El tiempo

Nieve, una caminata eterna en la nieve, hasta el final, hasta que se acaban los créditos.

Voy a dormir. La cama es cómoda, está tibia, puedo deslizarme dentro, estirar mis piernas. Hace una hora estaba dormido. Estaba sobre mi cama, no podía levantarme, no quería, o qué diablos! El sueño era muy profundo, la fuerza para cerrar los ojos perfectamente fijada en mí. No iba a levantarme, casi. Curiosamente la cama se hace más cómoda encima y no dentro, en ese momento al menos.

Me levanté y me arrastré un poco entre la oscuridad y apagar la computadora. Una idea para un nuevo tema, una narración en primera y tercera persona. Los ojos se alteran, quizá. Quizá golpea con fuerza el espejo hasta que se rompe. Quizá es un impulso similar a romper una taza una mañana, a quemar un bosque en la noche.

Antes de dormir, escucho música de algún lugar, la cocina de mi tío o más lejos. Coloco música también, suave, dos puntos de volúmen. Nieve, una caminata eterna en la nieve, hasta el final, hasta que se acaban los créditos.

El cuarto se ilumina parcialmente, la pequeña luz se mueve ligeramente, deja ver esta pared, resalta ante estos ojos. Un minuto, veinte, una hora. Duerme después.

Escrito por EM Rodríguez

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Resiste

Vaya, muchacho, tienes que organizarte mejor. El extraño problema tiene unas tres revisiones y varios duplicados. Pedazos de Cómo llegamos a esto están repartidos entre Los barrotes de la puerta negra y Café que refleja la luna. Hay miles de trocitos anteriores a El extraño problema desordenado la vida en cada carpeta que reviso. Ahí es donde decido apagar la luz de una vez.

Por poco y me quedo sin palabras. Son las dos de la madrugada, debería estar dormido por lo menos hace tres horas, necesito dormir, no he estado durmiendo bien prácticamente desde que la maldita pandemia comenzó, incluso más antes. Las complicaciones de las mentes que se alteran fácilmente.

Como sea, 2:26 y recién entro a la cama, pero no duermo, mis sentidos están mucho más despiertos que otras noches. Lo sé, estoy seguro que mañana a esta hora estaré completamente maldormido, sin poder levantarme ni siquiera para apagar la luz. Mañana tengo, tendré, que estar despierto para mi edición correspondiente, pero sé que a las diez ya no podré despegar los ojos, nada sirve ahí, las continuas aperturas de ojos no modifican nada, es despertar para no poder moverse y volver a dormir, y despertar más tarde y repetir.

Es una fecha especial, quizá por eso sigo despierto, el nerviosismo, la espera, expectativa. La excusa para canalizar todo eso fue la revisión de documentos en mi computadora, está todo un desastre. Tengo novelas mías no publicadas y en constante revisión, un título está en una carpeta, el mismo título está en otra, y en otra. Un fragmento de esa novela camina suelto por alguna de las múltiples carpetas de ese disco del infierno y del caos. Algún otro retazo debe estar extraído y colocado en otra novela que ni siquiera recuerdo. Y así con varias novelas, cuentos y obras de teatro, y ni hablar de los borradores, los bocetos, las anotaciones que movía de pendrives a computadora, de WhatsApp a computadora, de la app de texto a la compu para extraer en un Word, editar, implantarlo en su novela correspondiente, y dejar el archivo de texto para que se me olvidé que ya lo utilicé, y más, y más, y más.

Vaya, muchacho, tienes que organizarte mejor. El extraño problema tiene unas tres revisiones y varios duplicados. Pedazos de Cómo llegamos a esto están repartidos entre Los barrotes de la puerta negra y Café que refleja la luna. Hay miles de trocitos anteriores a El extraño problema desordenado la vida en cada carpeta que reviso. Ahí es donde decido apagar la luz de una vez. Terminé la revisión de un cuento y tuve que borrar todos los bocetos anteriores y todas las versiones alternativas para no confundirme, para luego no estar como un idiota comparando las redacciones, los estilos, las mejoras para ver cuál es la verdadera. Hice desaparecer párrafos enteros y las versiones que los contenían. Borradas de la existencia, sin considerar lo interesantes que pudieran haber sido, el tiempo comienza a ser limitado y algunas cosas simplemente deben desaparecer. Tiempo, mis ojos ya desean cerrarse por esta noche.

Escrito por EM Rodríguez

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Azul gris sobre la pared

Pienso en la ciudad Laberinto, al viajero encontrando un lugar secreto, lleno de árboles con hojas rojas, en medio de pequeños estanques que brillan. Será el largo pasillo de árboles que dibuje en mis mapas hace dos años? Qué tiene de especial ese pasillo? Mis primeros recuerdos sobre ese pedacito de historia hablan de un pasaje a una isla extraña, un barco que sale por las noches. Quizá es la última vez que hace ese recorrido, no sabe que al amanecer el mundo se va a terminar. Pero el barquero mantiene su promesa obsesiva, hace su rutina por miles de años, no va a cambiar en el umbral de la destrucción.

Despierto antes de las siete de la mañana. Todo está quieto, en silencio, casi hay paz en el reducido mundo a mi alrededor, en todo el mundo si puedo dormir otro poco. Sé que afuera no es así, algo debe y debería estar pasando. Amor, odio, miedo, soledad, son cosas que siempre están ahí, es imposible escapar. Claro, puedes correr, intentar esconderte, pero eso es una salida imperfecta, fácil e imperfecta, inútil si haces unos cuantos intentos, el conflicto está ahí a unos pasos, al abrir la puerta, al observar detenidamente un objeto con forma de recuerdo, lo único que se necesita es abrir un poco más los ojos, mirar el techo, o la pared, o la ventana, o la puerta. Y quizá por eso mismo cierro los ojos y trato de dormir otro poco.

Bostezo. Mi mente revisa si todo mi cuerpo está ahí, si no he desaparecido por alguna magia extraña mientras estaba dormido. Pequeña confirmación de mis dedos, de la sábana que me envuelve y un celular que hace sonar su alarma, sigo aquí, mi mundo y todo lo que me constituye está invariable. No soy una mariposa ni un muñeco ni un monstruoso insecto, no estoy dormido, no soy la proyección imaginaria de los recuerdos de otra persona, nadie me está imaginando y no soy otra persona. Aunque, si lo pienso un poco más, confirmar esos datos no es tan fácil como abrir los ojos bien y pensar un poco en mí. Cómo podría confirmar que no soy un montón de recuerdos almacenados en algún lugar? Si me tambaleo, si derramo una lágrima, prueba que soy yo? No lo sé. Una proyección quizá también se tambalearía si tuviera ese dilema hipotético cerca de él.

Muerdo, pestañeo, hago chocar mis dientes repetidamente, trago un poco de saliva, consciente de que lo estoy haciendo. Coloco en mi mente una serie de cosas que creo que me pasaron alguna vez, mi caída de una pared a los 10 años, un helicóptero que mi tío me regaló, sus plantas de cobre, M, Y, M, un viaje a un mundo literario escondido en mi computadora, un salto desde el primer piso en la casa vacía de mi vecino. Algo más rebuscado, el recuerdo de una imagen parcialmente inventada, yo de dos años (o un año), con poncho de color rojo de lana, caminando por la plaza con mi mamá detrás; hojas secas, medio cafés, medio naranjas, medio amarillas, cayendo en algún otoño; un pasaje de una novela que nunca va a existir, luz negra al estilo Código Da Vinci, los mensajes de alguien en el segundo piso de mi colegio, dejados como un aviso, una pista para los estudiantes que ya son adultos y buscan lo que ese alguien quiso decir. Una proyección, un ser imaginado, podría tener todas esas cosas dentro? De momento estoy a salvó, nadie me está imaginando.

Me doy vuelta, mis ojos sobre la pared que se ilumina un poco con la luz que ingresa por la ventana de la otra pared. Mi cortina es azul, la luz que ingresa y choca con mi pared tiene esos tonos. Aún es temprano, pero ya son las nueve. De qué día? Ya no lo sé. Debía levantarme más antes, ahora estoy atrapado dentro de mi cama hasta que pueda descifrar lo que dice esta pared. Canto de pájaros? Ojos vidriosos? Pienso en la ciudad Laberinto, al viajero encontrando un lugar secreto, lleno de árboles con hojas rojas, en medio de pequeños estanques que brillan. Será el largo pasillo de árboles que dibuje en mis mapas hace dos años? Qué tiene de especial ese pasillo? Mis primeros recuerdos sobre ese pedacito de historia hablan de un pasaje a una isla extraña, un barco que sale por las noches. Quizá es la última vez que hace ese recorrido, no sabe que al amanecer el mundo se va a terminar. Pero el barquero mantiene su promesa obsesiva, hace su rutina por miles de años, no va a cambiar en el umbral de la destrucción.

Atraviesa ese bosque de hojas rojas, pero puede que no sea verdad, puede estar en otro lado, puede que solo sea un recuerdo. Hay millones de historias fantásticas, imagina las muchas otras que no llegan a ser historias!
Qué hay en ese bosque? Que hay en esta pared que miro indefinidamente? El pliegue de la cortina me ayudará en algo? La formación de flores en S que marca el relieve de la tela y que de traduce en sombras más y menos opacas en la otra pared hace alguna diferencia? No quiero levantarme. Pude poner unas cuantas palabras por escrito. Sabes lo difícil que resulta eso últimamente? Me quedo sin palabras, M, y necesito volver a encontrarlas. Me distraigo mucho. En cuanto encienda la computadora voy a distraerme, en cuanto me ponga de pie, en cuanto recuerde que debo ir al banco, que debo dibujar, que debo diseñar, que debo redactar, que debo idear un plan que tenga más rentabilidad que mi plan actual, que debo aprender. Viajar por los mundos de la mente es difícil, se paga caro.

Azul gris sobre la pared. Rojo gris, púrpura gris, celeste gris, muchas paredes. Casi hay paz en el pequeño pedazo de mundo que alcanzan a percibir mis sentidos. No se busca más lejos porque todo explotaría, implosionaría. No tenemos poderes y no somos eternos, somos simples humanos con algunas horas al día. Quizá hay que sonreír por eso, por esas horas y porque no explota ni implosiona, porque todavía no se ha terminado. Sonrío al ver mi pared azul gris y mis árboles de hojas rojas, es interesante recorrer esos lugares. Hace unos días encontré al caminante nocturno, al vigía, al merodeador, fue emocionante!

El color de difumina, todo se hace más soleado, más diurno. Comienza el ruido.

Escrito por EM Rodríguez

Puede ayudarte a dormir…

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El último recuerdo

Las últimas horas son de nostalgia, quizá las pasas recordando, viendo en tu mente pasajes de épocas más bonitas. Quizá vuelves a ver el rostro de tu madre cuando aún eras un niño, tal vez los ojos de tu primer amor, o puede que vuelvas a verte a ti, columpiando en el parque de tu infancia.

La noche se acaba a una hora determinada. Nada va a evitar que eso pase. Luego es el fin del mundo.
Al amanecer, al amanecer el olvido se apodera de todo y ya nada importa o existe para importar. ¿Qué haría en esas escasas últimas horas? ¿Si solo tuviera esta noche y en la mañana se fuera a terminar todo, acaso podría dormir, acaso necesitaría alguna otra última respuesta? ¿Una última confirmación de lo que ya sabía, de lo que era? ¿Alguna nueva visión de las cosas?

El viajero no lo sabía con certeza, dió vueltas en la ciudad un par de horas jugando al explorador, ebrio, triste, e ignorante de su realidad. Así fue que cuando supo del cataclismo ya era tarde, ¿dónde podría ir a esa hora?. Supongo que así nos pasa a la mayoría de nosotros, solo abrimos los ojos cuando ya no queda mucho tiempo, cuando ya es «tarde» y vemos el final de todo, la muerte, a unos pocos pasos, cuando podemos sentir detalle a detalle esa última agonía. Ese concepto de que ya no queda tiempo es lo que nos hace despertar, mejor dicho, reaccionar. Ese momento es el de las revelaciones incómodas, cuando notamos que «hemos perdido», y como un hombre a punto de ahogarse, hacemos nuestros últimos intentos por respirar y mantenernos a flote, la última pelea, el último esfuerzo, buscando «algo».

Aún no lo sabía, no lo entendía, pero el viajero tenía en su mente ideas fijas, obsesiones que lo estaban moviendo: debía completar algo, debía encontrar algo, o a alguien. No sabía lo que estaba por llegar, miraba hacia el cielo nocturno y eterno, ilusorio, volvía a bajar la mirada, a recordar, a intentar comprender qué era lo que buscaba, y seguía caminando.

Estaba borracho no se sabe hace cuánto tiempo, unas palabras de un desconocido lo despertaron. Luces apagadas, un ambiente frío y lejano, ya comenzaba a ausentarse la existencia. Observa, trata de comprender, pero comprender es muy difícil, tiene tragos encima, tiene dejadez, su mente está lenta, le falta esa capacidad que seguramente perdió hace años. El desconocido le lanza palabras encriptadas, confusas, le dice algo sin decirle en realidad, le da el mensaje que en realidad no quiere escuchar: todo se ha terminado.

Las últimas horas son de nostalgia, quizá las pasas recordando, viendo en tu mente pasajes de épocas más bonitas. Quizá vuelves a ver el rostro de tu madre cuando aún eras un niño, tal vez los ojos de tu primer amor, o puede que vuelvas a verte a ti, columpiando en el parque de tu infancia. Las últimas horas vas tras los recuerdos, intentas como sea retroceder el tiempo. Curiosamente, al final, ese tiempo parece hacerse más lento. Sientes la brisa más suave, es relajante, tus pasos subiendo las gradas son pausados, llenos de tranquilidad. Sientes las olas del mar muy cerca, latiendo, vibrando, aún a sabiendas de que ya está cerca la oscuridad total.

Ya has corrido todo lo que podías correr, ahora ve despacio, sube lo que te falta de esas gradas. La pequeña torre está al final. Un último recuerdo te espera.

Escrito por EM

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Desconocida, algún día…

Viajar. La desconocida repite en silencio la cábala de todos los días, nuevos rostros, nuevos amores, nuevos recuerdos. Algún día, lejos, un viaje en una montaña en el cielo, las nubes por debajo de lo cristalino, un mundo entero con sus estrellas y eclipses. Algún día, y da otro paso y otro. Se detiene, se queda fría, pronuncia un suspiro culpable.

Tentación de caer, un pequeño asomarse a ver el abismo y sentir los latidos.
Sin nombre, recuerdos en blanco y negro cuando es de noche, cuando hace frío, cuando llueve, cuando la acompaña una copa de vino y decide caminar sin un camino exacto.

Viajar. La desconocida repite en silencio la cábala de todos los días, nuevos rostros, nuevos amores, nuevos recuerdos. Algún día, lejos, un viaje en una montaña en el cielo, las nubes por debajo de lo cristalino, un mundo entero con sus estrellas y eclipses. Algún día, y da otro paso y otro. Se detiene, se queda fría, pronuncia un suspiro culpable. Algún día, cuando no busque desesperadamente fotos para romper y reconstruir obsesivamente, cuando sus ojos hayan sanado. Reza y mira abstraida hacia el fondo de la luz, lanza pensamientos al universo que le rodea, acaricia su propia mejilla, ofrece un beso a un extraño que la toma de la mano por casualidad.

Quiere viajar y pierde otro día con su sol y su luna. Donde no haya nada, donde sea un inicio libre de prejuicios y sombras entre las personas, cualquier lugar que sea lejos, cualquier lugar donde no resuene en su mente el pasado como un eco en un pasillo sin salida.
Ojos quebrados que se cierran y se transforman y buscan la más mínima distracción para comenzar el día.
Día uno, conversaciones aleatorias, sueños aleatorios. Despierta tarde y quiere contar sus sueños. Balbucea las palabras a personas alternativas, opciones posibles, alguien, alguien que vea en los sueños algo más que cosas sin sentido.

Nada. Besos vacíos. Voces que duelen. Sin lágrimas, sin ninguna lágrima, pensar en que no hay lágrimas, pensar en lágrimas que caen sin caer, en silencio, sin que nadie las escuche o se detenga a sentirlas. Odio, amor, odio eterno, amor como cielo que se rompe, odio como canciones que se repiten mil veces, odio como asfixia, odio como cartas incendiadas, odio como deseos infinitos de venganza… olvido, mirada extraña y cavilaciones eternas. Cigarro inexistente en la mano, botella fría en un bar extraño en una ciudad ajena. Pasos en la oscuridad, estrellas nocturnas, deseos confesados en silencio, contradicciones, lágrimas que caen por fin. Extraña sensación en la garganta, en el pecho, en el día, en los labios. Recitar palabras, declaraciones definitivas parecidas al agua, a la arena del desierto en una tormenta.

Arena. Las olas terminan por llevarse el castillo.

Escrito por EM Rodríguez

La música es un homenaje a Undertale. No soy el autor…
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Jueves en la noche

La negación? La negociación? La aceptación? Obviamente es un duelo por algo, quizá porque no respondiste al mensaje que te enviaron, quizá porque no te respondieron a los miles de mensajes que alguna vez enviaste. Quizá es tristeza, más simple.

Los jueves son días intensos para mí, a veces no duermo. Irónicamente son los días (las noches) cuando me da más sueño, como si todo el peso de la semana se dejara sentir justo en esa intersección entre medianoche y amanecer de viernes. Debo terminar una edición, una que pude haber terminado hace horas, ayer incluso si todo fuera color de rosa. Claramente no es así, será un símbolo de rebeldía contra el orden establecido, será un símbolo de mi terrible y procrastinadora estupidez, la cosa es que estoy aquí, sentado en la silla, frente a la computadora, irritado por el sueño, irritado por el frío, y viendo «un capítulo más» antes de concentrarme en serio.

Mónika quizá me regañaría, quizá lo haga en unos años. Yo mismo quizá podría regañarme en unos años, ahora solo me miro en el espejo imaginario que aparece en mi mente, y me veo entre un montón de causas-consecuencias. «Haz lo que quieras, pero asume las consecuencias, cada una de ellas, sin quejarte». O puedes quejarte, pero asúmelas. O qué se yo… Constantemente me pierdo en esas nubes tormentosas de lo que se debe hacer, lo que se tiene que hacer, lo que se hace, o lo que a quién carajos le interesa un pepino! Divagaciones, divagaciones. Mi pequeña cima en la pequeña montaña más próxima es mantener vivo un pecesito formado de letras en su pequeño tazón de ideas, unas cuantas antes de dormir o de editar. Reviso rápidamente, hay un montón de notas guardadas, unas más desarrolladas que otras, unas técnicamente iguales ahora que las releo. Comparto una, casi elegida al azar, para colocarla en el mostrador. Quizá alguien la vea, quizá alguien se detenga unos segundos delante del cuadro de Maternidad y diga algo como «no entiendo, pero no te detengas».

Despiertas a las cinco con unos minutos AM. Parece que estás más cansado que si no hubieras dormido, parece una especie de castigo, un castigo autoimpuesto. Te quieres lastimar al parecer, así de cruel eres. La computadora repite por sexta o séptima o vigésima vez el mismo «último capítulo» que tenías que ver. Está comenzando de nuevo, así que no lo puedes quitar. Lo que haces es apagar la luz y meterte a la cama. Son las cinco, puedes despertar en una hora, o en cuatro, a fin de cuentas no tienes nada que hacer por las mañanas.
En la cama miras al techo, costumbre ancestral que compartes con algunos, y en el techo recuerdas que no tienes la mañana libre, debes despertarte temprano, debes ir temprano a trabajar. Todos están acostumbrados a trabajar desde temprano, pero siempre tú no. No puedes acostumbrarte a eso, debe ser parte del por qué te autocastigas durmiendo sobre tu cama, con la luz y la compu encendidas, con el «valioso» tiempo del año nuevo gastado tontamente. Debe haber algo salido del equilibrio natural de las cosas, algo que corregir, una etapa previa, debes pensar en eso. «Qué clase de etapa?», bromeas en tu cama sin que sea una broma. La negación? La negociación? La aceptación? Obviamente es un duelo por algo, quizá porque no respondiste al mensaje que te enviaron, quizá porque no te respondieron a los miles de mensajes que alguna vez enviaste. Quizá es tristeza, más simple. Quizá es ira, ira contra ti mismo, por gastar ese tiempo, por no encontrarle el valor que otros le dan, por jugar a que tienes más respuestas dentro de ti que el resto de tus semejantes. Falso, no tienes más respuestas, pero sí más preguntas, o quizá menos preguntas, pero sí más obsesivas. Te gusta caminar por el borde, es parte de lo que siempre le dices, y es la razón por la que no se puede ir o quedar definitivamente. Por qué te gusta lo complicado? Cinco cincuenta y siete, hace rato que terminó ese «último capítulo». El cuarto está en silencio, hay paz, a pesar del mosquito que vuela cerca de las vigas hay paz. Y hay luz en la ventana. Ya es de día, casi ya es hora de levantarse, si cierras los ojos se pasará de la hora, si te distraes un poco, con el mosquito o con tus pensamientos, se hará muy tarde, y aún tienes sueño. Cierra los ojos pero no mucho, no te duermas completamente, asegúrate de que la alarma sigue activada, ya sonó una, faltan otras dos. Cierra los ojos y sueña un poco, con ella quizá, pero no tanto, soñar con ella es la forma más simple para que pasen otros diez años sin que te des cuenta. Mejor no pienses en eso, mejor piensa en el mosquito, disfruta el sonido de su vuelo, y ocúltate debajo del edredón.

Pagar el precio. Quizá. Nadie puede saber con exactitud quién es «ella», o de cuándo es esa nota. Mónika tiende a confundir muchas de mis palabras y metáforas, al parecer nadie en su vida las usaba al nivel que yo lo hago, un cataclismo en la montaña, un incendio infinito en un bosque infinito que enfrenta una obsesión infinita. Uno de mis ojos comienza a cerrarse, eso significa que debo dejar de escribir y comenzar a trabajar. Una hora, dos horas, tres horas, congelado en el fin del mundo. Un bostezo de siete segundos es el pobre premio consuelo. Ahora me levanto de la somnolencia. Mañana dormiré, aunque «mañana» es también una metáfora…

1:47

Ya me da sueño, sueño, duermo unos minutos, luego despierto y la música sigue acompañando. No sé lo que quiero, entro a su perfil y retrocedo, a la conversación y retrocedo. Entro a otros perfiles, para asegurarme de alguna cosa que aún no confieso.

El mosquito vuela, gira y zumba desquiciante sobre mi cabeza. Está oscuro, no puedo verlo y menos atraparlo. Espero, enciendo la pantalla para que la luz blanca lo tiente. ¡Estúpidos mosquitos! ¿A cuántos no dejé como bolitas de basura con esa técnica? El mosquito algo intuye, ya no se acerca tanto. Tiene un poco del instinto de las moscas que desaparecen en el momento en que ven el matamoscas levantado. Tienen tantas generaciones en su haber que ya debieron aprender algo de nosotros, saben que queremos hacerlas desaparecer para dormir tranquilos.

El mosquito parece una estúpida metáfora. No me puedo dormir. Me muevo de izquierda a derecha y de vuelta. No sé bien si es porque no quiero dormir, porque siento mi estómago y mis pulmones una talla más pequeña, o porque Mónica decidió que una relación es demasiado complicada para su paz vital. Las tres opciones juntas parecen una buena idea, conjunción, amalgama mejor dicho, una asombrosa unión de aguijones a mi descanso. El mosquito que sea la excusa elegante. Con su vuelo desquiciante a una altura donde no llega mi mano, con ese juego maldito de provocarme sin que pueda responder, sin que tenga la fuerza o la voluntad. No esta noche, ni para matar el mosquito. Solo deseo echarme y dejar pasar todo, no sé bien si mis palabras son exactas, si al hablar de «deseo» hago representación alguna de una decisión propia. En realidad es mi cuerpo el que se acuesta en mi cama, yo no tengo nada que ver, soy un espectador, un oyente que no quiere estar en ningún lado.

Respiración profunda, guarda el aire por 20 segundos, sin que tu pecho estalle. 25 segundos, 30 segundos. Bota el aire como si salieras de una pocilga. Vuelve a inhalar, que se infle tu estómago o tus pulmones, contenlo de nuevo. Aire, aire e imágenes que van apareciendo. La pared se alumbra con la pantalla. ¿Mosquito, dónde estás? Acompáñame un poco.

Oh sí, ya me da sueño. ¡Qué oportuna forma de contrarrestar las cosas! Sueño para no escribir, o para no pensar, o para no pensar conscientemente. Vista borrosa, segundos de volarse fuera de este recipiente y minutos más que pasan. Minutos y minutos y minutos, todo acompañado de un único clip en bucle. Ven, mosquito. Sigue hablando, manteneme despierto un poco más. Las cosas en las que pienso, no las quiero aquí, esta noche que se vayan al diablo. Pido una tregua, la guerra con mi mente tiene que parar un poco. Prefiero la música, se ha repetido unas treinta veces esta noche, es un clip pequeño que aleja la distracción o el ruido que provoca el silencio. Ya me da sueño, sueño, duermo unos minutos, luego despierto y la música sigue acompañando. No sé lo que quiero, entro a su perfil y retrocedo, a la conversación y retrocedo. Entro a otros perfiles, para asegurarme de alguna cosa que aún no confieso.

Mis codos me duelen. La cama está caliente y está fría. La luz me ciega y la oscuridad me deja ver las siluetas que van apareciendo. Alumbro al techo buscando rastros de ese mosquito, parece que ya no existe. Ahora existen los perros ladrando afuera. Existe su color rosado. Existe un reclamo que no es reclamo, unas palabras guardadas y erráticas para cuando se sienta culpable. Existe la alarma que suena sin una razón convincente. Existe una invitación ajena que hago, muy lejos del color rosado, una invitación que no es respondida.

Delicada línea entre dormir y estar despierto. Si apago la música, gran parte de este momento quedará vacío. Deberé dormir para compensarlo. En algún lugar todo está en paz, quizá en el pasado o en el futuro. Cuando apague la música quizá duerma tranquilo, una tregua por una noche…

1:47, es otro día.


Como si caminara por pasillos oscuros interminables…