El tiempo

Nieve, una caminata eterna en la nieve, hasta el final, hasta que se acaban los créditos.

Voy a dormir. La cama es cómoda, está tibia, puedo deslizarme dentro, estirar mis piernas. Hace una hora estaba dormido. Estaba sobre mi cama, no podía levantarme, no quería, o qué diablos! El sueño era muy profundo, la fuerza para cerrar los ojos perfectamente fijada en mí. No iba a levantarme, casi. Curiosamente la cama se hace más cómoda encima y no dentro, en ese momento al menos.

Me levanté y me arrastré un poco entre la oscuridad y apagar la computadora. Una idea para un nuevo tema, una narración en primera y tercera persona. Los ojos se alteran, quizá. Quizá golpea con fuerza el espejo hasta que se rompe. Quizá es un impulso similar a romper una taza una mañana, a quemar un bosque en la noche.

Antes de dormir, escucho música de algún lugar, la cocina de mi tío o más lejos. Coloco música también, suave, dos puntos de volúmen. Nieve, una caminata eterna en la nieve, hasta el final, hasta que se acaban los créditos.

El cuarto se ilumina parcialmente, la pequeña luz se mueve ligeramente, deja ver esta pared, resalta ante estos ojos. Un minuto, veinte, una hora. Duerme después.

Escrito por EM Rodríguez

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Resiste

Vaya, muchacho, tienes que organizarte mejor. El extraño problema tiene unas tres revisiones y varios duplicados. Pedazos de Cómo llegamos a esto están repartidos entre Los barrotes de la puerta negra y Café que refleja la luna. Hay miles de trocitos anteriores a El extraño problema desordenado la vida en cada carpeta que reviso. Ahí es donde decido apagar la luz de una vez.

Por poco y me quedo sin palabras. Son las dos de la madrugada, debería estar dormido por lo menos hace tres horas, necesito dormir, no he estado durmiendo bien prácticamente desde que la maldita pandemia comenzó, incluso más antes. Las complicaciones de las mentes que se alteran fácilmente.

Como sea, 2:26 y recién entro a la cama, pero no duermo, mis sentidos están mucho más despiertos que otras noches. Lo sé, estoy seguro que mañana a esta hora estaré completamente maldormido, sin poder levantarme ni siquiera para apagar la luz. Mañana tengo, tendré, que estar despierto para mi edición correspondiente, pero sé que a las diez ya no podré despegar los ojos, nada sirve ahí, las continuas aperturas de ojos no modifican nada, es despertar para no poder moverse y volver a dormir, y despertar más tarde y repetir.

Es una fecha especial, quizá por eso sigo despierto, el nerviosismo, la espera, expectativa. La excusa para canalizar todo eso fue la revisión de documentos en mi computadora, está todo un desastre. Tengo novelas mías no publicadas y en constante revisión, un título está en una carpeta, el mismo título está en otra, y en otra. Un fragmento de esa novela camina suelto por alguna de las múltiples carpetas de ese disco del infierno y del caos. Algún otro retazo debe estar extraído y colocado en otra novela que ni siquiera recuerdo. Y así con varias novelas, cuentos y obras de teatro, y ni hablar de los borradores, los bocetos, las anotaciones que movía de pendrives a computadora, de WhatsApp a computadora, de la app de texto a la compu para extraer en un Word, editar, implantarlo en su novela correspondiente, y dejar el archivo de texto para que se me olvidé que ya lo utilicé, y más, y más, y más.

Vaya, muchacho, tienes que organizarte mejor. El extraño problema tiene unas tres revisiones y varios duplicados. Pedazos de Cómo llegamos a esto están repartidos entre Los barrotes de la puerta negra y Café que refleja la luna. Hay miles de trocitos anteriores a El extraño problema desordenado la vida en cada carpeta que reviso. Ahí es donde decido apagar la luz de una vez. Terminé la revisión de un cuento y tuve que borrar todos los bocetos anteriores y todas las versiones alternativas para no confundirme, para luego no estar como un idiota comparando las redacciones, los estilos, las mejoras para ver cuál es la verdadera. Hice desaparecer párrafos enteros y las versiones que los contenían. Borradas de la existencia, sin considerar lo interesantes que pudieran haber sido, el tiempo comienza a ser limitado y algunas cosas simplemente deben desaparecer. Tiempo, mis ojos ya desean cerrarse por esta noche.

Escrito por EM Rodríguez

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Azul gris sobre la pared

Pienso en la ciudad Laberinto, al viajero encontrando un lugar secreto, lleno de árboles con hojas rojas, en medio de pequeños estanques que brillan. Será el largo pasillo de árboles que dibuje en mis mapas hace dos años? Qué tiene de especial ese pasillo? Mis primeros recuerdos sobre ese pedacito de historia hablan de un pasaje a una isla extraña, un barco que sale por las noches. Quizá es la última vez que hace ese recorrido, no sabe que al amanecer el mundo se va a terminar. Pero el barquero mantiene su promesa obsesiva, hace su rutina por miles de años, no va a cambiar en el umbral de la destrucción.

Despierto antes de las siete de la mañana. Todo está quieto, en silencio, casi hay paz en el reducido mundo a mi alrededor, en todo el mundo si puedo dormir otro poco. Sé que afuera no es así, algo debe y debería estar pasando. Amor, odio, miedo, soledad, son cosas que siempre están ahí, es imposible escapar. Claro, puedes correr, intentar esconderte, pero eso es una salida imperfecta, fácil e imperfecta, inútil si haces unos cuantos intentos, el conflicto está ahí a unos pasos, al abrir la puerta, al observar detenidamente un objeto con forma de recuerdo, lo único que se necesita es abrir un poco más los ojos, mirar el techo, o la pared, o la ventana, o la puerta. Y quizá por eso mismo cierro los ojos y trato de dormir otro poco.

Bostezo. Mi mente revisa si todo mi cuerpo está ahí, si no he desaparecido por alguna magia extraña mientras estaba dormido. Pequeña confirmación de mis dedos, de la sábana que me envuelve y un celular que hace sonar su alarma, sigo aquí, mi mundo y todo lo que me constituye está invariable. No soy una mariposa ni un muñeco ni un monstruoso insecto, no estoy dormido, no soy la proyección imaginaria de los recuerdos de otra persona, nadie me está imaginando y no soy otra persona. Aunque, si lo pienso un poco más, confirmar esos datos no es tan fácil como abrir los ojos bien y pensar un poco en mí. Cómo podría confirmar que no soy un montón de recuerdos almacenados en algún lugar? Si me tambaleo, si derramo una lágrima, prueba que soy yo? No lo sé. Una proyección quizá también se tambalearía si tuviera ese dilema hipotético cerca de él.

Muerdo, pestañeo, hago chocar mis dientes repetidamente, trago un poco de saliva, consciente de que lo estoy haciendo. Coloco en mi mente una serie de cosas que creo que me pasaron alguna vez, mi caída de una pared a los 10 años, un helicóptero que mi tío me regaló, sus plantas de cobre, M, Y, M, un viaje a un mundo literario escondido en mi computadora, un salto desde el primer piso en la casa vacía de mi vecino. Algo más rebuscado, el recuerdo de una imagen parcialmente inventada, yo de dos años (o un año), con poncho de color rojo de lana, caminando por la plaza con mi mamá detrás; hojas secas, medio cafés, medio naranjas, medio amarillas, cayendo en algún otoño; un pasaje de una novela que nunca va a existir, luz negra al estilo Código Da Vinci, los mensajes de alguien en el segundo piso de mi colegio, dejados como un aviso, una pista para los estudiantes que ya son adultos y buscan lo que ese alguien quiso decir. Una proyección, un ser imaginado, podría tener todas esas cosas dentro? De momento estoy a salvó, nadie me está imaginando.

Me doy vuelta, mis ojos sobre la pared que se ilumina un poco con la luz que ingresa por la ventana de la otra pared. Mi cortina es azul, la luz que ingresa y choca con mi pared tiene esos tonos. Aún es temprano, pero ya son las nueve. De qué día? Ya no lo sé. Debía levantarme más antes, ahora estoy atrapado dentro de mi cama hasta que pueda descifrar lo que dice esta pared. Canto de pájaros? Ojos vidriosos? Pienso en la ciudad Laberinto, al viajero encontrando un lugar secreto, lleno de árboles con hojas rojas, en medio de pequeños estanques que brillan. Será el largo pasillo de árboles que dibuje en mis mapas hace dos años? Qué tiene de especial ese pasillo? Mis primeros recuerdos sobre ese pedacito de historia hablan de un pasaje a una isla extraña, un barco que sale por las noches. Quizá es la última vez que hace ese recorrido, no sabe que al amanecer el mundo se va a terminar. Pero el barquero mantiene su promesa obsesiva, hace su rutina por miles de años, no va a cambiar en el umbral de la destrucción.

Atraviesa ese bosque de hojas rojas, pero puede que no sea verdad, puede estar en otro lado, puede que solo sea un recuerdo. Hay millones de historias fantásticas, imagina las muchas otras que no llegan a ser historias!
Qué hay en ese bosque? Que hay en esta pared que miro indefinidamente? El pliegue de la cortina me ayudará en algo? La formación de flores en S que marca el relieve de la tela y que de traduce en sombras más y menos opacas en la otra pared hace alguna diferencia? No quiero levantarme. Pude poner unas cuantas palabras por escrito. Sabes lo difícil que resulta eso últimamente? Me quedo sin palabras, M, y necesito volver a encontrarlas. Me distraigo mucho. En cuanto encienda la computadora voy a distraerme, en cuanto me ponga de pie, en cuanto recuerde que debo ir al banco, que debo dibujar, que debo diseñar, que debo redactar, que debo idear un plan que tenga más rentabilidad que mi plan actual, que debo aprender. Viajar por los mundos de la mente es difícil, se paga caro.

Azul gris sobre la pared. Rojo gris, púrpura gris, celeste gris, muchas paredes. Casi hay paz en el pequeño pedazo de mundo que alcanzan a percibir mis sentidos. No se busca más lejos porque todo explotaría, implosionaría. No tenemos poderes y no somos eternos, somos simples humanos con algunas horas al día. Quizá hay que sonreír por eso, por esas horas y porque no explota ni implosiona, porque todavía no se ha terminado. Sonrío al ver mi pared azul gris y mis árboles de hojas rojas, es interesante recorrer esos lugares. Hace unos días encontré al caminante nocturno, al vigía, al merodeador, fue emocionante!

El color de difumina, todo se hace más soleado, más diurno. Comienza el ruido.

Escrito por EM Rodríguez

Puede ayudarte a dormir…

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Sobre la violencia

Mientras hago tiempo ahí me topo con un cartel que me llama la atención un poco más que el resto de cosas desplegadas y revueltas, el violentómetro, una escala de diferentes muestras de violencia que puede hacerse visible en la pareja, desde violencia leve que sin duda alguna ni posibilidad de equívoco va a ir en aumento, pasando por violencia dura, y finalmente llegando a la violencia crítica en donde la vida y la salud de la mujer está en serio peligro.

¿Qué tan violento soy?
Un estado en el WhatsApp de M me hizo notar un evento en la plaza principal de mi ciudad. No tenía pensado ir, supongo que ella tampoco, sin embargo, por mis cotidianos temas laborales de viernes en la mañana, me vi de pronto cruzando la calle y apareciendo en esa plaza, “a modo de caminar”. El tema: Pandemia de violencia contra la mujer.

Un tema válido en esta época, con cincuenta y tantos feminicidios en Bolivia en lo que va del año y contando, y con cada vez mayores denuncias (no escuchadas o desistidas) de agresiones, acoso, amenazas de muerte y violaciones al grupo social que ya no quiere flores con espinas. El evento era de instituciones públicas, y otras, de apoyo y asistencia a la mujer víctima de violencia, pero más me hizo pensar en una feria escolar de tres o cuatro cursos. Con más presupuesto, eso sí, me entregaron unos cuantos folletos impresos en papel couché y pegatinas a cambio de pararme delante de ellas (creo todas las expositoras eran mujeres) unos segundos. Educación, prevención, promoción, y alguna frase pegajosa por ahí.

No quería llamar mucho la atención, yo solo estaba de paso, tampoco quería que esa chica se me pusiera a exponer torpemente lo que es el machismo, el patriarcado, la violencia de género o cómo la pandemia acrecentó estos problemas. Eso más o menos ya lo conozco, todos, y no creo que ella pudiera darme datos más importantes, trascendentales, o controversiales, de los que ya conocía. Además, como en toda feria de colegio, había un parlante de mierda con música y un animador que anulaba cualquier intento real de diálogo verdadero entre asistentes (la mayoría que vi, hombres) y expositoras. Hay que admitirlo, la plaza principal no es el mejor lugar para “educar” a las personas, menos para concientizarlas. Es más un acto de propaganda, maíz para los reporteros, show para que vean los jefes y digan que se está haciendo “algo”. En el colegio, esas ferias se hacían para que los papás vieran que el niño se sabía de memoria cuántos trajes típicos tenía el país, algo que le iba a servir de mucho en la universidad, así en mi forma más cínica de interpretarlo.

Mientras hago tiempo ahí me topo con un cartel que me llama la atención un poco más que el resto de cosas desplegadas y revueltas, el violentómetro, una escala de diferentes muestras de violencia que puede hacerse visible en la pareja, desde violencia leve que sin duda alguna ni posibilidad de equívoco va a ir en aumento, pasando por violencia dura, y finalmente llegando a la violencia crítica en donde la vida y la salud de la mujer está en serio peligro. No puedo dejar de pensar que ese gráfico es solo para hombres, para que hagamos mea culpa por las salvajadas de nuestro género y aceptemos la irrefutable confirmación de que también nosotros somos unos malditos bastardos violentos. No creo que los hombres sean los únicos o los más violentos, pero esa cuestión no tiene mucha relevancia en estos lugares. Aquí, en esta feria, es «amiga, date cuenta» y «hombre, no seas violento».

Pero no es tan drástico, se puede vivir con eso. Le doy un repaso a esta lista de cosas para ver por dónde ando y desde el principio ya me doy de frente con una señal de alarma, las bromas hirientes. M se quejó una y diez veces conmigo por una serie de bromas que hice sobre sus amigas una o un par de veces. Pero no sé si son catalogables como bromas hirientes. Sí, fueron hirientes para ella, al menos tanto como para que me lo reclamara de forma directa todas esas veces, pero quizá ella es muy sensible, pienso, o quizá no tiene la capacidad de comprender ciertos detalles en mi forma de contar las cosas, o no quiere que se le altere la mente con lo que aparece en las bromas. No lo sé. Mis bromas le afectan a ella, pero otras mujeres lo toman como lo que son, bromas. No son bromas sobre su cuerpo o su forma de hacer las cosas, ni siquiera sobre su burbuja delicada de paz, mis bromas son eventos hipotéticos aleatorios que suelo usar para agilizar la conversación, para dar un giro en la trama de la charla, para hacerlo divertido o interesante. Sigo sin saberlo, tal vez es hiriente, pero luego volveré ahí.

El siguiente punto, el chantaje. Tampoco sé qué significa con exactitud chantajear. Si puedo manipular supongo que puedo chantajear, para ganar argumentos. Quizá aprendí a usar mi silencio como una forma de chantaje, o las distintas tonalidades en las que puedo llevar una conversación, la clave ahí es dar el mensaje adecuado para lograr el efecto deseado. Supongo que eso podría interpretarse como chantaje. No dice las clases de chantaje, y dependiendo de la creatividad hay Miles de formas de chantajear.
Mentir-engañar. En lo posible trato de no mentir, pero al mismo tiempo estoy consciente de que la verdad puede ser como veneno para las personas que son muy delicadas. ¿Soportaría toda la verdad de las cosas? A menudo cierra los ojos y escapa a su habitación de pánico. Algunas verdades sí, otras no, no hay una forma clara de saber cómo son esos criterios de selección. También soy así, lo son todos. No será mentir, pero omitir detalles es una práctica muy común para salvar el mundo.
Ignorar-ley del hielo. Ahora mismo lo estoy haciendo, pero ella también. ¿Se compensa si es que ambos lo hacen? ¿Hay una sanción distinta? ¿Su indiferencia es menos relevante o peligrosa que la mía?
Celos. Lo soy. A mí no se me nota lo celoso, no soy agresivo ni hago dramas, pero soy celoso, una parte de mí sigue creyendo que hay algo ahí que me pertenece, la otra parte sabe que no es cierto y se ríe del patetismo.
Culpabilizar. Otro de los términos confusos. Es como el chantaje, quizá. Si le hago pensar que ella es la culpable de que una cita salga mal y por esa razón cambia su forma de ser, y se disculpa, pues supongo que también uso esa estrategia, para ganar argumentos cuando me conviene.
Descalificar. Solo algunos argumentos, y a veces le parecen ataques, otro tema delicado.
Ridiculizar-ofender. No lo creo, no con ella. Ridiculizo la estupidez del lenguaje inclusivo, la parodia de la pseudo inclusión en la sociedad, a las feministas radicales, a los religiosos radicales, a los políticos radicales y mentirosos. Quizá soy radical por ridiculizar lo radical, ¿eso afecta una relación de pareja? Solo Dios sabe.
Humillar en público. No.
Intimidar-amenazar. No, ni antes ni después.
Controlar-prohibir. Eso ya entra en el segundo grupo de cosas peligrosas, pero desde el principio establecí el principio de la total libertad de decisiones y movimientos.
Destruir artículos personales. Ella sí quiere que yo destruya algunos míos, pero eso no va a pasar solo porque ella lo desee. Principios ante todo.
Manosear. Difícil pregunta. Tiene que ser consensuado. Quizá alguna vez y lo hice pasar por accidente.
Acariciar agresivamente. ¿Qué significa «agresivamente»? ¿Hay circunstancias específicas?
Golpear «jugando». Le quito las comillas. Y no.
Pellizcar-arañar. No.
Empujar-jalonear. Jamás.
Cachetear. Creo que nunca, ni como juego.
Patear. Tercer nivel, aquí es el inicio de la muerte súbita, o aparecer doce días después en un basurero cortada en pedacitos. No.
Encerrar-aislar. Por culpa de ellos es que nos tratan a todos como imbéciles. No.
Amenazar con objetos o armas. Solo a las moscas.
Amenazar de muerte. Ni muerto.
Forzar a una relación. ¿Acaso eso se puede? ¡Cómo nadie me lo dijo! Quien hizo la escala no especificó si se trata de forzar a una relación sexual (lo que sería una violación de hecho) o forzar a una relación sentimental (como proponer matrimonio en público para que la presión social ayude o cosas parecidas). Como sea, no.
Abusar sexualmente. No lo creo.
Violar, mutilar y asesinar. No, no y no, por suerte.

Por suerte. Por suerte no soy un asesino, por suerte no soy tan estúpido como para ver a una mujer como a una rata. Por suerte mi mano se contiene y no tiembla cuando mi sangre hierve. Por suerte no me he visto atrapado en situaciones que me lleven al límite. Creo que no lo haría, pero no quiero llegar a encontrarme con esa posibilidad, no quisiera esa prueba de la vida…

Seis veinticuatro. Ya casi acaba el día. Volví a la misma plaza, pero la feria solo duró el horario de oficina. Me siento en una banca como acostumbro a hacer de vez en cuando. Miro a la gente, todo está normal. Casi no importa un carajo que este fin de semana pueda añadirse uno o dos nombres más a la lista nacional de feminicidios, todo seguirá en su orden natural. Es viernes, hora de celebrar.

Bromas hirientes. Sigo preguntándome qué es ser hiriente. Dependiendo de la persona, hiriente puede ser una simple crítica sobre el cabello, o hiriente puede ser plantear situaciones imaginarias, hipotéticas, que sean insostenibles o inaguantables. Hiriente puede ser cualquier cosa, y una broma puede ser cualquier cosa. Desde ahí se puede asumir que hay violencia, que puede haber, desde todos los frentes. A mí me hirió cuando prefirió dedicar su buen humor y su sonrisa de alegría a sus fans antes que a mí, una estúpida foto puede ser el principio del dolor. Una palabra, una mirada, una forma de comunicar los «buenos días». No me estoy quejando, la libertad es así, libertad para hacer lo que uno quiere, sin importar mucho si lastima a otros o no, libertad mientras no sea ilegal. Si esos otros son lastimados por esa libertad en realidad no debería importar, y si lo hace es porque ya estamos siendo chantajeados o manipulados. «No hagas eso porque me duele», «haz esto, porque sino me vas a lastimar», «no quiero que hagas nada que no quieras, solo te aviso que en este momento me estoy sintiendo profunda e irreparablemente lastimado por culpa de lo que estás o no estás haciendo pero, de nuevo, no te obligo a nada». Y así muchas variantes que a veces se detectan y a veces no. A veces soportamos esa violencia, no «camuflada», sino inconsciente, espontánea, natural en las personas. Esa feria no hacía diferencia entre la violencia que ejercemos (que ejercemos los hombres, según la mayoría de ellas) de forma inconsciente, por nuestra condición de seres humanos que se dedican a sobrevivir y a conseguir lo que desean, y la violencia premeditada o explosiva, originada en nuestra educación como sociedad y en la mierda que podemos tener en la cabeza. Y ahora que releo esta última parte se me hace muy difícil determinar qué características definen a este o a este otro tipo de violencia, quizá solo intento excusarme de mis propios defectos. Soy reactivo, tengo resentimientos, celos, a veces tengo odio o amor, a veces disfruto el ser frío o vengativo, o manipulador. Digo (pienso) «tú también eres así, pero yo juego mejor» y con eso «me salvo». Si quien está frente a mí usa la violencia o la manipulación o lo que sea, y yo lo detecto, puedo usar lo mismo, dar la vuelta a la mesa y poner las fichas de mi lado. Puede que no sea tan lejano de la violencia, al menos de la violencia psicológica, después de todo, en dos de mis novelas sin publicar, una chica termina muerta, y un chico termina destrozado.

Voy a casa, debo terminar un dibujo para su cumpleaños…

Escrito por EM Rodríguez

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El último recuerdo

Las últimas horas son de nostalgia, quizá las pasas recordando, viendo en tu mente pasajes de épocas más bonitas. Quizá vuelves a ver el rostro de tu madre cuando aún eras un niño, tal vez los ojos de tu primer amor, o puede que vuelvas a verte a ti, columpiando en el parque de tu infancia.

La noche se acaba a una hora determinada. Nada va a evitar que eso pase. Luego es el fin del mundo.
Al amanecer, al amanecer el olvido se apodera de todo y ya nada importa o existe para importar. ¿Qué haría en esas escasas últimas horas? ¿Si solo tuviera esta noche y en la mañana se fuera a terminar todo, acaso podría dormir, acaso necesitaría alguna otra última respuesta? ¿Una última confirmación de lo que ya sabía, de lo que era? ¿Alguna nueva visión de las cosas?

El viajero no lo sabía con certeza, dió vueltas en la ciudad un par de horas jugando al explorador, ebrio, triste, e ignorante de su realidad. Así fue que cuando supo del cataclismo ya era tarde, ¿dónde podría ir a esa hora?. Supongo que así nos pasa a la mayoría de nosotros, solo abrimos los ojos cuando ya no queda mucho tiempo, cuando ya es «tarde» y vemos el final de todo, la muerte, a unos pocos pasos, cuando podemos sentir detalle a detalle esa última agonía. Ese concepto de que ya no queda tiempo es lo que nos hace despertar, mejor dicho, reaccionar. Ese momento es el de las revelaciones incómodas, cuando notamos que «hemos perdido», y como un hombre a punto de ahogarse, hacemos nuestros últimos intentos por respirar y mantenernos a flote, la última pelea, el último esfuerzo, buscando «algo».

Aún no lo sabía, no lo entendía, pero el viajero tenía en su mente ideas fijas, obsesiones que lo estaban moviendo: debía completar algo, debía encontrar algo, o a alguien. No sabía lo que estaba por llegar, miraba hacia el cielo nocturno y eterno, ilusorio, volvía a bajar la mirada, a recordar, a intentar comprender qué era lo que buscaba, y seguía caminando.

Estaba borracho no se sabe hace cuánto tiempo, unas palabras de un desconocido lo despertaron. Luces apagadas, un ambiente frío y lejano, ya comenzaba a ausentarse la existencia. Observa, trata de comprender, pero comprender es muy difícil, tiene tragos encima, tiene dejadez, su mente está lenta, le falta esa capacidad que seguramente perdió hace años. El desconocido le lanza palabras encriptadas, confusas, le dice algo sin decirle en realidad, le da el mensaje que en realidad no quiere escuchar: todo se ha terminado.

Las últimas horas son de nostalgia, quizá las pasas recordando, viendo en tu mente pasajes de épocas más bonitas. Quizá vuelves a ver el rostro de tu madre cuando aún eras un niño, tal vez los ojos de tu primer amor, o puede que vuelvas a verte a ti, columpiando en el parque de tu infancia. Las últimas horas vas tras los recuerdos, intentas como sea retroceder el tiempo. Curiosamente, al final, ese tiempo parece hacerse más lento. Sientes la brisa más suave, es relajante, tus pasos subiendo las gradas son pausados, llenos de tranquilidad. Sientes las olas del mar muy cerca, latiendo, vibrando, aún a sabiendas de que ya está cerca la oscuridad total.

Ya has corrido todo lo que podías correr, ahora ve despacio, sube lo que te falta de esas gradas. La pequeña torre está al final. Un último recuerdo te espera.

Escrito por EM

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Desconocida, algún día…

Viajar. La desconocida repite en silencio la cábala de todos los días, nuevos rostros, nuevos amores, nuevos recuerdos. Algún día, lejos, un viaje en una montaña en el cielo, las nubes por debajo de lo cristalino, un mundo entero con sus estrellas y eclipses. Algún día, y da otro paso y otro. Se detiene, se queda fría, pronuncia un suspiro culpable.

Tentación de caer, un pequeño asomarse a ver el abismo y sentir los latidos.
Sin nombre, recuerdos en blanco y negro cuando es de noche, cuando hace frío, cuando llueve, cuando la acompaña una copa de vino y decide caminar sin un camino exacto.

Viajar. La desconocida repite en silencio la cábala de todos los días, nuevos rostros, nuevos amores, nuevos recuerdos. Algún día, lejos, un viaje en una montaña en el cielo, las nubes por debajo de lo cristalino, un mundo entero con sus estrellas y eclipses. Algún día, y da otro paso y otro. Se detiene, se queda fría, pronuncia un suspiro culpable. Algún día, cuando no busque desesperadamente fotos para romper y reconstruir obsesivamente, cuando sus ojos hayan sanado. Reza y mira abstraida hacia el fondo de la luz, lanza pensamientos al universo que le rodea, acaricia su propia mejilla, ofrece un beso a un extraño que la toma de la mano por casualidad.

Quiere viajar y pierde otro día con su sol y su luna. Donde no haya nada, donde sea un inicio libre de prejuicios y sombras entre las personas, cualquier lugar que sea lejos, cualquier lugar donde no resuene en su mente el pasado como un eco en un pasillo sin salida.
Ojos quebrados que se cierran y se transforman y buscan la más mínima distracción para comenzar el día.
Día uno, conversaciones aleatorias, sueños aleatorios. Despierta tarde y quiere contar sus sueños. Balbucea las palabras a personas alternativas, opciones posibles, alguien, alguien que vea en los sueños algo más que cosas sin sentido.

Nada. Besos vacíos. Voces que duelen. Sin lágrimas, sin ninguna lágrima, pensar en que no hay lágrimas, pensar en lágrimas que caen sin caer, en silencio, sin que nadie las escuche o se detenga a sentirlas. Odio, amor, odio eterno, amor como cielo que se rompe, odio como canciones que se repiten mil veces, odio como asfixia, odio como cartas incendiadas, odio como deseos infinitos de venganza… olvido, mirada extraña y cavilaciones eternas. Cigarro inexistente en la mano, botella fría en un bar extraño en una ciudad ajena. Pasos en la oscuridad, estrellas nocturnas, deseos confesados en silencio, contradicciones, lágrimas que caen por fin. Extraña sensación en la garganta, en el pecho, en el día, en los labios. Recitar palabras, declaraciones definitivas parecidas al agua, a la arena del desierto en una tormenta.

Arena. Las olas terminan por llevarse el castillo.

Escrito por EM Rodríguez

La música es un homenaje a Undertale. No soy el autor…
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Fantasma

Tampoco se puede poner pausa, eso más que una metáfora o una idealización es la realidad, la realidad es difícil de encarar, creo que quiero mi fantasía y mi mundo de ilusiones.

Decisiones difíciles. Soy un desastre para tomar decisiones difíciles que definen momentos. No me gusta el abrumador concepto de elegir entre dos opciones, dos caminos, dos lo que sea. No creo que solo haya dos opciones, pero eso es discusión para otro tipo de momentos, aquí sí hay dos opciones. ¿Posponer? No lo sé, ya estoy viejo para posponer.

Tampoco se puede poner pausa, eso más que una metáfora o una idealización es la realidad, la realidad es difícil de encarar, creo que quiero mi fantasía y mi mundo de ilusiones. Extraño, extraño. Me pregunto a mí mismo, mis preguntas son secretas, si hago las preguntas abiertamente quizá todo se desarme, ante todo hay que mantener unidos los pedazos, esas ilusiones que le dan sentido a todo.

Bueno, voy a verla. Ahí no puedo escribir, y ella difícilmente comprende las palabras confusas que salen de mi boca. Me duele la espalda, la pierna, tengo hambre y sueño. Mantengo una imagen serena, pero mi mente es un alboroto. Un minuto, dos, cinco, ya falta poco. Yo no sé qué va a pasar. Me imagino en medio de una montaña, con árboles a mi alrededor, con nieve, quiero volver a la nieve. Quiero ver estrellas.

Dormir

Me mantengo despierto. Quiero dormir pero es difícil, doy vueltas, mi mente da vueltas, esa extraña noción de «el futuro» ronda alrededor de mi cabeza. Escribo mientras espero, mis ojos se cierran o se abren, dependiendo, las ideas van y vienen, el tiempo sigue avanzando sin ninguna misericordia. Ha pasado una semana y el maldito párrafo sigue ahí invariable.

«EM, así es». Me meto a la cama con esa frase pegada a mi mente.
Estará ahí unos días, supongo, hasta que pase a ser otra de las cosas cotidianas o me distraiga con otra cosa pegajosa. «Así es», «así son las cosas». Yo también he pronunciado esas frases sobre los temas que manejo o domino mejor, sobre lo que conozco o algunos principios de la vida o de la naturaleza humana que defiendo incluso a costa mía, bajo mi propio riesgo. Es interesante que la misma persona que me dice «así es» me hable de la normalización de las conductas negativas de las personas que «así son». Supongo que «así es» es otro de tantos conceptos y filosofías relativas que varían en torno a la conveniencia del momento y de las personas. El mundo es cruel, así es. Las personas ven la venganza como justicia, es la verdad. Las personas felices son las que piensan menos, dicho popular que casi siempre es verdad. La reafirmación repetitiva es un bonito frasco de vidrio en el borde de la mesa, eso me lo repito constantemente esperando poder creerlo. Para nosotros el «así es», más que una verdad, es un consuelo, un freno, una pared en la que nos detenemos para dejar las cosas como están, porque es nuy difícil o muy complicado cambiarlas o entender que han cambiado. ¿Qué hago si el mundo es como es y no puedo hacer nada para que sea distinto? ¿Cuánto lo puedo cambiar, seriamente, sin hacer una paja mental en mi cerebro?

Desde niño tuve mi fantasía de cambiar el mundo. No sabía bien qué era exactamente lo que tenía que cambiar, era una intuición, un presentimiento más que un plan, más una infantil muestra de vanidad que un análisis adulto a las doce de la noche. Creo que de niños todos íbamos a cambiar el mundo, siendo el mejor doctor, el mejor bombero, siendo un presidente que no se corrompiera, haciendo casas para los pobres, viajando al espacio infinito para entregar a la Humanidad el conocimiento del Universo… Todas ideas bastante filantrópicas, dada nuestra conexión con el mundo mientras somos niños que sueñan de verdad. Yo lo iba a cambiar todo, con solo palabras y un lapicero. ¡Un premio Nobel! La mejor novela de todos los tiempos la iba a escribir yo, una obra que realmente impacte en el corazón de las personas y deje una huella como a mí me dejó leer El Túnel, el Castillo o El Idiota. Ese era mi sueño de niño y adolescente, y aún ahora persiste en lo más profundo de mi arrogancia. «Quizá algún día», pienso, y paso por alto el hecho, el crudo hecho, de que algunos días solo puedo escribir, con todo mi esfuerzo, un simple párrafo torpe de esa «gran novela». Si tengo suerte y estoy inspirado y no me distraigo con otras cosas a veces ese párrafo es mi gran obra. Otros días no escribo nada, paso del día a la noche sin entender cómo es que el tiempo se evapora dentro de mi habitación. Algunas veces quizá escribo algo más, cuando estoy más triste o más borracho o más demente o más alguna cosa, pero por lo general es un párrafo, o menos.

Un párrafo… Si tuviera amigos y labia y determinación y más cinismo podría explotar ese maldito párrafo torpe hasta límites increíbles, hacer un «en vivo» de cómo alcanzo la maravillosa inspiración para escribir el maldito párrafo que es la «cumbre literaria de nuestros tiempos», luego tomarme una foto a mí mismo con mi parrafito para que todos vean que lo escribí yo, luego poner alguna frase que me haga parecer inteligente y/o profundo, nada complicado, una de Google de motivación personal en un fondo de tono sepia o gris. Podría llenar la vida de clichés literarios hasta que algo pegue por ahí, y comenzar con la segunda fase de la promoción y autopromoción. Cielo celeste y brillante, por un párrafo torpe. Oh, pobre autocompasión…

Me mantengo despierto. Quiero dormir pero es difícil, doy vueltas, mi mente da vueltas, esa extraña noción de «el futuro» ronda alrededor de mi cabeza. Escribo mientras espero, mis ojos se cierran o se abren, dependiendo, las ideas van y vienen, el tiempo sigue avanzando sin ninguna misericordia. Ha pasado una semana y el maldito párrafo sigue ahí invariable.

La historia del hombre que es aplastastado por sus propias ideas. ¡Qué cliché! ¡Y qué mala suerte no poder dormir por culpa de eso! ¡Y qué mala suerte dormir tanto y hasta tan tarde al día siguiente!

Miércoles, una con diecinueve, el frío me destroza y me mete a la cama justo (justo) cuando comenzaba a moverme en la historia de Marcos y Silvana. Casi se termina junio. Diré «oh por Dios. Ha pasado medio año. El tiempo es agua. Un capítulo es una gotita. Una idea puede ser la jarra entera caída al piso». Pero no importa, mañana sigue siendo un día nuevo con cosas para hacer y dilemas para atragantarse. Me espera indiferencia y resentimiento, retrasos y deseos. Quizá un momento de paz en medio de esta vorágine. Es lo que hay en esta mitad de año. Así es.

Jueves en la noche

La negación? La negociación? La aceptación? Obviamente es un duelo por algo, quizá porque no respondiste al mensaje que te enviaron, quizá porque no te respondieron a los miles de mensajes que alguna vez enviaste. Quizá es tristeza, más simple.

Los jueves son días intensos para mí, a veces no duermo. Irónicamente son los días (las noches) cuando me da más sueño, como si todo el peso de la semana se dejara sentir justo en esa intersección entre medianoche y amanecer de viernes. Debo terminar una edición, una que pude haber terminado hace horas, ayer incluso si todo fuera color de rosa. Claramente no es así, será un símbolo de rebeldía contra el orden establecido, será un símbolo de mi terrible y procrastinadora estupidez, la cosa es que estoy aquí, sentado en la silla, frente a la computadora, irritado por el sueño, irritado por el frío, y viendo «un capítulo más» antes de concentrarme en serio.

Mónika quizá me regañaría, quizá lo haga en unos años. Yo mismo quizá podría regañarme en unos años, ahora solo me miro en el espejo imaginario que aparece en mi mente, y me veo entre un montón de causas-consecuencias. «Haz lo que quieras, pero asume las consecuencias, cada una de ellas, sin quejarte». O puedes quejarte, pero asúmelas. O qué se yo… Constantemente me pierdo en esas nubes tormentosas de lo que se debe hacer, lo que se tiene que hacer, lo que se hace, o lo que a quién carajos le interesa un pepino! Divagaciones, divagaciones. Mi pequeña cima en la pequeña montaña más próxima es mantener vivo un pecesito formado de letras en su pequeño tazón de ideas, unas cuantas antes de dormir o de editar. Reviso rápidamente, hay un montón de notas guardadas, unas más desarrolladas que otras, unas técnicamente iguales ahora que las releo. Comparto una, casi elegida al azar, para colocarla en el mostrador. Quizá alguien la vea, quizá alguien se detenga unos segundos delante del cuadro de Maternidad y diga algo como «no entiendo, pero no te detengas».

Despiertas a las cinco con unos minutos AM. Parece que estás más cansado que si no hubieras dormido, parece una especie de castigo, un castigo autoimpuesto. Te quieres lastimar al parecer, así de cruel eres. La computadora repite por sexta o séptima o vigésima vez el mismo «último capítulo» que tenías que ver. Está comenzando de nuevo, así que no lo puedes quitar. Lo que haces es apagar la luz y meterte a la cama. Son las cinco, puedes despertar en una hora, o en cuatro, a fin de cuentas no tienes nada que hacer por las mañanas.
En la cama miras al techo, costumbre ancestral que compartes con algunos, y en el techo recuerdas que no tienes la mañana libre, debes despertarte temprano, debes ir temprano a trabajar. Todos están acostumbrados a trabajar desde temprano, pero siempre tú no. No puedes acostumbrarte a eso, debe ser parte del por qué te autocastigas durmiendo sobre tu cama, con la luz y la compu encendidas, con el «valioso» tiempo del año nuevo gastado tontamente. Debe haber algo salido del equilibrio natural de las cosas, algo que corregir, una etapa previa, debes pensar en eso. «Qué clase de etapa?», bromeas en tu cama sin que sea una broma. La negación? La negociación? La aceptación? Obviamente es un duelo por algo, quizá porque no respondiste al mensaje que te enviaron, quizá porque no te respondieron a los miles de mensajes que alguna vez enviaste. Quizá es tristeza, más simple. Quizá es ira, ira contra ti mismo, por gastar ese tiempo, por no encontrarle el valor que otros le dan, por jugar a que tienes más respuestas dentro de ti que el resto de tus semejantes. Falso, no tienes más respuestas, pero sí más preguntas, o quizá menos preguntas, pero sí más obsesivas. Te gusta caminar por el borde, es parte de lo que siempre le dices, y es la razón por la que no se puede ir o quedar definitivamente. Por qué te gusta lo complicado? Cinco cincuenta y siete, hace rato que terminó ese «último capítulo». El cuarto está en silencio, hay paz, a pesar del mosquito que vuela cerca de las vigas hay paz. Y hay luz en la ventana. Ya es de día, casi ya es hora de levantarse, si cierras los ojos se pasará de la hora, si te distraes un poco, con el mosquito o con tus pensamientos, se hará muy tarde, y aún tienes sueño. Cierra los ojos pero no mucho, no te duermas completamente, asegúrate de que la alarma sigue activada, ya sonó una, faltan otras dos. Cierra los ojos y sueña un poco, con ella quizá, pero no tanto, soñar con ella es la forma más simple para que pasen otros diez años sin que te des cuenta. Mejor no pienses en eso, mejor piensa en el mosquito, disfruta el sonido de su vuelo, y ocúltate debajo del edredón.

Pagar el precio. Quizá. Nadie puede saber con exactitud quién es «ella», o de cuándo es esa nota. Mónika tiende a confundir muchas de mis palabras y metáforas, al parecer nadie en su vida las usaba al nivel que yo lo hago, un cataclismo en la montaña, un incendio infinito en un bosque infinito que enfrenta una obsesión infinita. Uno de mis ojos comienza a cerrarse, eso significa que debo dejar de escribir y comenzar a trabajar. Una hora, dos horas, tres horas, congelado en el fin del mundo. Un bostezo de siete segundos es el pobre premio consuelo. Ahora me levanto de la somnolencia. Mañana dormiré, aunque «mañana» es también una metáfora…

Resignación

Mi tío ha muerto, y todo es más gris ahora.

Estaba en el hospital, lo habían regresado a terapia intermedia, estaba mal. Las voces en la casa se sacudían entre miedo, tristeza, silencio y esperanza. Quizá algunos ya presentían lo que iba a pasar, todo era más pausado, más silencioso, todos caminaban sin bromas ni gritos, sentían la presencia de la enfermedad, de la muerte que está rondando. Los días negros en la vida de las personas son notorios, llenos de presagios, llenos de visiones, de recuerdos extraviados que aparecen sin ninguna explicación. No lo sé, quizá mi abuelita soñó con mi tío durante la noche, tal vez mi prima se acordó de alguna foto, de un año borroso, en donde mi tío estaba joven y sano, tal vez mi mamá se detuvo un par de segundos en la mañana y rezó sin darse cuenta, o recordó a mi tío cuando era niño. Hay cosas que pasan así y se convierten en anécdotas imperecederas. Aún recuerdo la historia que hubo detrás de la primera persona conocida que murió cuando yo era niño: un sueño con gente alta convertida en sombras, sombras como calcinadas que se movían en una pared, haciendo una romería lenta. Eso contaron todos, todos decían que la señora había tenido ese sueño la noche antes de despedirse de este mundo.

Pienso, ¿qué habrá soñado mi tío la última noche? Quizá tuvo un sueño similar, o quizá viajó a los lugares que le gustaba ir. Tal vez tuvo un sueño en donde era niño, y jugaba con soldados o cochecitos, tal vez tuvo su última pelea de karate y ganó el torneo, o tal vez vivió toda su vida una vez más mientras dormía. Quizá despertó sabiendo que era el día, que su sufrimiento iba a terminar un miércoles tranquilo y soleado, que no iba a poder despedirse de todos, que no iba a poder estar a lado de su madre cuando el momento llegara.

Estaba muy débil, su cuerpo ya al borde del agotamiento, su mente estaba fallando por las complicaciones, su pierna tenía otro problema más y estaba hinchada. Él estaba flaco, se notaba sus huesos en sus manos, en sus brazos, se veía muy distinto a como yo lo recordaba, fuerte, lleno de vida, resistente. Los médicos ya no querían moverlo de donde estaba porque era muy riesgoso, ni para hacer pruebas, seguro también conocían el desenlace próximo. En casa todos estaban sobreaviso. Era un resultado muy posible. A pesar de todo el optimismo y los buenos deseos y oraciones que uno hace, piensa y dice, en el fondo también espera el peor de los resultados. Sabe que puede pasar lo peor, que el tío/hermano/hijo/cuñado con cáncer diagnosticado a destiempo puede morir en cualquier momento, a pesar de las palabras de aliento, a pesar de las oraciones o de todas las medicinas. Mis tías y mi madre lo sabían, lo presentían. En la tarde conversaron sobre el delicado estado de salud de mi tío, y lo sabían, intuían que el final podía estar muy cerca, a fin de cuentas no era nada bueno que hayan tenido que volver a llevarlo al hospital hace un día, después de tenerlo en casa unas semanas, cuidándolo.

Ya de noche llegó la noticia, agarró a todos con la guardia baja, estábamos en pijama, algo distraídos con las noticias. Un giro de eventos, tan solo horas antes habíamos «festejado» una pequeña victoria contra la Pandemia con mi recuperación y la de mi mamá. Ella recibió la noticia. Hubo lágrimas, desesperación, tristeza, un poco o mucho en cada miembro de la familia. Hubo un momento en el que todos nos vimos frente a frente con esa parte tan trascendental de la vida que comprendemos pero no comprendemos. Nos miramos, algunos nos abrazamos o nos dijimos alguna palabra, ¡algo! para resistir aquella primera caída. Y poco a poco todos fueron calmándose.

Resignación, resignación es lo que queda, porque no se puede hacer nada, y tanto mi abuela como mis tías, o mi mamá, o el resto de mi familia deberán aceptarlo hoy, mañana o después. Un momento se distrajeron con los trámites, con esa indiferente burocracia que viene después de cada tragedia. Buscar papeles, revisar detalles, hacer listas de actividades y organizar todo lo preliminar. Un poco de calma, de «ahora está en un lugar mejor, ya no va a sufrir». Después, recordar dentro de cada uno los detalles, un recuerdito, una frase, una imagen: «Juan era karateca, tercer Dan, era maestro», «era bondadoso, era santo, sus estudiantes lo querían mucho», «ayudaba a todos, siempre estaba dispuesto a ayudar sin pedir nada a cambio», «no tenía maldad, no le hacía daño a nadie, siempre estaba con una sonrisa», «traía dulces, siempre estaba con regalos, o cargando sus colchonetas…»

Hasta que trajeron el cuerpo, y todas las lágrimas acumuladas se desataron como lluvia y tormenta. Mi abuela repetía «mi hijo, mi hijo, me ha dejado mi hijo» y paraba de llorar. Sabía que eso iba a pasar, lo esperaba, lo había sentido todo el día, y ahora lo decía a todos, «yo sabía, era que se quede aquí nomás, que ya no lo lleven al hospital». Quizá sí, si la muerte iba a llegar ese día, quizá hubiera sido mejor que él estuviera en su casa. Imagino la escena de novelas, mi abuela consolando a su hijo para que haga la transición, acariciando su cabecita, llorando a su lado, diciéndole que lo ama con todas sus fuerzas. Y él diciéndole, con las pocas fuerzas que le quedaban, que no se preocupe, que no esté triste, que se cuide, que iba a ir a reunirse con el papá.

De cierta forma ya se había despedido, mi tío más que nadie sabía lo que sentía. Hizo todos los arreglos que pudo hacer, hasta otorgó un nuevo cinturón a uno de sus estudiantes estando en cama y sin fuerzas. Ya había agradecido a sus hermanas por el cuidado, quizá tuvo una conversación final con mi abuela, escondida en alguna mirada en que se encontraron, en el roce de sus manos en alguno de esos días, en el silencio y la cercanía, tal vez se quedaron un momento a solas y hablaron sin interrupciones ni medicaciones ni ruido del tratamiento, no lo sé.

No tengo muchos recuerdos de él. Una vez nos llevó a una excursión al cerro, cuando yo aún era niño. Le gustaba explorar, la aventura al aire libre. Le gustaba armar modelos de helicópteros y aviones, hacía arbolitos con alambre, tenía soldaditos de plomo. Le gustaba Star Wars, documentales de guerra, el karate Kyokushin (obviamente), y las películas de artes marciales. Son los recuerdos que tengo, intento recordar más cosas mientras observó el último modelo de avión que me regaló cuando ya se hizo mayor. Mi papá cuenta una historia sobre él, dice que mi tío lo golpeó cuando era niño, por los celos que sentía que de que se acercara a mi mamá cuando eran adolescentes. «Era de este tamaño, tenía unos ocho, nueve años», recuerda y hace recordar a mi mamá. Ella cuenta otra historia, mi tío de niño, desapareciendo todo un día porque se había ido a trabajar para poder comprar un pollo, para el día de la madre. Y cuenta la historia con ese detalle que le da haberla contado muchas veces, hasta emocionada, como si eso hubiera pasado ayer. Supongo que lo que queda son los recuerdos. Todos en esta sala están recordando algo, un momento agradable, un momento pequeñito que les llega a la memoria, una historia que siempre han contado y que ahora tiene más fuerza. Todos recuerdan un abrazo que les dió mi tío alguna vez, o una frase que dijo, o un regalo en forma de ayuda.

Mi tío ya no está, y deja un recuerdo inmortal en muchas personas…

Juan Reynaldo Villa Fora Q.E.P.D.