Azul gris sobre la pared

Pienso en la ciudad Laberinto, al viajero encontrando un lugar secreto, lleno de árboles con hojas rojas, en medio de pequeños estanques que brillan. Será el largo pasillo de árboles que dibuje en mis mapas hace dos años? Qué tiene de especial ese pasillo? Mis primeros recuerdos sobre ese pedacito de historia hablan de un pasaje a una isla extraña, un barco que sale por las noches. Quizá es la última vez que hace ese recorrido, no sabe que al amanecer el mundo se va a terminar. Pero el barquero mantiene su promesa obsesiva, hace su rutina por miles de años, no va a cambiar en el umbral de la destrucción.

Despierto antes de las siete de la mañana. Todo está quieto, en silencio, casi hay paz en el reducido mundo a mi alrededor, en todo el mundo si puedo dormir otro poco. Sé que afuera no es así, algo debe y debería estar pasando. Amor, odio, miedo, soledad, son cosas que siempre están ahí, es imposible escapar. Claro, puedes correr, intentar esconderte, pero eso es una salida imperfecta, fácil e imperfecta, inútil si haces unos cuantos intentos, el conflicto está ahí a unos pasos, al abrir la puerta, al observar detenidamente un objeto con forma de recuerdo, lo único que se necesita es abrir un poco más los ojos, mirar el techo, o la pared, o la ventana, o la puerta. Y quizá por eso mismo cierro los ojos y trato de dormir otro poco.

Bostezo. Mi mente revisa si todo mi cuerpo está ahí, si no he desaparecido por alguna magia extraña mientras estaba dormido. Pequeña confirmación de mis dedos, de la sábana que me envuelve y un celular que hace sonar su alarma, sigo aquí, mi mundo y todo lo que me constituye está invariable. No soy una mariposa ni un muñeco ni un monstruoso insecto, no estoy dormido, no soy la proyección imaginaria de los recuerdos de otra persona, nadie me está imaginando y no soy otra persona. Aunque, si lo pienso un poco más, confirmar esos datos no es tan fácil como abrir los ojos bien y pensar un poco en mí. Cómo podría confirmar que no soy un montón de recuerdos almacenados en algún lugar? Si me tambaleo, si derramo una lágrima, prueba que soy yo? No lo sé. Una proyección quizá también se tambalearía si tuviera ese dilema hipotético cerca de él.

Muerdo, pestañeo, hago chocar mis dientes repetidamente, trago un poco de saliva, consciente de que lo estoy haciendo. Coloco en mi mente una serie de cosas que creo que me pasaron alguna vez, mi caída de una pared a los 10 años, un helicóptero que mi tío me regaló, sus plantas de cobre, M, Y, M, un viaje a un mundo literario escondido en mi computadora, un salto desde el primer piso en la casa vacía de mi vecino. Algo más rebuscado, el recuerdo de una imagen parcialmente inventada, yo de dos años (o un año), con poncho de color rojo de lana, caminando por la plaza con mi mamá detrás; hojas secas, medio cafés, medio naranjas, medio amarillas, cayendo en algún otoño; un pasaje de una novela que nunca va a existir, luz negra al estilo Código Da Vinci, los mensajes de alguien en el segundo piso de mi colegio, dejados como un aviso, una pista para los estudiantes que ya son adultos y buscan lo que ese alguien quiso decir. Una proyección, un ser imaginado, podría tener todas esas cosas dentro? De momento estoy a salvó, nadie me está imaginando.

Me doy vuelta, mis ojos sobre la pared que se ilumina un poco con la luz que ingresa por la ventana de la otra pared. Mi cortina es azul, la luz que ingresa y choca con mi pared tiene esos tonos. Aún es temprano, pero ya son las nueve. De qué día? Ya no lo sé. Debía levantarme más antes, ahora estoy atrapado dentro de mi cama hasta que pueda descifrar lo que dice esta pared. Canto de pájaros? Ojos vidriosos? Pienso en la ciudad Laberinto, al viajero encontrando un lugar secreto, lleno de árboles con hojas rojas, en medio de pequeños estanques que brillan. Será el largo pasillo de árboles que dibuje en mis mapas hace dos años? Qué tiene de especial ese pasillo? Mis primeros recuerdos sobre ese pedacito de historia hablan de un pasaje a una isla extraña, un barco que sale por las noches. Quizá es la última vez que hace ese recorrido, no sabe que al amanecer el mundo se va a terminar. Pero el barquero mantiene su promesa obsesiva, hace su rutina por miles de años, no va a cambiar en el umbral de la destrucción.

Atraviesa ese bosque de hojas rojas, pero puede que no sea verdad, puede estar en otro lado, puede que solo sea un recuerdo. Hay millones de historias fantásticas, imagina las muchas otras que no llegan a ser historias!
Qué hay en ese bosque? Que hay en esta pared que miro indefinidamente? El pliegue de la cortina me ayudará en algo? La formación de flores en S que marca el relieve de la tela y que de traduce en sombras más y menos opacas en la otra pared hace alguna diferencia? No quiero levantarme. Pude poner unas cuantas palabras por escrito. Sabes lo difícil que resulta eso últimamente? Me quedo sin palabras, M, y necesito volver a encontrarlas. Me distraigo mucho. En cuanto encienda la computadora voy a distraerme, en cuanto me ponga de pie, en cuanto recuerde que debo ir al banco, que debo dibujar, que debo diseñar, que debo redactar, que debo idear un plan que tenga más rentabilidad que mi plan actual, que debo aprender. Viajar por los mundos de la mente es difícil, se paga caro.

Azul gris sobre la pared. Rojo gris, púrpura gris, celeste gris, muchas paredes. Casi hay paz en el pequeño pedazo de mundo que alcanzan a percibir mis sentidos. No se busca más lejos porque todo explotaría, implosionaría. No tenemos poderes y no somos eternos, somos simples humanos con algunas horas al día. Quizá hay que sonreír por eso, por esas horas y porque no explota ni implosiona, porque todavía no se ha terminado. Sonrío al ver mi pared azul gris y mis árboles de hojas rojas, es interesante recorrer esos lugares. Hace unos días encontré al caminante nocturno, al vigía, al merodeador, fue emocionante!

El color de difumina, todo se hace más soleado, más diurno. Comienza el ruido.

Escrito por EM Rodríguez

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El último recuerdo

Las últimas horas son de nostalgia, quizá las pasas recordando, viendo en tu mente pasajes de épocas más bonitas. Quizá vuelves a ver el rostro de tu madre cuando aún eras un niño, tal vez los ojos de tu primer amor, o puede que vuelvas a verte a ti, columpiando en el parque de tu infancia.

La noche se acaba a una hora determinada. Nada va a evitar que eso pase. Luego es el fin del mundo.
Al amanecer, al amanecer el olvido se apodera de todo y ya nada importa o existe para importar. ¿Qué haría en esas escasas últimas horas? ¿Si solo tuviera esta noche y en la mañana se fuera a terminar todo, acaso podría dormir, acaso necesitaría alguna otra última respuesta? ¿Una última confirmación de lo que ya sabía, de lo que era? ¿Alguna nueva visión de las cosas?

El viajero no lo sabía con certeza, dió vueltas en la ciudad un par de horas jugando al explorador, ebrio, triste, e ignorante de su realidad. Así fue que cuando supo del cataclismo ya era tarde, ¿dónde podría ir a esa hora?. Supongo que así nos pasa a la mayoría de nosotros, solo abrimos los ojos cuando ya no queda mucho tiempo, cuando ya es «tarde» y vemos el final de todo, la muerte, a unos pocos pasos, cuando podemos sentir detalle a detalle esa última agonía. Ese concepto de que ya no queda tiempo es lo que nos hace despertar, mejor dicho, reaccionar. Ese momento es el de las revelaciones incómodas, cuando notamos que «hemos perdido», y como un hombre a punto de ahogarse, hacemos nuestros últimos intentos por respirar y mantenernos a flote, la última pelea, el último esfuerzo, buscando «algo».

Aún no lo sabía, no lo entendía, pero el viajero tenía en su mente ideas fijas, obsesiones que lo estaban moviendo: debía completar algo, debía encontrar algo, o a alguien. No sabía lo que estaba por llegar, miraba hacia el cielo nocturno y eterno, ilusorio, volvía a bajar la mirada, a recordar, a intentar comprender qué era lo que buscaba, y seguía caminando.

Estaba borracho no se sabe hace cuánto tiempo, unas palabras de un desconocido lo despertaron. Luces apagadas, un ambiente frío y lejano, ya comenzaba a ausentarse la existencia. Observa, trata de comprender, pero comprender es muy difícil, tiene tragos encima, tiene dejadez, su mente está lenta, le falta esa capacidad que seguramente perdió hace años. El desconocido le lanza palabras encriptadas, confusas, le dice algo sin decirle en realidad, le da el mensaje que en realidad no quiere escuchar: todo se ha terminado.

Las últimas horas son de nostalgia, quizá las pasas recordando, viendo en tu mente pasajes de épocas más bonitas. Quizá vuelves a ver el rostro de tu madre cuando aún eras un niño, tal vez los ojos de tu primer amor, o puede que vuelvas a verte a ti, columpiando en el parque de tu infancia. Las últimas horas vas tras los recuerdos, intentas como sea retroceder el tiempo. Curiosamente, al final, ese tiempo parece hacerse más lento. Sientes la brisa más suave, es relajante, tus pasos subiendo las gradas son pausados, llenos de tranquilidad. Sientes las olas del mar muy cerca, latiendo, vibrando, aún a sabiendas de que ya está cerca la oscuridad total.

Ya has corrido todo lo que podías correr, ahora ve despacio, sube lo que te falta de esas gradas. La pequeña torre está al final. Un último recuerdo te espera.

Escrito por EM

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