1:47

Ya me da sueño, sueño, duermo unos minutos, luego despierto y la música sigue acompañando. No sé lo que quiero, entro a su perfil y retrocedo, a la conversación y retrocedo. Entro a otros perfiles, para asegurarme de alguna cosa que aún no confieso.

El mosquito vuela, gira y zumba desquiciante sobre mi cabeza. Está oscuro, no puedo verlo y menos atraparlo. Espero, enciendo la pantalla para que la luz blanca lo tiente. ¡Estúpidos mosquitos! ¿A cuántos no dejé como bolitas de basura con esa técnica? El mosquito algo intuye, ya no se acerca tanto. Tiene un poco del instinto de las moscas que desaparecen en el momento en que ven el matamoscas levantado. Tienen tantas generaciones en su haber que ya debieron aprender algo de nosotros, saben que queremos hacerlas desaparecer para dormir tranquilos.

El mosquito parece una estúpida metáfora. No me puedo dormir. Me muevo de izquierda a derecha y de vuelta. No sé bien si es porque no quiero dormir, porque siento mi estómago y mis pulmones una talla más pequeña, o porque Mónica decidió que una relación es demasiado complicada para su paz vital. Las tres opciones juntas parecen una buena idea, conjunción, amalgama mejor dicho, una asombrosa unión de aguijones a mi descanso. El mosquito que sea la excusa elegante. Con su vuelo desquiciante a una altura donde no llega mi mano, con ese juego maldito de provocarme sin que pueda responder, sin que tenga la fuerza o la voluntad. No esta noche, ni para matar el mosquito. Solo deseo echarme y dejar pasar todo, no sé bien si mis palabras son exactas, si al hablar de «deseo» hago representación alguna de una decisión propia. En realidad es mi cuerpo el que se acuesta en mi cama, yo no tengo nada que ver, soy un espectador, un oyente que no quiere estar en ningún lado.

Respiración profunda, guarda el aire por 20 segundos, sin que tu pecho estalle. 25 segundos, 30 segundos. Bota el aire como si salieras de una pocilga. Vuelve a inhalar, que se infle tu estómago o tus pulmones, contenlo de nuevo. Aire, aire e imágenes que van apareciendo. La pared se alumbra con la pantalla. ¿Mosquito, dónde estás? Acompáñame un poco.

Oh sí, ya me da sueño. ¡Qué oportuna forma de contrarrestar las cosas! Sueño para no escribir, o para no pensar, o para no pensar conscientemente. Vista borrosa, segundos de volarse fuera de este recipiente y minutos más que pasan. Minutos y minutos y minutos, todo acompañado de un único clip en bucle. Ven, mosquito. Sigue hablando, manteneme despierto un poco más. Las cosas en las que pienso, no las quiero aquí, esta noche que se vayan al diablo. Pido una tregua, la guerra con mi mente tiene que parar un poco. Prefiero la música, se ha repetido unas treinta veces esta noche, es un clip pequeño que aleja la distracción o el ruido que provoca el silencio. Ya me da sueño, sueño, duermo unos minutos, luego despierto y la música sigue acompañando. No sé lo que quiero, entro a su perfil y retrocedo, a la conversación y retrocedo. Entro a otros perfiles, para asegurarme de alguna cosa que aún no confieso.

Mis codos me duelen. La cama está caliente y está fría. La luz me ciega y la oscuridad me deja ver las siluetas que van apareciendo. Alumbro al techo buscando rastros de ese mosquito, parece que ya no existe. Ahora existen los perros ladrando afuera. Existe su color rosado. Existe un reclamo que no es reclamo, unas palabras guardadas y erráticas para cuando se sienta culpable. Existe la alarma que suena sin una razón convincente. Existe una invitación ajena que hago, muy lejos del color rosado, una invitación que no es respondida.

Delicada línea entre dormir y estar despierto. Si apago la música, gran parte de este momento quedará vacío. Deberé dormir para compensarlo. En algún lugar todo está en paz, quizá en el pasado o en el futuro. Cuando apague la música quizá duerma tranquilo, una tregua por una noche…

1:47, es otro día.


Como si caminara por pasillos oscuros interminables…

Pequeña habitación

PEQUEÑA HABITACIÓN
Sé bien que no le tienes que buscar un significado claro a un sueño que no tiene nada de claro, y que si lo haces podrías quizá alejarte de la delgada línea que divide las cosas, podrías caer de la cuerda floja en donde te balanceas. No lo hagas, no caigas de la cuerda.
Casi es lunes, otra vez…

Hoy tuve un sueño extraño, dividido en tres pedazos que más o menos logro recordar. Hoy es un decir, hace días que no puedo terminar esta publicación. «Hoy», espacio de tiempo indefinido. Hoy era viernes, hoy era jueves, martes, lunes… Los días pasaban y pasaban en soplidos y resoplidos, entre series, películas, videojuegos y dormir a cada rato, y se terminaban de disolver con esos espacios vacíos y monstruosos donde un pequeño ser no terminaba de dar un paso antes de chocarse con oleadas de pensamientos sin ninguna dirección. Hoy es sábado, pero bien podría ser el sábado de la semana pasada, no lo recuerdo con exactitud. Uso el hoy para fingir que el tiempo no es un monstruo. Finjamos que es hoy.

He tenido sueños bastante extraños estos días, la última semana. Pensé que quizá podían ser parte de los síntomas del problema general que me provoca este encierro. Despertaba y el sueño parecía haber sido real, así se sentía. No había un «por favor, EM, no hay una posibilidad de que eso haya pasado», era más bien algo parecido a «ya está, así son las cosas. De hecho, ni tienes que decirlo, porque así eran las cosas de forma natural, no es que algo hubiera cambiado para siempre luego de esta noche». Eso la primera noche, luego tuve más cosas extrañas que me tomaba minutos «des» confirmar en la mañana. Había un ser del cual dependía la Tierra, y se suponía que tenía que fallar, como pasa en las películas, y todos los habitantes de ese sueño sabíamos que iba a fallar contra ese otro ser casi todo poderoso. El mismo ser sabía que fallaría, y por eso no fallaba. Fallaba y no fallaba, ya sé que es confuso. Un día de fiebre me dormí a las cuatro de la tarde, sobre mi cama, cubierto con una frazada y un poquito más. Desperté a las seis. Como estaba encerrado en mi cuarto no podía ver hacia afuera, así que no sabía si eran las seis de la tarde o de la madrugada, y estaba perdido, echado en mi cama sin querer o poder levantarme, ni siquiera tenía idea de qué día podía ser, de si era verdad que estaba encerrado por culpa del súper resfriado de la Pandemia, o si era de madrugada y tenía que irme a trabajar, como pasaba en mi sueño. Alguna vez ya me había pasado eso, cuando no dormía bien y me aguantaba un día o más, y me dormía como un desamparado o un huérfano que sale de una guerra. Solo tenía la sensación de que había pasado mucho tiempo y que afuera no era lo que parecía.

Anoche, hoy, hoy en la noche antes del amanecer, soñé que estaba en un parque. Recorrí un bloque de edificios dentro del mismo, compré un helado relleno que no tenía relleno y que se sujetaba con pedazos de mondadientes metidos y amarrados adentro, luego tuve una experiencia extraña con un túnel y un tren y un sueño dentro de un sueño, luego vi a mi amiga, y comenzó a llover y nos refugiamos en el umbral de otro edificio cerca de los juegos, y así. No sé bien por qué cuento esto, creo que necesito contar algo, necesito establecer algo y que se quede establecido, fijo, en algún lugar o de alguna forma. Me siento como agua que se derrama sin un orden específico, sin consistencia ni perseverancia. Mónica intenta ayudarme con eso, claro que no se da cuenta, tiene su propio mundo de buenos deseos y superación en donde a veces no entran las causas existenciales, pero su propia fortaleza y propósito es una especie de inspiración para hacer algo nuevo, o para retomar esas cosas que había en el pasado, esas novelas en el refri, a medio hacer, guardadas para una época donde no confundiera oraciones con frases, o cuando supiera verdaderamente a donde llegaban las decisiones de los jóvenes… Su propio éxito es como un incentivo para concluir todo lo que hay escondido en esa carpeta de textos. Etc, etc, etc. Me falta aprender de ella, o detenerme a observar al mundo.

Cuando le conté la historia de mi sueño quiso molestarse conmigo, en un momento, por el tema de mi amiga, que en mi sueño era mi novia (celos). Cuando estaba escribiéndole mi sueño dudé sobre si mencionar ese detalle o dejarlo así, decir que solo era una amiga cualquiera o que era una desconocida que casualmente estaba en la misma escena onírica, o no contarle esa parte de la historia. Segundos, segundos me quedé varado entre escribir y no escribir, pensando que ella puede ser demasiado complicada cuando se lo propone, culpándome incluso de lo que hace o crea mi mente subconsciente. Me puse a pensar en lo que ella diría o podría decir, que «por algo» me había soñado con esa chica, que quería decirle algo y no me atrevía, o que no generaba confianza con actitudes así. Hasta calculé que podría lanzarme la carita de «todo está mal» y desconectarse hasta quién sabe cuándo. Casi fue como arrojarme al agua en forma de moneda y pedir un deseo, con los ojos cerrados, «si se enoja ni modo, a los 30 años no voy a censurar mi maldito sueño», pensé. Pero, ¿y la empatía? En sus sueños ella «respeta» nuestra relación, es leal aunque yo no esté ahí, ni físicamente, ni en ninguna otra forma de existencia, y se siente extraña y alterada cuando yo no soy el que la acompaña y le toma de la mano o lo que sea. Cuando me contó uno de sus sueños esa «lealtad» inconsciente me golpeó en seco, me dejó entender que de alguna forma estaba alterando sus sueños. En un sueño raro ella podría tener un novio diferente, un ex o cualquier otra persona que conozca o que le guste, y su mente se resistiría a creerlo, se despertaría al no encontrarle la lógica suficiente a las cosas que ve, y dejaría de descansar. Yo dormiría tranquilo, soñando lo que sea que sueño por las noches, pero ella no. Quizá se despertaría de golpe si sus sueños se hicieran «más extraños». Al principio me contaría, que otro chico estaba con ella, pero que se sentía incómoda con él, que «algo» le parecía raro, que sentía que algo no cuadraba, y luego dejaría de contarme esos eventos, tal vez con un poco de resentimiento hacia mí, por aparecer sin aparecer realmente, y por tener que esconder su sueño para no sentir que me traiciona con la mente.

Sé bien que no le tienes que buscar un significado claro a un sueño que no tiene nada de claro, y que si lo haces podrías quizá alejarte de la delgada línea que divide las cosas, podrías caer de la cuerda floja en donde te balanceas. No lo hagas, no caigas de la cuerda. ¿Te están mirando? ¡Por supuesto! Siempre hay espectadores en ese circo, que te ven con una atención especial. Público ávido de espectáculo. Quizá esperan a que te caigas, es posible, ya que toda tu vida has dicho que puedes volar como los dioses, que tu mente es infinita y está más allá de lo que ellos imaginan, con esa sonrisa baja y despectiva y demás. O quizá puede ser lo contrario, que esperan que termines de cruzar el hilo y puedas recibir los aplausos en la otra torre. ¿Por qué? Porque eres humano, y aún con esa imperfección puedes o podrías hacer algo que los maraville y los obligue a aplaudir, porque te aprecian aunque sea un poco y de todas formas están en el mismo circo. De todas formas no sabes si están ahí o no, los focos no te dejan ver la gradería, solo ves luz alumbrando hacia ti, como un cuadro del que brota la pintura amarilla enceguecedora. No lo sabes, puede que no haya nadie mirando y solo es tu imaginación. Como sea.

Hoy es domingo. Con eso se cumple una o dos semanas de estar aquí. Tres semanas, haciendo cuentas. Y sacas unos cuantos párrafos sin sentido, ¡sobre los sueños! NI siquiera contaste las verdaderas razones para hablar sobre los sueños. Ella no debe saberlo, y aunque no tenga mucho sentido, los sueños tienen impregnado un poco de realidad. ¿Por qué soñé con esa chica? Quizá la extraño, hace meses que no hablo con ella, y me entero primero que su papá está internado, y luego que su papá falleció, y no sé si ella está bien porque ya no hablo con ella, y me preocupa porque fumaba cigarrillos como una desquiciada, y esos pulmones estaban tan a la deriva que tosía todo el tiempo, y tenía la voz ronca al hablar sobre la Luna, sobre política o sobre aves encima de un árbol. ¡Por eso pensaba en ella seguramente! Porque vi su perfil veinte veces esperando una buena noticia que nunca llegó, o porque sueñas con personas que conoces al azar y no debería tener ningún significado, solo soñaste con ella o con él, el significado lo das después, cuando te despiertas y comienzas con las malditas cosas lógicas.

Es domingo, y ayer era sábado, y pasó sin que me diera cuenta, como si hubiera sido un vegetal dentro de mi habitación. Eran las seis AM, luego las nueve, luego las doce, luego las cinco, luego medianoche, y desperté a las tres, y dormí y desperté a las cinco, y supe que el sábado había pasado, y que ni siquiera había podido terminar un párrafo de algo. El viajero Interdimensional sigue ahí, ebrio y somnoliento en ese bar desconocido y vacío, el ser extraño sigue delante de él, hablándole quién sabe qué, un lenguaje extraño, palabras extrañas y difíciles de entender, solo que el mundo se va a acabar. ¡El Mundo Se Va A Acabar! Solo le quedan unas pocas horas, ese es el pequeño detalle. ¿Y qué se puede hacer en unas pocas horas? ¿Qué se hace? ¿Qué haces cuando sabes que el mundo se va a acabar en unas horas y no puedes evitarlo? ¿Qué haces si estás en tu habitación sin querer, ni poder, salir? En la historia el viajero estaba en el bar, eso es a escasos metros de su pequeña habitación que tiene el sello del Mago en la puerta. ¿Nunca se preguntó por qué estaba ese sello ahí? Por años lo vio, cada vez que entraba a su casa, y como está encerrado como una rata en un laberinto, sin puertas que se abren y sin incentivos de comida, ¿Qué puede hacer más que observar hasta el cansancio cada pedacito de rincón de su jaula? Cada edificio o casa que está entre esos muros, interactuar con cada uno de esos seres hasta que todos desaparecieran (podría quizá preguntarse dónde fueron esos seres, si fuera listo), cada bloque de ladrillos impenetrables e indestructibles. Debió haber puesto atención al sello, era el origen de todo. Observar es lo que haces cuando estás encerrado, te cansas de observar cada detalle, de repasar cada silencio, cada recuerdo, cada movimiento. Yo estoy encerrado y lo sé, observo cómo se acumulan los cubrebocas en mi librero, cómo están por todas partes los blísteres de las aspirinetas, de los ibuprofenos, de los paracetamoles, el sobre de mayonesa sobre mi escritorio, las botellas, los vasos, hasta observo cómo se llega a ese momento en que me acuesto en mi cama, me tapo con una frazada y espero que algo pase. Quisiera decir que es un síntoma de esta época, o de este encierro, pero así era más antes, lo que sea que me pase me está pasando hace mucho tiempo. Y además, es como si el tiempo hubiera adquirido una nueva velocidad, más rápido, ya no es solo una palabrería filosófica que usaba cuando iba a beber, ahora siento muy real cómo el tiempo se mueve tan rápido que se desvanece ante mis ojos.

Casi es lunes, otra vez…

92 MINUTOS

No sé cuántos minutos han pasado desde eso, desde el primer 92, son días enteros, hoy es domingo. Dormito sobre la silla de la computadora, dormir es incómodo, pero es necesario.

Mi resfriado ya casi se termina, un día o dos más a lo mucho. El dolor muscular no es tan notorio, solo un poco en los dedos, en mis rodillas o mis muñecas, quizá estas últimas porque instintivamente agarré el celular cuando me desperté, y las saqué al frío. Después solo queda la congestión, lo que es soportable comparado con lo que sentía hace unos días. Espero que solo sea un estúpido resfriado común.

«Hoy más», me digo a mí mismo y le digo a Monique para que ya no se preocupe demasiado. A veces se comporta como una madre, no tanto conmigo, pero sí con sus hermanos, con su padre, con todos, se nota cuando publica sus consejos de la vida, sobre ser responsable, trabajadora, y no meterse con hombres mentirosos.

Mientras reviso las últimas líneas de nuestra conversación de anoche, pienso que en realidad me gustaría mentirle un poco. Quizá «mentir» no sea la palabra exacta, pero me siento un poco solo y la extraño. Quiero que me haga un poco de compañía, quisiera, lo deseo como un niño puede desear una taza de leche. Para lograrlo solo tendría que camuflar un poco los datos y hacerle pensar que necesito que venga (que sería muy muy muy lindo que viniera) a cuidarme. No es mentir del todo, el estar bien o mal es algo relativo en esta clase de situaciones. Quizá vendría, si comenzara mi saludo diario con una carita triste o con una carita resfriada, o si le mandara un audio y ahí tosiera sutilmente, no tanto como para que quiera cuidarse a sí misma antes que a mí, sino una tos ligera, que genere la suficiente empatía, o lástima o instinto maternal.

Claro que no lo hago. A las seis AM ella aún está durmiendo, a menos que se haya levantado a botar la basura, cosa que no sucede este día. Además sé que está demasiado ajetreada estos días, esta semana en realidad. Ese tema de que todas las cosas se nos juntan al mismo tiempo, o el clásico «sobre llovido, mojado» aplica muy bien en esta particular ocasión, con ella, conmigo, con todo.

92. Desperté a las seis, en punto. Son las siete y media, y si tengo un poco de suerte puedo formular dos oraciones juntas sin distraerme con el Facebook, el Instagram o el YouTube, o sin comenzar a explotar en mi cabeza. Tengo un mal presentimiento.

92 por 20 (o algo así)

Podría oler veneno y no lo sentiría. No era un resfriado común. Es la primera noche después de tener esa confirmación.

Una parte de mí, la parte aventurera y algo pretenciosa, siente y vive esta experiencia como si me hubiera tocado a mí ser el paciente cero, como si yo lo estuviera descubriendo desde el inicio y mágicamente esos ciento veinte y pico millones de personas no existieran aún. Incomodidad en la nariz, la sensación de haber respirado agua, la sensación de tener un alien en la parte baja de mis pulmones y mis ojos. Maldita sensación!

En la tarde estuve decaído, eso mientras estaba encerrado en mi cuarto. Hasta apagué la computadora después de unos minutos, me molestaba el sonido del ventilador. Intenté dormir, todo un enfermito convaleciente echadito y tapadito, «como un resfriado», como un tonto resfriado. Pero de todas formas no pude dormir, no lo logré, sentía las cosas girando demasiado, y sin palabras, solo tiempo muerto. El día era extraño, silencioso. Mi mamá también estaba en su cuarto en silencio. Parecía uno de esos días post festividades, Navidad o Año Nuevo, cuando todos están con resaca o durmiendo y evitando hacer el menor ruido posible.

Era de día. Era de día. Era de día. Ya era de noche.

«No quiero despertarte, pensé q tu celular no estaría conectado, así q la notificación no te haría despertar. Como sea, solo será un sonido más.
Te extraño.
No puedo dormir. Me puse a ver unos vídeos en YouTube, y también a escribir una entrada para mi blog. Entre todo eso tu nombre vino a mi mente. Mónica. Solo quiero escribirte un ratito, me hace sentir que me haces compañía, que te hablo porque estás aquí, dormidita a mi lado, que te abrazo.
Desperté a las cuatro. Me levanté un momento, sentí como si algo se rompiera dentro de mí, como cuando quiebras el protector de pantalla del celular. Me puse mi perfume en la mano y no lo sentí.
Siento mi boca seca en este momento. Me siento incómodo, no solo por lo de mi nariz o mi boca, sigo durmiendo con mi chompa y chamarra y pantalón y una frazada adicional, eso es muy pesado. No me siento triste, me siento pensativo, aislado, solitario.
Supongo que por eso me animé a escribirte a esta hora. Tal vez, tal vez estabas despierta y nos quedábamos conversando unos minutos, de lo que sea… De cómo te fue hoy, del sabor de la torta que compraste, de las cosas q hiciste en casa… Oír tu voz en un mensaje, ver tu carita en mi mente, riéndote porque me pusiste orejas de conejo otra vez o porque le diste con palo a tu papá…
Quiero abrazarte y besarte.»

92 por X cantidad de veces

No sé cuántos minutos han pasado desde eso, desde el primer 92, son días enteros, hoy es domingo. Dormito sobre la silla de la computadora, dormir es incómodo, pero es necesario. Monique ya se fue a dormir, quiero que me abrace, pero debo esperar. 92, 92, 92, 92, 92…

Y debo dormir.

El inicio de todo

Este es mi blog, mis ideas, mi mundo, mis obsesiones…

No sé si lo hago por vanidad. Estoy aquí, a medianoche escribiendo un poco para sentir que algo se mueve. Tengo un sueño, o quizá una obsesión. Desde pequeño -desde joven, desde adolescente- soñaba con el mundo de la Literatura, con ser «escritor», y ser famoso, y ser reconocido, y dejar un legado en el mundo de la Literatura, una novela que fuera como «El Túnel», o «Metamorfosis», o «Crimen y Castigo».

Claro que en esa época escribía solo ridiculeces intentando enamorar a alguna chica al azar que quizá ya no recuerdo ni su nombre, una bonita o que supiera por lo menos acomodarse el cabello. Poemas estúpidos, melosos, tontos enamoramientos en el aire, «novelas» que iban a ser grandiosas y que trataban de un estudiante de colegio que estaba enamorado de una chica de su clase, del C, o del B, o de D, o apuntes, ideas flotantes sobre darle un beso, sobre llevarle una tarjetita el día de su cumpleaños (nunca venía ese día) o cosas así.

Palabras, muchas palabras de las cuales algunas pocas quedan en pie, aún, escondidas en algún cuaderno que mantengo por ahí, en mi ropero o en algún cajón, como una especie de nostalgia o pretensión barata. «Mira EM, en esta página hay un párrafo que habla sobre cómo el chico conoce a la chica en esa fiesta de colegio, en la noche, en ese pasillo detrás y un poco debajo del patio de intermedio, donde hay árboles y flores y placas de cemento color amarillo gastado y rojo desportillado. Ahí está todo, todo resumido en una sola imagen. La chica acercándose por el pasillo en la oscuridad, mientras de fondo se escucha la música de la fiesta que está al otro lado del colegio. Y ella no sabe por qué está ahí, está caminando como si siguiera una señal del destino. Y se encuentra con él! Con él que estaba ahí, apoyado en el árbol esperando «algo» y mirando las estrellas (o la Luna). Ahí está y ella aparece. Olivia, con un vestido difuso, con una chaqueta, o quizá con su jean negro que tenía esa otra vez en la sala de videojuegos cuando le hablaste sin tanto miedo y estaba sentada sobre la mesa de hockey porque al parecer conocía al encargado de la sala…»

Algo así, una nostalgia que no se borra, y me obliga a recordar dónde tengo los malditos cuadernos y hojas. En el ropero, en la parte de arriba, cerca de donde están los cuadernos y literatura no tan buena como la del librero. En un folder encima del librero, poemas, muchos poemas, a S, a R, a M, no sé a quiénes más. En el cajón inferior del librero, ahí tal vez. Encima del estante, en esos cuadernos que tienen un montón de cosas de todas las épocas. No recuerdo más.

Y eso. Ahora tengo proyectos un poquito menos ambiciosos y un poquito más realistas. Trabajo en algunas historias: «El Extraño Problema», «Los recuerdos son un pobre placebo», «El bosque nevado», «La Ciudad Laberinto», y otros que están en revisión y revisión y revisión. Algún día se tendrán que terminar de revisar, o no. La tristeza ayuda a escribir, pero no estoy del todo triste, en realidad estoy con frío, como si estuviera resfriado o en camino. Quizá mi novia me contagió, quizá voy a estar unos días sintiendo temblor en mis músculos, quizá no se lo comente y ella no llegue a leer esta parte porque está ocupada. Quizá debería dormir de una vez, mi cama me lo pide.

Me llama la atención el infinito, eso ha sido en parte el eje de muchos y variados desencuentros en mi vida. Las personas no comprender el infinito. Pero eso es mentira. Podría decir que las mujeres no comprenden el infinito, que no creen en el infinito que pueda salir de una persona, de un muchacho, y menos si solo cuenta con historias. Pero eso es mentira. Se debe comenzar por atacar la generalidad, eso es una generalidad en sí misma pero aquí es la una de la madrugada y el frío y la duda no son de mucha ayuda. Quizá Ellas no creen en el infinito, solo ellas, una, dos y tres. Quizá sienten que no tienen que creer, porque es muy sabido que el infinito no existe para comenzar, y no quieren pasar por tontas o ilusas o lo que sea que les hayan hecho sentir antes. Todos somos corazones rotos, llenos de miedo y prejuicios, a todos nos han matado, aunque solo sea por aburrimiento.

Dormiré. Con esto comienzo. Si duermo a la una de la madrugada es mucho mejor que dormirme a las diez sobre mi cama como un pedazo de apatía de la gran era de la Pandemia. Si estoy despierto escribiendo a la una de la madrugada para mí ya es una victoria.


EM
11-05-2021