92 MINUTOS

No sé cuántos minutos han pasado desde eso, desde el primer 92, son días enteros, hoy es domingo. Dormito sobre la silla de la computadora, dormir es incómodo, pero es necesario.

Mi resfriado ya casi se termina, un día o dos más a lo mucho. El dolor muscular no es tan notorio, solo un poco en los dedos, en mis rodillas o mis muñecas, quizá estas últimas porque instintivamente agarré el celular cuando me desperté, y las saqué al frío. Después solo queda la congestión, lo que es soportable comparado con lo que sentía hace unos días. Espero que solo sea un estúpido resfriado común.

«Hoy más», me digo a mí mismo y le digo a Monique para que ya no se preocupe demasiado. A veces se comporta como una madre, no tanto conmigo, pero sí con sus hermanos, con su padre, con todos, se nota cuando publica sus consejos de la vida, sobre ser responsable, trabajadora, y no meterse con hombres mentirosos.

Mientras reviso las últimas líneas de nuestra conversación de anoche, pienso que en realidad me gustaría mentirle un poco. Quizá «mentir» no sea la palabra exacta, pero me siento un poco solo y la extraño. Quiero que me haga un poco de compañía, quisiera, lo deseo como un niño puede desear una taza de leche. Para lograrlo solo tendría que camuflar un poco los datos y hacerle pensar que necesito que venga (que sería muy muy muy lindo que viniera) a cuidarme. No es mentir del todo, el estar bien o mal es algo relativo en esta clase de situaciones. Quizá vendría, si comenzara mi saludo diario con una carita triste o con una carita resfriada, o si le mandara un audio y ahí tosiera sutilmente, no tanto como para que quiera cuidarse a sí misma antes que a mí, sino una tos ligera, que genere la suficiente empatía, o lástima o instinto maternal.

Claro que no lo hago. A las seis AM ella aún está durmiendo, a menos que se haya levantado a botar la basura, cosa que no sucede este día. Además sé que está demasiado ajetreada estos días, esta semana en realidad. Ese tema de que todas las cosas se nos juntan al mismo tiempo, o el clásico «sobre llovido, mojado» aplica muy bien en esta particular ocasión, con ella, conmigo, con todo.

92. Desperté a las seis, en punto. Son las siete y media, y si tengo un poco de suerte puedo formular dos oraciones juntas sin distraerme con el Facebook, el Instagram o el YouTube, o sin comenzar a explotar en mi cabeza. Tengo un mal presentimiento.

92 por 20 (o algo así)

Podría oler veneno y no lo sentiría. No era un resfriado común. Es la primera noche después de tener esa confirmación.

Una parte de mí, la parte aventurera y algo pretenciosa, siente y vive esta experiencia como si me hubiera tocado a mí ser el paciente cero, como si yo lo estuviera descubriendo desde el inicio y mágicamente esos ciento veinte y pico millones de personas no existieran aún. Incomodidad en la nariz, la sensación de haber respirado agua, la sensación de tener un alien en la parte baja de mis pulmones y mis ojos. Maldita sensación!

En la tarde estuve decaído, eso mientras estaba encerrado en mi cuarto. Hasta apagué la computadora después de unos minutos, me molestaba el sonido del ventilador. Intenté dormir, todo un enfermito convaleciente echadito y tapadito, «como un resfriado», como un tonto resfriado. Pero de todas formas no pude dormir, no lo logré, sentía las cosas girando demasiado, y sin palabras, solo tiempo muerto. El día era extraño, silencioso. Mi mamá también estaba en su cuarto en silencio. Parecía uno de esos días post festividades, Navidad o Año Nuevo, cuando todos están con resaca o durmiendo y evitando hacer el menor ruido posible.

Era de día. Era de día. Era de día. Ya era de noche.

«No quiero despertarte, pensé q tu celular no estaría conectado, así q la notificación no te haría despertar. Como sea, solo será un sonido más.
Te extraño.
No puedo dormir. Me puse a ver unos vídeos en YouTube, y también a escribir una entrada para mi blog. Entre todo eso tu nombre vino a mi mente. Mónica. Solo quiero escribirte un ratito, me hace sentir que me haces compañía, que te hablo porque estás aquí, dormidita a mi lado, que te abrazo.
Desperté a las cuatro. Me levanté un momento, sentí como si algo se rompiera dentro de mí, como cuando quiebras el protector de pantalla del celular. Me puse mi perfume en la mano y no lo sentí.
Siento mi boca seca en este momento. Me siento incómodo, no solo por lo de mi nariz o mi boca, sigo durmiendo con mi chompa y chamarra y pantalón y una frazada adicional, eso es muy pesado. No me siento triste, me siento pensativo, aislado, solitario.
Supongo que por eso me animé a escribirte a esta hora. Tal vez, tal vez estabas despierta y nos quedábamos conversando unos minutos, de lo que sea… De cómo te fue hoy, del sabor de la torta que compraste, de las cosas q hiciste en casa… Oír tu voz en un mensaje, ver tu carita en mi mente, riéndote porque me pusiste orejas de conejo otra vez o porque le diste con palo a tu papá…
Quiero abrazarte y besarte.»

92 por X cantidad de veces

No sé cuántos minutos han pasado desde eso, desde el primer 92, son días enteros, hoy es domingo. Dormito sobre la silla de la computadora, dormir es incómodo, pero es necesario. Monique ya se fue a dormir, quiero que me abrace, pero debo esperar. 92, 92, 92, 92, 92…

Y debo dormir.

El inicio de todo

Este es mi blog, mis ideas, mi mundo, mis obsesiones…

No sé si lo hago por vanidad. Estoy aquí, a medianoche escribiendo un poco para sentir que algo se mueve. Tengo un sueño, o quizá una obsesión. Desde pequeño -desde joven, desde adolescente- soñaba con el mundo de la Literatura, con ser «escritor», y ser famoso, y ser reconocido, y dejar un legado en el mundo de la Literatura, una novela que fuera como «El Túnel», o «Metamorfosis», o «Crimen y Castigo».

Claro que en esa época escribía solo ridiculeces intentando enamorar a alguna chica al azar que quizá ya no recuerdo ni su nombre, una bonita o que supiera por lo menos acomodarse el cabello. Poemas estúpidos, melosos, tontos enamoramientos en el aire, «novelas» que iban a ser grandiosas y que trataban de un estudiante de colegio que estaba enamorado de una chica de su clase, del C, o del B, o de D, o apuntes, ideas flotantes sobre darle un beso, sobre llevarle una tarjetita el día de su cumpleaños (nunca venía ese día) o cosas así.

Palabras, muchas palabras de las cuales algunas pocas quedan en pie, aún, escondidas en algún cuaderno que mantengo por ahí, en mi ropero o en algún cajón, como una especie de nostalgia o pretensión barata. «Mira EM, en esta página hay un párrafo que habla sobre cómo el chico conoce a la chica en esa fiesta de colegio, en la noche, en ese pasillo detrás y un poco debajo del patio de intermedio, donde hay árboles y flores y placas de cemento color amarillo gastado y rojo desportillado. Ahí está todo, todo resumido en una sola imagen. La chica acercándose por el pasillo en la oscuridad, mientras de fondo se escucha la música de la fiesta que está al otro lado del colegio. Y ella no sabe por qué está ahí, está caminando como si siguiera una señal del destino. Y se encuentra con él! Con él que estaba ahí, apoyado en el árbol esperando «algo» y mirando las estrellas (o la Luna). Ahí está y ella aparece. Olivia, con un vestido difuso, con una chaqueta, o quizá con su jean negro que tenía esa otra vez en la sala de videojuegos cuando le hablaste sin tanto miedo y estaba sentada sobre la mesa de hockey porque al parecer conocía al encargado de la sala…»

Algo así, una nostalgia que no se borra, y me obliga a recordar dónde tengo los malditos cuadernos y hojas. En el ropero, en la parte de arriba, cerca de donde están los cuadernos y literatura no tan buena como la del librero. En un folder encima del librero, poemas, muchos poemas, a S, a R, a M, no sé a quiénes más. En el cajón inferior del librero, ahí tal vez. Encima del estante, en esos cuadernos que tienen un montón de cosas de todas las épocas. No recuerdo más.

Y eso. Ahora tengo proyectos un poquito menos ambiciosos y un poquito más realistas. Trabajo en algunas historias: «El Extraño Problema», «Los recuerdos son un pobre placebo», «El bosque nevado», «La Ciudad Laberinto», y otros que están en revisión y revisión y revisión. Algún día se tendrán que terminar de revisar, o no. La tristeza ayuda a escribir, pero no estoy del todo triste, en realidad estoy con frío, como si estuviera resfriado o en camino. Quizá mi novia me contagió, quizá voy a estar unos días sintiendo temblor en mis músculos, quizá no se lo comente y ella no llegue a leer esta parte porque está ocupada. Quizá debería dormir de una vez, mi cama me lo pide.

Me llama la atención el infinito, eso ha sido en parte el eje de muchos y variados desencuentros en mi vida. Las personas no comprender el infinito. Pero eso es mentira. Podría decir que las mujeres no comprenden el infinito, que no creen en el infinito que pueda salir de una persona, de un muchacho, y menos si solo cuenta con historias. Pero eso es mentira. Se debe comenzar por atacar la generalidad, eso es una generalidad en sí misma pero aquí es la una de la madrugada y el frío y la duda no son de mucha ayuda. Quizá Ellas no creen en el infinito, solo ellas, una, dos y tres. Quizá sienten que no tienen que creer, porque es muy sabido que el infinito no existe para comenzar, y no quieren pasar por tontas o ilusas o lo que sea que les hayan hecho sentir antes. Todos somos corazones rotos, llenos de miedo y prejuicios, a todos nos han matado, aunque solo sea por aburrimiento.

Dormiré. Con esto comienzo. Si duermo a la una de la madrugada es mucho mejor que dormirme a las diez sobre mi cama como un pedazo de apatía de la gran era de la Pandemia. Si estoy despierto escribiendo a la una de la madrugada para mí ya es una victoria.


EM
11-05-2021