Algo sobre La Nostalgia

Clara muestra de ambiguamente todo: ahora no hay ni viento, ni tarde que mira nada. Son dos semanas sin una gota de sangre en letras, y este breve momento es un tremendo descuido, un accidente peligroso donde me alejo de «lo que debería estar haciendo».

Viento. Una tarde que te mira y juega a los dados con el tiempo. Sombras. Fantasmas. En ocasos como estos hay fantasmas que observan tus pasos en la infinidad de los segundos donde nadie te ha visto… Eso crees, quieres creer que te están observando, quizá los necesitas. Cruzar unas palabras con un fantasma que te recuerde algún detalle, uno de esos detalles que te cambian la vida. No sabría decirlo, hasta cierto punto vengo evitando encontrarme con fantasmas, todo parece más ligero, o quizá es una forma de adormecer ese sentido desquiciante que te paraliza en ideas en bucle, en destrozos infinitos del castillo de arena. Etcétera, etcétera.

Clara muestra de ambiguamente todo: ahora no hay ni viento, ni tarde que mira nada. Son dos semanas sin una gota de sangre en letras, y este breve momento es un tremendo descuido, un accidente peligroso donde me alejo de «lo que debería estar haciendo». Al diablo todo, doce minutos de «al diablo», al menos una línea debo escribir, sobre el hombre que se deja absorber con sus locuras, del pobre tipo que analiza profundamente un crimen. Que quede anotado, así si pasan 50 años y vuelvo a leer esta página por casualidad sabré que fue mi culpa, que no quise o no pude recorrer el duro camino de los locos.

Tenía diez años menos. Las pasiones eran distintas, tenían un aspecto diferente, más vivaces, más «reales», uno podría (podría) dar la vida por sus pasiones, de todas formas no había nada más del otro lado, todo era borroso y lleno de ilusiones. Puede que haya estado obsesionado con el misticismo del amor, con esa idea que se asemeja a una búsqueda eterna, épica y desgarradora. Yo era uno de esos muchachos solitarios deseoso de ese amor imposible que arrasa con todo en su camino, que te devasta, que te hace un daño irreconocible, indefinible, que te mata cada noche en silencio, entre lágrimas y puro corazón. Corría como un demente hacia su voz, hacia sus ojos, hacia lo poco o nada que pudiera darme, era un meteorito que se destruye en su intento de llegar a una estrella y destruirla en un evento cósmico que arrasaría el universo. Los rastros de toda esa locura aún persisten en mi mente, a veces, son recuerdos que alguna noche aparecen, ideas que se quedaron impregnadas en las otras ideas sobre lo que es el amor, sobre lo que tendría que ser, sobre lo que es en otras dimensiones, en otros universos, en otras vidas, es.

Otra vez. En tiempo que va más rápido, que se acaba y se filtra mientras un sujeto observa y escucha.

La desdicha y la soledad suelen ser el origen de mis palabras, la nostalgia es como un alimento lejano cuyo sabor parece ser más dulce mientras más extraño y más aislado está del resto. Nostalgia, ese dulce venenoso. Nostalgia de qué, exactamente? De alguien? De algo? Nostalgia por volver a tener 18 años, por volver a tener la pasión asesina y devastadora, nostalgia del tiempo muerto del pasado, ahí cuando todo brotaba al igual que un río desbocado. Nostalgia es un veneno que buscamos en ciertos momentos. Cuáles son esos momentos? Debes hacerte la pregunta.

Mientras M llega

45 minutos, 40. A veces no sé qué hacer con tanto tiempo, a veces pasa tan de prisa que me asusta. Da tanto miedo a veces que yo, pobre niño que aún juega en la fantasía de su cabeza, me escondo debajo de mis frazadas y edredones.

Salí temprano, otra vez. Y debo esperar unos 45 minutos para un conversatorio. Conversatorio es una palabra elegante, el afiche publicado decía «charla», pero por alguna razón no me termina de convencer.

45 minutos, 40. A veces no sé qué hacer con tanto tiempo, a veces pasa tan de prisa que me asusta. Da tanto miedo a veces que yo, pobre niño que aún juega en la fantasía de su cabeza, me escondo debajo de mis frazadas y edredones. Es algo literal, los últimos meses termino cayendo como un pedazo de carne, rendido sin razón alguna, sobre mi cama. Si tengo suerte me cubro con la manta aleatoria que no encaja del todo en ningún lugar, se parece a mí. Si la suerte es otra, pues, en un trocito de cama, al borde, a medio vestir, a medio dormir, a medio soñar. Así paso de una cosa a otra, no tengo consistencia. Anoche soñé con dos camas que eran la misma cama, la mía, y luego, horas más tarde, estoy esperando a M para la charla mientras escucho salsa o algo parecido en el Café de la esquina de la plaza. Salsa con jazz, jazz con otra música cuyo ritmo no puedo definir, ese ritmo extraño con un jugo de frutilla, la frutilla con una conversación espontánea de WhatsApp con una amiga imposible.

Y así sigue, el celular se mueve alrededor de mi espacio en la mesa y nuevamente observar, la pareja del frente, la chica solitaria al teléfono a mi izquierda, en el otro lado del café, la pierna nerviosa del sujeto que de seguro intenta conquistar a la primera, no lo sé, son más jóvenes que yo, esas dinámicas ya se me hacen extrañas. El «romantizar», el miedo a la marcha brutal del tiempo y de la vida. Quizá, quizá, quizá… En un español hermoso de una chica bellísima que canta en el Spotify del café. Y M q no viene.

Ella está en el trufi, se retrasó, obviamente. Casi siempre se retrasa cuando se trata de ir a algún evento con una hora fija, rayos, a veces hasta se retrasa al abrirme la puerta de su casa, parte de ella, como los gatitos, las flores y las burbujas. No le gusta que la mencione cuando escribo cosas «malas», desde mi rabia, desde mi pasión por llevar debates imposibles hasta el límite infinito. No le gusta mi abrumadora forma de decir la verdad, y eso es comprensible, pero toda una vida he estado en mi propia guerra personal contra mí mismo, es normal ese sentimiento de pánico cuando descubre un país con desgarradores matices, cuando solo había conocido campos de trigo hasta donde alcanza la vista.

Debo irme. Ya se acabaron los 45 minutos. M llegó y es hora de la charla, del teatro, de tomarla de la mano silenciosamente y que sea una mano cálida.

Preguntas

Las pienso, eso sí, como uno de esos maniáticos, mi cabeza da vueltas y vueltas alrededor de un montón de ideas que no tienen conexión entre sí, o tal vez la tienen, aún no lo sé.

Es noche. Estoy resfriado, oficialmente. Sábado de una terrible flojera y sueño y calor o fiebre en mi cuerpo. Debo hacer muchas cosas, pero sinceramente no siento ese impulso para hacerlas ahora. Las pienso, eso sí, como uno de esos maniáticos, mi cabeza da vueltas y vueltas alrededor de un montón de ideas que no tienen conexión entre sí, o tal vez la tienen, aún no lo sé.

Ligero dolor en mi cabeza, resaca quizá de la noche pasada, un ajuste de cuentas existencial. Me duele ahora, si durmiera el dolor podría pasarse, por la tarde me eché unos minutos en la cama, pero solo eso. La lluvia me relajó, pero ahora hace calor y es todo un fastidio. Hago las cosas sencillas para pasar el sábado, veo una película, y en los intermedios muevo mis ojos por entre las cosas de mi cuarto, los libros que me falta leer, las decenas de libros, o los DVDs desparramados, la basura que está en el suelo y en mi mesa. Esa maldita resaca, hace que todo se sienta sucio, torpe, manchado.

Abro la puerta para que entre un poco de aire. Está lloviendo. Al menos uno o dos párrafos al día, al menos eso, para volver a este pequeño y ridículo camino, como un durazno mientras tanto, así para pasar el rato. Lluvia, eso es un poco de libertad, aire fresco y frío, toda una belleza. Tres párrafos, eso por hoy…

El inicio de todo

Este es mi blog, mis ideas, mi mundo, mis obsesiones…

No sé si lo hago por vanidad. Estoy aquí, a medianoche escribiendo un poco para sentir que algo se mueve. Tengo un sueño, o quizá una obsesión. Desde pequeño -desde joven, desde adolescente- soñaba con el mundo de la Literatura, con ser «escritor», y ser famoso, y ser reconocido, y dejar un legado en el mundo de la Literatura, una novela que fuera como «El Túnel», o «Metamorfosis», o «Crimen y Castigo».

Claro que en esa época escribía solo ridiculeces intentando enamorar a alguna chica al azar que quizá ya no recuerdo ni su nombre, una bonita o que supiera por lo menos acomodarse el cabello. Poemas estúpidos, melosos, tontos enamoramientos en el aire, «novelas» que iban a ser grandiosas y que trataban de un estudiante de colegio que estaba enamorado de una chica de su clase, del C, o del B, o de D, o apuntes, ideas flotantes sobre darle un beso, sobre llevarle una tarjetita el día de su cumpleaños (nunca venía ese día) o cosas así.

Palabras, muchas palabras de las cuales algunas pocas quedan en pie, aún, escondidas en algún cuaderno que mantengo por ahí, en mi ropero o en algún cajón, como una especie de nostalgia o pretensión barata. «Mira EM, en esta página hay un párrafo que habla sobre cómo el chico conoce a la chica en esa fiesta de colegio, en la noche, en ese pasillo detrás y un poco debajo del patio de intermedio, donde hay árboles y flores y placas de cemento color amarillo gastado y rojo desportillado. Ahí está todo, todo resumido en una sola imagen. La chica acercándose por el pasillo en la oscuridad, mientras de fondo se escucha la música de la fiesta que está al otro lado del colegio. Y ella no sabe por qué está ahí, está caminando como si siguiera una señal del destino. Y se encuentra con él! Con él que estaba ahí, apoyado en el árbol esperando «algo» y mirando las estrellas (o la Luna). Ahí está y ella aparece. Olivia, con un vestido difuso, con una chaqueta, o quizá con su jean negro que tenía esa otra vez en la sala de videojuegos cuando le hablaste sin tanto miedo y estaba sentada sobre la mesa de hockey porque al parecer conocía al encargado de la sala…»

Algo así, una nostalgia que no se borra, y me obliga a recordar dónde tengo los malditos cuadernos y hojas. En el ropero, en la parte de arriba, cerca de donde están los cuadernos y literatura no tan buena como la del librero. En un folder encima del librero, poemas, muchos poemas, a S, a R, a M, no sé a quiénes más. En el cajón inferior del librero, ahí tal vez. Encima del estante, en esos cuadernos que tienen un montón de cosas de todas las épocas. No recuerdo más.

Y eso. Ahora tengo proyectos un poquito menos ambiciosos y un poquito más realistas. Trabajo en algunas historias: «El Extraño Problema», «Los recuerdos son un pobre placebo», «El bosque nevado», «La Ciudad Laberinto», y otros que están en revisión y revisión y revisión. Algún día se tendrán que terminar de revisar, o no. La tristeza ayuda a escribir, pero no estoy del todo triste, en realidad estoy con frío, como si estuviera resfriado o en camino. Quizá mi novia me contagió, quizá voy a estar unos días sintiendo temblor en mis músculos, quizá no se lo comente y ella no llegue a leer esta parte porque está ocupada. Quizá debería dormir de una vez, mi cama me lo pide.

Me llama la atención el infinito, eso ha sido en parte el eje de muchos y variados desencuentros en mi vida. Las personas no comprender el infinito. Pero eso es mentira. Podría decir que las mujeres no comprenden el infinito, que no creen en el infinito que pueda salir de una persona, de un muchacho, y menos si solo cuenta con historias. Pero eso es mentira. Se debe comenzar por atacar la generalidad, eso es una generalidad en sí misma pero aquí es la una de la madrugada y el frío y la duda no son de mucha ayuda. Quizá Ellas no creen en el infinito, solo ellas, una, dos y tres. Quizá sienten que no tienen que creer, porque es muy sabido que el infinito no existe para comenzar, y no quieren pasar por tontas o ilusas o lo que sea que les hayan hecho sentir antes. Todos somos corazones rotos, llenos de miedo y prejuicios, a todos nos han matado, aunque solo sea por aburrimiento.

Dormiré. Con esto comienzo. Si duermo a la una de la madrugada es mucho mejor que dormirme a las diez sobre mi cama como un pedazo de apatía de la gran era de la Pandemia. Si estoy despierto escribiendo a la una de la madrugada para mí ya es una victoria.


EM
11-05-2021