiantes que ya son adultos y buscan lo que ese alguien quiso decir. Una proyección, un ser imaginado, podría tener todas esas cosas dentro? De momento estoy a salvó, nadie me está imaginando.

Me doy vuelta, mis ojos sobre la pared que se ilumina un poco con la luz que ingresa por la ventana de la otra pared. Mi cortina es azul, la luz que ingresa y choca con mi pared tiene esos tonos. Aún es temprano, pero ya son las nueve. De qué día? Ya no lo sé. Debía levantarme más antes, ahora estoy atrapado dentro de mi cama hasta que pueda descifrar lo que dice esta pared. Canto de pájaros? Ojos vidriosos? Pienso en la ciudad Laberinto, al viajero encontrando un lugar secreto, lleno de árboles con hojas rojas, en medio de pequeños estanques que brillan. Será el largo pasillo de árboles que dibuje en mis mapas hace dos años? Qué tiene de especial ese pasillo? Mis primeros recuerdos sobre ese pedacito de historia hablan de un pasaje a una isla extraña, un barco que sale por las noches. Quizá es la última vez que hace ese recorrido, no sabe que al amanecer el mundo se va a terminar. Pero el barquero mantiene su promesa obsesiva, hace su rutina por miles de años, no va a cambiar en el umbral de la destrucción.

Atraviesa ese bosque de hojas rojas, pero puede que no sea verdad, puede estar en otro lado, puede que solo sea un recuerdo. Hay millones de historias fantásticas, imagina las muchas otras que no llegan a ser historias!
Qué hay en ese bosque? Que hay en esta pared que miro indefinidamente? El pliegue de la cortina me ayudará en algo? La formación de flores en S que marca el relieve de la tela y que de traduce en sombras más y menos opacas en la otra pared hace alguna diferencia? No quiero levantarme. Pude poner unas cuantas palabras por escrito. Sabes lo difícil que resulta eso últimamente? Me quedo sin palabras, M, y necesito volver a encontrarlas. Me distraigo mucho. En cuanto encienda la computadora voy a distraerme, en cuanto me ponga de pie, en cuanto recuerde que debo ir al banco, que debo dibujar, que debo diseñar, que debo redactar, que debo idear un plan que tenga más rentabilidad que mi plan actual, que debo aprender. Viajar por los mundos de la mente es difícil, se paga caro.

Azul gris sobre la pared. Rojo gris, púrpura gris, celeste gris, muchas paredes. Casi hay paz en el pequeño pedazo de mundo que alcanzan a percibir mis sentidos. No se busca más lejos porque todo explotaría, implosionaría. No tenemos poderes y no somos eternos, somos simples humanos con algunas horas al día. Quizá hay que sonreír por eso, por esas horas y porque no explota ni implosiona, porque todavía no se ha terminado. Sonrío al ver mi pared azul gris y mis árboles de hojas rojas, es interesante recorrer esos lugares. Hace unos días encontré al caminante nocturno, al vigía, al merodeador, fue emocionante!

El color de difumina, todo se hace más soleado, más diurno. Comienza el ruido.

Escrito por EM Rodríguez

Puede ayudarte a dormir…

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Sobre la violencia

Mientras hago tiempo ahí me topo con un cartel que me llama la atención un poco más que el resto de cosas desplegadas y revueltas, el violentómetro, una escala de diferentes muestras de violencia que puede hacerse visible en la pareja, desde violencia leve que sin duda alguna ni posibilidad de equívoco va a ir en aumento, pasando por violencia dura, y finalmente llegando a la violencia crítica en donde la vida y la salud de la mujer está en serio peligro.

¿Qué tan violento soy?
Un estado en el WhatsApp de M me hizo notar un evento en la plaza principal de mi ciudad. No tenía pensado ir, supongo que ella tampoco, sin embargo, por mis cotidianos temas laborales de viernes en la mañana, me vi de pronto cruzando la calle y apareciendo en esa plaza, “a modo de caminar”. El tema: Pandemia de violencia contra la mujer.

Un tema válido en esta época, con cincuenta y tantos feminicidios en Bolivia en lo que va del año y contando, y con cada vez mayores denuncias (no escuchadas o desistidas) de agresiones, acoso, amenazas de muerte y violaciones al grupo social que ya no quiere flores con espinas. El evento era de instituciones públicas, y otras, de apoyo y asistencia a la mujer víctima de violencia, pero más me hizo pensar en una feria escolar de tres o cuatro cursos. Con más presupuesto, eso sí, me entregaron unos cuantos folletos impresos en papel couché y pegatinas a cambio de pararme delante de ellas (creo todas las expositoras eran mujeres) unos segundos. Educación, prevención, promoción, y alguna frase pegajosa por ahí.

No quería llamar mucho la atención, yo solo estaba de paso, tampoco quería que esa chica se me pusiera a exponer torpemente lo que es el machismo, el patriarcado, la violencia de género o cómo la pandemia acrecentó estos problemas. Eso más o menos ya lo conozco, todos, y no creo que ella pudiera darme datos más importantes, trascendentales, o controversiales, de los que ya conocía. Además, como en toda feria de colegio, había un parlante de mierda con música y un animador que anulaba cualquier intento real de diálogo verdadero entre asistentes (la mayoría que vi, hombres) y expositoras. Hay que admitirlo, la plaza principal no es el mejor lugar para “educar” a las personas, menos para concientizarlas. Es más un acto de propaganda, maíz para los reporteros, show para que vean los jefes y digan que se está haciendo “algo”. En el colegio, esas ferias se hacían para que los papás vieran que el niño se sabía de memoria cuántos trajes típicos tenía el país, algo que le iba a servir de mucho en la universidad, así en mi forma más cínica de interpretarlo.

Mientras hago tiempo ahí me topo con un cartel que me llama la atención un poco más que el resto de cosas desplegadas y revueltas, el violentómetro, una escala de diferentes muestras de violencia que puede hacerse visible en la pareja, desde violencia leve que sin duda alguna ni posibilidad de equívoco va a ir en aumento, pasando por violencia dura, y finalmente llegando a la violencia crítica en donde la vida y la salud de la mujer está en serio peligro. No puedo dejar de pensar que ese gráfico es solo para hombres, para que hagamos mea culpa por las salvajadas de nuestro género y aceptemos la irrefutable confirmación de que también nosotros somos unos malditos bastardos violentos. No creo que los hombres sean los únicos o los más violentos, pero esa cuestión no tiene mucha relevancia en estos lugares. Aquí, en esta feria, es «amiga, date cuenta» y «hombre, no seas violento».

Pero no es tan drástico, se puede vivir con eso. Le doy un repaso a esta lista de cosas para ver por dónde ando y desde el principio ya me doy de frente con una señal de alarma, las bromas hirientes. M se quejó una y diez veces conmigo por una serie de bromas que hice sobre sus amigas una o un par de veces. Pero no sé si son catalogables como bromas hirientes. Sí, fueron hirientes para ella, al menos tanto como para que me lo reclamara de forma directa todas esas veces, pero quizá ella es muy sensible, pienso, o quizá no tiene la capacidad de comprender ciertos detalles en mi forma de contar las cosas, o no quiere que se le altere la mente con lo que aparece en las bromas. No lo sé. Mis bromas le afectan a ella, pero otras mujeres lo toman como lo que son, bromas. No son bromas sobre su cuerpo o su forma de hacer las cosas, ni siquiera sobre su burbuja delicada de paz, mis bromas son eventos hipotéticos aleatorios que suelo usar para agilizar la conversación, para dar un giro en la trama de la charla, para hacerlo divertido o interesante. Sigo sin saberlo, tal vez es hiriente, pero luego volveré ahí.

El siguiente punto, el chantaje. Tampoco sé qué significa con exactitud chantajear. Si puedo manipular supongo que puedo chantajear, para ganar argumentos. Quizá aprendí a usar mi silencio como una forma de chantaje, o las distintas tonalidades en las que puedo llevar una conversación, la clave ahí es dar el mensaje adecuado para lograr el efecto deseado. Supongo que eso podría interpretarse como chantaje. No dice las clases de chantaje, y dependiendo de la creatividad hay Miles de formas de chantajear.
Mentir-engañar. En lo posible trato de no mentir, pero al mismo tiempo estoy consciente de que la verdad puede ser como veneno para las personas que son muy delicadas. ¿Soportaría toda la verdad de las cosas? A menudo cierra los ojos y escapa a su habitación de pánico. Algunas verdades sí, otras no, no hay una forma clara de saber cómo son esos criterios de selección. También soy así, lo son todos. No será mentir, pero omitir detalles es una práctica muy común para salvar el mundo.
Ignorar-ley del hielo. Ahora mismo lo estoy haciendo, pero ella también. ¿Se compensa si es que ambos lo hacen? ¿Hay una sanción distinta? ¿Su indiferencia es menos relevante o peligrosa que la mía?
Celos. Lo soy. A mí no se me nota lo celoso, no soy agresivo ni hago dramas, pero soy celoso, una parte de mí sigue creyendo que hay algo ahí que me pertenece, la otra parte sabe que no es cierto y se ríe del patetismo.
Culpabilizar. Otro de los términos confusos. Es como el chantaje, quizá. Si le hago pensar que ella es la culpable de que una cita salga mal y por esa razón cambia su forma de ser, y se disculpa, pues supongo que también uso esa estrategia, para ganar argumentos cuando me conviene.
Descalificar. Solo algunos argumentos, y a veces le parecen ataques, otro tema delicado.
Ridiculizar-ofender. No lo creo, no con ella. Ridiculizo la estupidez del lenguaje inclusivo, la parodia de la pseudo inclusión en la sociedad, a las feministas radicales, a los religiosos radicales, a los políticos radicales y mentirosos. Quizá soy radical por ridiculizar lo radical, ¿eso afecta una relación de pareja? Solo Dios sabe.
Humillar en público. No.
Intimidar-amenazar. No, ni antes ni después.
Controlar-prohibir. Eso ya entra en el segundo grupo de cosas peligrosas, pero desde el principio establecí el principio de la total libertad de decisiones y movimientos.
Destruir artículos personales. Ella sí quiere que yo destruya algunos míos, pero eso no va a pasar solo porque ella lo desee. Principios ante todo.
Manosear. Difícil pregunta. Tiene que ser consensuado. Quizá alguna vez y lo hice pasar por accidente.
Acariciar agresivamente. ¿Qué significa «agresivamente»? ¿Hay circunstancias específicas?
Golpear «jugando». Le quito las comillas. Y no.
Pellizcar-arañar. No.
Empujar-jalonear. Jamás.
Cachetear. Creo que nunca, ni como juego.
Patear. Tercer nivel, aquí es el inicio de la muerte súbita, o aparecer doce días después en un basurero cortada en pedacitos. No.
Encerrar-aislar. Por culpa de ellos es que nos tratan a todos como imbéciles. No.
Amenazar con objetos o armas. Solo a las moscas.
Amenazar de muerte. Ni muerto.
Forzar a una relación. ¿Acaso eso se puede? ¡Cómo nadie me lo dijo! Quien hizo la escala no especificó si se trata de forzar a una relación sexual (lo que sería una violación de hecho) o forzar a una relación sentimental (como proponer matrimonio en público para que la presión social ayude o cosas parecidas). Como sea, no.
Abusar sexualmente. No lo creo.
Violar, mutilar y asesinar. No, no y no, por suerte.

Por suerte. Por suerte no soy un asesino, por suerte no soy tan estúpido como para ver a una mujer como a una rata. Por suerte mi mano se contiene y no tiembla cuando mi sangre hierve. Por suerte no me he visto atrapado en situaciones que me lleven al límite. Creo que no lo haría, pero no quiero llegar a encontrarme con esa posibilidad, no quisiera esa prueba de la vida…

Seis veinticuatro. Ya casi acaba el día. Volví a la misma plaza, pero la feria solo duró el horario de oficina. Me siento en una banca como acostumbro a hacer de vez en cuando. Miro a la gente, todo está normal. Casi no importa un carajo que este fin de semana pueda añadirse uno o dos nombres más a la lista nacional de feminicidios, todo seguirá en su orden natural. Es viernes, hora de celebrar.

Bromas hirientes. Sigo preguntándome qué es ser hiriente. Dependiendo de la persona, hiriente puede ser una simple crítica sobre el cabello, o hiriente puede ser plantear situaciones imaginarias, hipotéticas, que sean insostenibles o inaguantables. Hiriente puede ser cualquier cosa, y una broma puede ser cualquier cosa. Desde ahí se puede asumir que hay violencia, que puede haber, desde todos los frentes. A mí me hirió cuando prefirió dedicar su buen humor y su sonrisa de alegría a sus fans antes que a mí, una estúpida foto puede ser el principio del dolor. Una palabra, una mirada, una forma de comunicar los «buenos días». No me estoy quejando, la libertad es así, libertad para hacer lo que uno quiere, sin importar mucho si lastima a otros o no, libertad mientras no sea ilegal. Si esos otros son lastimados por esa libertad en realidad no debería importar, y si lo hace es porque ya estamos siendo chantajeados o manipulados. «No hagas eso porque me duele», «haz esto, porque sino me vas a lastimar», «no quiero que hagas nada que no quieras, solo te aviso que en este momento me estoy sintiendo profunda e irreparablemente lastimado por culpa de lo que estás o no estás haciendo pero, de nuevo, no te obligo a nada». Y así muchas variantes que a veces se detectan y a veces no. A veces soportamos esa violencia, no «camuflada», sino inconsciente, espontánea, natural en las personas. Esa feria no hacía diferencia entre la violencia que ejercemos (que ejercemos los hombres, según la mayoría de ellas) de forma inconsciente, por nuestra condición de seres humanos que se dedican a sobrevivir y a conseguir lo que desean, y la violencia premeditada o explosiva, originada en nuestra educación como sociedad y en la mierda que podemos tener en la cabeza. Y ahora que releo esta última parte se me hace muy difícil determinar qué características definen a este o a este otro tipo de violencia, quizá solo intento excusarme de mis propios defectos. Soy reactivo, tengo resentimientos, celos, a veces tengo odio o amor, a veces disfruto el ser frío o vengativo, o manipulador. Digo (pienso) «tú también eres así, pero yo juego mejor» y con eso «me salvo». Si quien está frente a mí usa la violencia o la manipulación o lo que sea, y yo lo detecto, puedo usar lo mismo, dar la vuelta a la mesa y poner las fichas de mi lado. Puede que no sea tan lejano de la violencia, al menos de la violencia psicológica, después de todo, en dos de mis novelas sin publicar, una chica termina muerta, y un chico termina destrozado.

Voy a casa, debo terminar un dibujo para su cumpleaños…

Escrito por EM Rodríguez

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Desconocida, algún día…

Viajar. La desconocida repite en silencio la cábala de todos los días, nuevos rostros, nuevos amores, nuevos recuerdos. Algún día, lejos, un viaje en una montaña en el cielo, las nubes por debajo de lo cristalino, un mundo entero con sus estrellas y eclipses. Algún día, y da otro paso y otro. Se detiene, se queda fría, pronuncia un suspiro culpable.

Tentación de caer, un pequeño asomarse a ver el abismo y sentir los latidos.
Sin nombre, recuerdos en blanco y negro cuando es de noche, cuando hace frío, cuando llueve, cuando la acompaña una copa de vino y decide caminar sin un camino exacto.

Viajar. La desconocida repite en silencio la cábala de todos los días, nuevos rostros, nuevos amores, nuevos recuerdos. Algún día, lejos, un viaje en una montaña en el cielo, las nubes por debajo de lo cristalino, un mundo entero con sus estrellas y eclipses. Algún día, y da otro paso y otro. Se detiene, se queda fría, pronuncia un suspiro culpable. Algún día, cuando no busque desesperadamente fotos para romper y reconstruir obsesivamente, cuando sus ojos hayan sanado. Reza y mira abstraida hacia el fondo de la luz, lanza pensamientos al universo que le rodea, acaricia su propia mejilla, ofrece un beso a un extraño que la toma de la mano por casualidad.

Quiere viajar y pierde otro día con su sol y su luna. Donde no haya nada, donde sea un inicio libre de prejuicios y sombras entre las personas, cualquier lugar que sea lejos, cualquier lugar donde no resuene en su mente el pasado como un eco en un pasillo sin salida.
Ojos quebrados que se cierran y se transforman y buscan la más mínima distracción para comenzar el día.
Día uno, conversaciones aleatorias, sueños aleatorios. Despierta tarde y quiere contar sus sueños. Balbucea las palabras a personas alternativas, opciones posibles, alguien, alguien que vea en los sueños algo más que cosas sin sentido.

Nada. Besos vacíos. Voces que duelen. Sin lágrimas, sin ninguna lágrima, pensar en que no hay lágrimas, pensar en lágrimas que caen sin caer, en silencio, sin que nadie las escuche o se detenga a sentirlas. Odio, amor, odio eterno, amor como cielo que se rompe, odio como canciones que se repiten mil veces, odio como asfixia, odio como cartas incendiadas, odio como deseos infinitos de venganza… olvido, mirada extraña y cavilaciones eternas. Cigarro inexistente en la mano, botella fría en un bar extraño en una ciudad ajena. Pasos en la oscuridad, estrellas nocturnas, deseos confesados en silencio, contradicciones, lágrimas que caen por fin. Extraña sensación en la garganta, en el pecho, en el día, en los labios. Recitar palabras, declaraciones definitivas parecidas al agua, a la arena del desierto en una tormenta.

Arena. Las olas terminan por llevarse el castillo.

Escrito por EM Rodríguez

La música es un homenaje a Undertale. No soy el autor…
  • El tiempo
    Nieve, una caminata eterna en la nieve, hasta el final, hasta que se acaban los créditos.
  • Resiste
    Vaya, muchacho, tienes que organizarte mejor. El extraño problema tiene unas tres revisiones y varios duplicados. Pedazos de Cómo llegamos a esto están repartidos entre Los barrotes de la puerta negra y Café que refleja la luna. Hay miles de trocitos anteriores a El extraño problema desordenado la vida en cada carpeta que reviso. Ahí es donde decido apagar la luz de una vez.
  • Azul gris sobre la pared
    Pienso en la ciudad Laberinto, al viajero encontrando un lugar secreto, lleno de árboles con hojas rojas, en medio de pequeños estanques que brillan. Será el largo pasillo de árboles que dibuje en mis mapas hace dos años? Qué tiene de especial ese pasillo? Mis primeros recuerdos sobre ese pedacito de historia hablan de un pasaje a una isla extraña, un barco que sale por las noches. Quizá es la última vez que hace ese recorrido, no sabe que al amanecer el mundo se va a terminar. Pero el barquero mantiene su promesa obsesiva, hace su rutina por miles de años, no va a cambiar en el umbral de la destrucción.
  • Sobre la violencia
    Mientras hago tiempo ahí me topo con un cartel que me llama la atención un poco más que el resto de cosas desplegadas y revueltas, el violentómetro, una escala de diferentes muestras de violencia que puede hacerse visible en la pareja, desde violencia leve que sin duda alguna ni posibilidad de equívoco va a ir en aumento, pasando por violencia dura, y finalmente llegando a la violencia crítica en donde la vida y la salud de la mujer está en serio peligro.
  • El último recuerdo
    Las últimas horas son de nostalgia, quizá las pasas recordando, viendo en tu mente pasajes de épocas más bonitas. Quizá vuelves a ver el rostro de tu madre cuando aún eras un niño, tal vez los ojos de tu primer amor, o puede que vuelvas a verte a ti, columpiando en el parque de tu infancia.

Fantasma

Tampoco se puede poner pausa, eso más que una metáfora o una idealización es la realidad, la realidad es difícil de encarar, creo que quiero mi fantasía y mi mundo de ilusiones.

Decisiones difíciles. Soy un desastre para tomar decisiones difíciles que definen momentos. No me gusta el abrumador concepto de elegir entre dos opciones, dos caminos, dos lo que sea. No creo que solo haya dos opciones, pero eso es discusión para otro tipo de momentos, aquí sí hay dos opciones. ¿Posponer? No lo sé, ya estoy viejo para posponer.

Tampoco se puede poner pausa, eso más que una metáfora o una idealización es la realidad, la realidad es difícil de encarar, creo que quiero mi fantasía y mi mundo de ilusiones. Extraño, extraño. Me pregunto a mí mismo, mis preguntas son secretas, si hago las preguntas abiertamente quizá todo se desarme, ante todo hay que mantener unidos los pedazos, esas ilusiones que le dan sentido a todo.

Bueno, voy a verla. Ahí no puedo escribir, y ella difícilmente comprende las palabras confusas que salen de mi boca. Me duele la espalda, la pierna, tengo hambre y sueño. Mantengo una imagen serena, pero mi mente es un alboroto. Un minuto, dos, cinco, ya falta poco. Yo no sé qué va a pasar. Me imagino en medio de una montaña, con árboles a mi alrededor, con nieve, quiero volver a la nieve. Quiero ver estrellas.