El día de la compra-venta del amor

Al notar ese pasillo repleto de cosas rojas y rosadas, no pude evitar quedarme estupefacto, los recuerdos del día se completaron en mi cabeza, todo el día había visto parejas en la ciudad, chicas cargando sus globos como quien carga su quinta o sexta medalla de honor de plástico…

No era un sábado por la noche o un domingo a las dos de la madrugada. No estaba completamente ebrio y abandonado de la caricia sincera de una mujer sincera. No tenía tristezas en el alma que nunca terminan de sanar bien. Nada de eso. Era miércoles sencillo, o de dos por uno en algunos lugares de comida. Miércoles al caer la tarde. El hormiguero en su apogeo. Hacía un poco de viento, si hubiera estado solamente caminando lo hubiera disfrutado.

Pasé por el mercado general, la Cancha, para los amigos de esta ciudad. La calle que tiene flores, una de esas, la de las flores de plástico y arreglos diversos. Fui a buscar una lija y un DVD, y porque tenía tiempo. La dama de las flores rosadas, la muchacha de las burbujas, Moni, estaba tarde para reunirse conmigo. Teníamos que ir a comer, o a pasear, o a darnos regalos y chocolates, o algo así. Era 21 de septiembre.

Sin pretenderlo realmente, pasé por la hilera de vendedoras del día del amor que había delante de las vendedoras de flores. Me sorprendió la cantidad de ventas que estaban haciendo. Casi uní los hilos, antes de llegar ahí había observado jóvenes, y señores, hombres en cada cuadra llevando consigo sus pruebas de amor. Rosas envueltas, desde la más barata hasta la que solo compra tu conocido que trabaja en marketing, globos, todos los globos que se podía imaginar, con toda la brillantina y adornitos, con forma de corazones, de flores, de ositos. Cajas de chocolate. Recordé que había pasado por las tiendas de chocolates porque también me inclino hacia el río de lo convencional, vamos, que no sabía qué tenía que comprar.

No había comprado nada, eso mágicamente se resolvería cuando Moni apareciese. Pero me tenía alterado el hecho de «tener que comprar algo». Al parecer es la forma en que es el amor en estos días. He visto la transformación a lo largo de estos años, o al menos he percibido cierto cambio. De modo cínico comento abiertamente que el despiadado mundo de las redes sociales ha alterado para siempre a esta pobre generación que compite por el dulce más grande o la rosa más roja. Había cientos de personas comprando, de todo, tarjetas, arreglos, chocolates, peluches y lo que sea que tuviera un «te amo» impreso en la cara.

Al notar ese pasillo repleto de cosas rojas y rosadas, no pude evitar quedarme estupefacto, los recuerdos del día se completaron en mi cabeza, todo el día había visto parejas en la ciudad, chicas cargando sus globos como quien carga su quinta o sexta medalla de honor de plástico, rosas en brazos, o con sus propias bolsas de papel adornado de venta por separado. Quizá estoy consumido por el cinismo, quizá no tengo dinero para pagar estúpidas bolsas de papel decorado con un corazón brillante y por eso digo que son estúpidas. Quizá solo desprecio ese mundo y esa forma de vivir la vida solo porque no lo puedo pagar. Quiero creer que no es eso, quiero creer que soy el loco que en realidad es el que lo ve claro.

Pensaba terminar este texto ese mismo día. Esperaba a M, y ella llegó antes de que pudiera terminar de escribir todo lo que circulaba por mi cabeza. Ahora han pasado varios días, ya ni siquiera me parece importante decir la verdad sobre ese tema. Tal vez cuando llegue nuevamente una fecha similar, y vuelva a ver esos pasillos donde se compra y se vende el amor, o al menos esa forma efímera del amor de esta era de selfies y miramientos de redes sociales, quizá ahí pueda continuar con algunas otras ideas.

Frío

Mi mente dando vueltas solo es un peregrino que observa y observa y nunca llega a un destino claro, el observador atado de manos y pies, que debe observar el tren llegar e irse todos los días sin poder hacer más que mirar.

Cuántas veces habré empezado un texto con esa palabra en mi mente? Quizá muchas, varias seguramente no conocieron la luz, las escribía muy lento, o eran muy depresivas, no la «clase» de depresión aceptable, sino la otra, la que hace que uno mismo desista de lo que sea que está escribiendo y busque cualquier otra cosa, distracción, diversión, calor, absurda pérdida de tiempo, etc.

Hoy escribo por… No lo sé. Me duelen los ojos. Últimamente despierto y me duermo con el brillo del celular en mi cara. Últimamente estoy más cansado que de costumbre, haciendo lo que mis personajes hacen en sus propias historias, cayendo rendidos sobre su cama, durmiendo sin que nada importe, sin taparse, sin soñar, sin apagar la luz, sin tranquilidad. Las cosas están tranquilas pero no dejan de ser estresantes, las predicciones sobre el peso del mundo cuando dejas de columpiar son cada vez más acertadas, parece que la diversión se termina, y no quiero que sea así.

Cierro los ojos un poco, a modo de juego, me acomodo en el asiento de la oficina que no está vigilada en este momento. «Juego» un poco a girar en la silla, solo unos cuantos grados, algo que me saque de mis ojos cansados y mis preocupaciones eternas. Todo se me vuelve borroso, yo digo «qué bueno», borroso está bien, menos cosas para ver, y tener las excusa para pasar de largo. Río de nuevo, no es un pensamiento real, es una declaración de principios, una de esas conversaciones confusas con M., cuando le cuento sobre «los principios», sin que pueda comprenderlos del todo, lanzándome la misma mirada y las mismas palabras que muchas personas antes que ella. Es una lucha personal, lo sé, pero es difícil que sea personal cuando todo el mundo está metido de una u otra forma en esa lucha. Extraño. Necesito un café.

Me obligo a escribir. Muy fácil abandoné esta locura, pero el principio es retomarlo cueste lo que cueste (quizá no tan drásticamente). Me obligo a escribir para conversar conmigo en serio. Mi mente dando vueltas solo es un peregrino que observa y observa y nunca llega a un destino claro, el observador atado de manos y pies, que debe observar el tren llegar e irse todos los días sin poder hacer más que mirar.

Me obligo a escribir, para no perderme. Disculpa mi torpeza, disculpa que solo sean palabras que escribo para entrar en calor con mi alma.

Estoy un poco silencioso

Cierro los ojos y pienso en esos detalles, anoto en el celular a la rápida, cuando voy en el trufi, cuando camino y me tengo que detener para que no me atropellen, cuando espero a M., A veces surgen las ideas, la complementación, el detalle debajo del cliché. Hoy escribo porque en este momento tengo este tiempo, pero sé que lo estoy gastando de otro lado, debo hacer trámites, debo ir a casa, debo volver a venir y hacer llamadas, eso de lo que recuerdo. Y recuerdo también que las historias viven en mi mente.

Me estoy distrayendo mucho. Entre varios proyectos que, pare empezar, no necesitan que me siente a escribir con todos mis sentidos puestos al máximo. Extraño escribir, no es que lo haya dejado, lo que pasa es que los días ahora son demasiado cortos para mí, y mi sueño es demasiado pesado. Sin embargo, he seguido escribiendo. Estoy en proceso de revisión, tengo una novela que escribí hace años, no está publicada, mi meta es publicarla, pero me pasó dos de las cosas que me pasan a menudo: mi propia interpretación me dice que la obra no está completa, que debe mejorarse y completarse, eso en la realidad es re escribir una y otra vez las primeras páginas, con intensidad al comienzo, pero que van disminuyendo progresivamente, hasta que tengo que volver a revisar (re escribir) desde el principio. Es un círculo vicioso.

El otro problema, más grave según yo, es mi timidez, el no haber contactado aún con una editorial y preguntar cómo se hace el tema para publicar algo. No creo, a estas alturas, que solo los libros brillantes sean pasibles de ser publicados, alguito me lleva a pensar que la publicación depende más de otras cosas, la fama, los amigos, el dinero, o la perseverancia. Tengo que ser perseverante, las otras tres condiciones se me hacen difíciles para mí, por esa misma razón mis temas no son halagos triviales a las emociones de los lectores, no son galerías de espejos o chauvinismo que bate récords. Mi problema, quizá, mi defecto. Pero no me voy a sentir mal por eso, pretendo que algo de lo que escribo trascienda más allá de la moda literaria de este momento, es un sueño que se repite en mi cabeza, y uno que me hace dividir, de cierta forma (tal vez otro error mío), las obras entre geniales o superficiales. Y puede que esté equivocado, obviamente, puede que me esté moviendo por cuestiones de envidia, porque «ellos» lo lograron y yo no. Ese es un tema también que debo plantearme seriamente.

De momento, ese sesgo, me ayuda a recordarme que las historias son lo más importante, y las mentes dentro de las historias, las pasiones escondidas más allá del juego de palabras o las observaciones nacionalistas o los datos de referencia de la Guerra del Chaco.

Un viejo borracho extraviado, una chica que garabatea su diario, una mujer sentada en un café, o el viajero que se mueve entre las miles de noches del laberinto… Cierro los ojos y pienso en esos detalles, anoto en el celular a la rápida, cuando voy en el trufi, cuando camino y me tengo que detener para que no me atropellen, cuando espero a M., A veces surgen las ideas, la complementación, el detalle debajo del cliché. Hoy escribo porque en este momento tengo este tiempo, pero sé que lo estoy gastando de otro lado, debo hacer trámites, debo ir a casa, debo volver a venir y hacer llamadas, eso de lo que recuerdo. Y recuerdo también que las historias viven en mi mente.

Pensativo

Ya muero de ganas de pasar al capítulo 1, imprimí el borrador en papel, para poder leerlo mejor cuando vaya en el trufi o no tenga nada que hacer, es una percepción mía, pero pienso que leer en la computadora es un asco, y peor aún en el celular, una mierda.

Tengo varias ideas en la cabeza. No sabría definir si son cosas buenas o malas, o si lo van a ser en el futuro.

Retomé la revisión de mis novelas, de la primera al menos. Trabajé en ella dos días, eso es decir algunas horas, entre distracciones, YouTube, hacer otras cosas… Sigo en el primer capítulo, y para variar, ni siquiera es «el primer capítulo», es algo así como un preludio, el capítulo 0. A ratos así siento que están las cosas, el capítulo 0. Aunque la novela es increíble, en mi mente, y sé que eso puede distorsionar la calidad real de ese producto. Ya muero de ganas de pasar al capítulo 1, imprimí el borrador en papel, para poder leerlo mejor cuando vaya en el trufi o no tenga nada que hacer, es una percepción mía, pero pienso que leer en la computadora es un asco, y peor aún en el celular, una mierda.

Capítulo 1, se entiende eso de tantas formas ahora, al menos tengo en mente dos. Esa es una de las cosas que están en mi cabeza, el otro tema tiene que ver con M. y su forma extraña de ver el mundo, blanco y negro, y eso que ella usa los colores para todo lo demás. Me metí en un emprendimiento, aún no sé si va a dar frutos, de momento podría decir que es algo que desestresa, y básicamente ocupa mi tiempo cuando no estoy haciendo «nada productivo».

Escribo a la rápida, es una estrategia que quiero volver a usar, en el pasado hacía eso, me sirvió para escribir miles de páginas cuando era más joven, dejé de hacerlo en cierto punto y ahí todo se paralizó. A ver cómo va. Algo más tangible, escribo rápido también porque estoy en la calle, en movimiento. Escribir en celular mientras camino es jodidamente emocionante, todo es al momento, justo cuando las ideas están brotando, pero también es peligroso. La presión del tiempo es otro factor, voy camino a mi trabajo, soy como un loco que tiene todo el día el celular en las manos, miro de reojo a la gente, una salida, una excusa para estar distraído y no encontrarme con nadie. No quiero encontrarme con nadie, sinceramente. M. sería buena opción de alguien con quien quisiera encontrarme, pero jamás de los jamases se le ocurriría venir a verme casualmente a esta hora, en esta calle, a punto de entrar a mi trabajo…

Algo sobre La Nostalgia

Clara muestra de ambiguamente todo: ahora no hay ni viento, ni tarde que mira nada. Son dos semanas sin una gota de sangre en letras, y este breve momento es un tremendo descuido, un accidente peligroso donde me alejo de «lo que debería estar haciendo».

Viento. Una tarde que te mira y juega a los dados con el tiempo. Sombras. Fantasmas. En ocasos como estos hay fantasmas que observan tus pasos en la infinidad de los segundos donde nadie te ha visto… Eso crees, quieres creer que te están observando, quizá los necesitas. Cruzar unas palabras con un fantasma que te recuerde algún detalle, uno de esos detalles que te cambian la vida. No sabría decirlo, hasta cierto punto vengo evitando encontrarme con fantasmas, todo parece más ligero, o quizá es una forma de adormecer ese sentido desquiciante que te paraliza en ideas en bucle, en destrozos infinitos del castillo de arena. Etcétera, etcétera.

Clara muestra de ambiguamente todo: ahora no hay ni viento, ni tarde que mira nada. Son dos semanas sin una gota de sangre en letras, y este breve momento es un tremendo descuido, un accidente peligroso donde me alejo de «lo que debería estar haciendo». Al diablo todo, doce minutos de «al diablo», al menos una línea debo escribir, sobre el hombre que se deja absorber con sus locuras, del pobre tipo que analiza profundamente un crimen. Que quede anotado, así si pasan 50 años y vuelvo a leer esta página por casualidad sabré que fue mi culpa, que no quise o no pude recorrer el duro camino de los locos.

Tenía diez años menos. Las pasiones eran distintas, tenían un aspecto diferente, más vivaces, más «reales», uno podría (podría) dar la vida por sus pasiones, de todas formas no había nada más del otro lado, todo era borroso y lleno de ilusiones. Puede que haya estado obsesionado con el misticismo del amor, con esa idea que se asemeja a una búsqueda eterna, épica y desgarradora. Yo era uno de esos muchachos solitarios deseoso de ese amor imposible que arrasa con todo en su camino, que te devasta, que te hace un daño irreconocible, indefinible, que te mata cada noche en silencio, entre lágrimas y puro corazón. Corría como un demente hacia su voz, hacia sus ojos, hacia lo poco o nada que pudiera darme, era un meteorito que se destruye en su intento de llegar a una estrella y destruirla en un evento cósmico que arrasaría el universo. Los rastros de toda esa locura aún persisten en mi mente, a veces, son recuerdos que alguna noche aparecen, ideas que se quedaron impregnadas en las otras ideas sobre lo que es el amor, sobre lo que tendría que ser, sobre lo que es en otras dimensiones, en otros universos, en otras vidas, es.

Otra vez. En tiempo que va más rápido, que se acaba y se filtra mientras un sujeto observa y escucha.

La desdicha y la soledad suelen ser el origen de mis palabras, la nostalgia es como un alimento lejano cuyo sabor parece ser más dulce mientras más extraño y más aislado está del resto. Nostalgia, ese dulce venenoso. Nostalgia de qué, exactamente? De alguien? De algo? Nostalgia por volver a tener 18 años, por volver a tener la pasión asesina y devastadora, nostalgia del tiempo muerto del pasado, ahí cuando todo brotaba al igual que un río desbocado. Nostalgia es un veneno que buscamos en ciertos momentos. Cuáles son esos momentos? Debes hacerte la pregunta.

Preguntas

Las pienso, eso sí, como uno de esos maniáticos, mi cabeza da vueltas y vueltas alrededor de un montón de ideas que no tienen conexión entre sí, o tal vez la tienen, aún no lo sé.

Es noche. Estoy resfriado, oficialmente. Sábado de una terrible flojera y sueño y calor o fiebre en mi cuerpo. Debo hacer muchas cosas, pero sinceramente no siento ese impulso para hacerlas ahora. Las pienso, eso sí, como uno de esos maniáticos, mi cabeza da vueltas y vueltas alrededor de un montón de ideas que no tienen conexión entre sí, o tal vez la tienen, aún no lo sé.

Ligero dolor en mi cabeza, resaca quizá de la noche pasada, un ajuste de cuentas existencial. Me duele ahora, si durmiera el dolor podría pasarse, por la tarde me eché unos minutos en la cama, pero solo eso. La lluvia me relajó, pero ahora hace calor y es todo un fastidio. Hago las cosas sencillas para pasar el sábado, veo una película, y en los intermedios muevo mis ojos por entre las cosas de mi cuarto, los libros que me falta leer, las decenas de libros, o los DVDs desparramados, la basura que está en el suelo y en mi mesa. Esa maldita resaca, hace que todo se sienta sucio, torpe, manchado.

Abro la puerta para que entre un poco de aire. Está lloviendo. Al menos uno o dos párrafos al día, al menos eso, para volver a este pequeño y ridículo camino, como un durazno mientras tanto, así para pasar el rato. Lluvia, eso es un poco de libertad, aire fresco y frío, toda una belleza. Tres párrafos, eso por hoy…

El tiempo

Nieve, una caminata eterna en la nieve, hasta el final, hasta que se acaban los créditos.

Voy a dormir. La cama es cómoda, está tibia, puedo deslizarme dentro, estirar mis piernas. Hace una hora estaba dormido. Estaba sobre mi cama, no podía levantarme, no quería, o qué diablos! El sueño era muy profundo, la fuerza para cerrar los ojos perfectamente fijada en mí. No iba a levantarme, casi. Curiosamente la cama se hace más cómoda encima y no dentro, en ese momento al menos.

Me levanté y me arrastré un poco entre la oscuridad y apagar la computadora. Una idea para un nuevo tema, una narración en primera y tercera persona. Los ojos se alteran, quizá. Quizá golpea con fuerza el espejo hasta que se rompe. Quizá es un impulso similar a romper una taza una mañana, a quemar un bosque en la noche.

Antes de dormir, escucho música de algún lugar, la cocina de mi tío o más lejos. Coloco música también, suave, dos puntos de volúmen. Nieve, una caminata eterna en la nieve, hasta el final, hasta que se acaban los créditos.

El cuarto se ilumina parcialmente, la pequeña luz se mueve ligeramente, deja ver esta pared, resalta ante estos ojos. Un minuto, veinte, una hora. Duerme después.

Escrito por EM Rodríguez

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Resiste

Vaya, muchacho, tienes que organizarte mejor. El extraño problema tiene unas tres revisiones y varios duplicados. Pedazos de Cómo llegamos a esto están repartidos entre Los barrotes de la puerta negra y Café que refleja la luna. Hay miles de trocitos anteriores a El extraño problema desordenado la vida en cada carpeta que reviso. Ahí es donde decido apagar la luz de una vez.

Por poco y me quedo sin palabras. Son las dos de la madrugada, debería estar dormido por lo menos hace tres horas, necesito dormir, no he estado durmiendo bien prácticamente desde que la maldita pandemia comenzó, incluso más antes. Las complicaciones de las mentes que se alteran fácilmente.

Como sea, 2:26 y recién entro a la cama, pero no duermo, mis sentidos están mucho más despiertos que otras noches. Lo sé, estoy seguro que mañana a esta hora estaré completamente maldormido, sin poder levantarme ni siquiera para apagar la luz. Mañana tengo, tendré, que estar despierto para mi edición correspondiente, pero sé que a las diez ya no podré despegar los ojos, nada sirve ahí, las continuas aperturas de ojos no modifican nada, es despertar para no poder moverse y volver a dormir, y despertar más tarde y repetir.

Es una fecha especial, quizá por eso sigo despierto, el nerviosismo, la espera, expectativa. La excusa para canalizar todo eso fue la revisión de documentos en mi computadora, está todo un desastre. Tengo novelas mías no publicadas y en constante revisión, un título está en una carpeta, el mismo título está en otra, y en otra. Un fragmento de esa novela camina suelto por alguna de las múltiples carpetas de ese disco del infierno y del caos. Algún otro retazo debe estar extraído y colocado en otra novela que ni siquiera recuerdo. Y así con varias novelas, cuentos y obras de teatro, y ni hablar de los borradores, los bocetos, las anotaciones que movía de pendrives a computadora, de WhatsApp a computadora, de la app de texto a la compu para extraer en un Word, editar, implantarlo en su novela correspondiente, y dejar el archivo de texto para que se me olvidé que ya lo utilicé, y más, y más, y más.

Vaya, muchacho, tienes que organizarte mejor. El extraño problema tiene unas tres revisiones y varios duplicados. Pedazos de Cómo llegamos a esto están repartidos entre Los barrotes de la puerta negra y Café que refleja la luna. Hay miles de trocitos anteriores a El extraño problema desordenado la vida en cada carpeta que reviso. Ahí es donde decido apagar la luz de una vez. Terminé la revisión de un cuento y tuve que borrar todos los bocetos anteriores y todas las versiones alternativas para no confundirme, para luego no estar como un idiota comparando las redacciones, los estilos, las mejoras para ver cuál es la verdadera. Hice desaparecer párrafos enteros y las versiones que los contenían. Borradas de la existencia, sin considerar lo interesantes que pudieran haber sido, el tiempo comienza a ser limitado y algunas cosas simplemente deben desaparecer. Tiempo, mis ojos ya desean cerrarse por esta noche.

Escrito por EM Rodríguez

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Azul gris sobre la pared

Pienso en la ciudad Laberinto, al viajero encontrando un lugar secreto, lleno de árboles con hojas rojas, en medio de pequeños estanques que brillan. Será el largo pasillo de árboles que dibuje en mis mapas hace dos años? Qué tiene de especial ese pasillo? Mis primeros recuerdos sobre ese pedacito de historia hablan de un pasaje a una isla extraña, un barco que sale por las noches. Quizá es la última vez que hace ese recorrido, no sabe que al amanecer el mundo se va a terminar. Pero el barquero mantiene su promesa obsesiva, hace su rutina por miles de años, no va a cambiar en el umbral de la destrucción.

Despierto antes de las siete de la mañana. Todo está quieto, en silencio, casi hay paz en el reducido mundo a mi alrededor, en todo el mundo si puedo dormir otro poco. Sé que afuera no es así, algo debe y debería estar pasando. Amor, odio, miedo, soledad, son cosas que siempre están ahí, es imposible escapar. Claro, puedes correr, intentar esconderte, pero eso es una salida imperfecta, fácil e imperfecta, inútil si haces unos cuantos intentos, el conflicto está ahí a unos pasos, al abrir la puerta, al observar detenidamente un objeto con forma de recuerdo, lo único que se necesita es abrir un poco más los ojos, mirar el techo, o la pared, o la ventana, o la puerta. Y quizá por eso mismo cierro los ojos y trato de dormir otro poco.

Bostezo. Mi mente revisa si todo mi cuerpo está ahí, si no he desaparecido por alguna magia extraña mientras estaba dormido. Pequeña confirmación de mis dedos, de la sábana que me envuelve y un celular que hace sonar su alarma, sigo aquí, mi mundo y todo lo que me constituye está invariable. No soy una mariposa ni un muñeco ni un monstruoso insecto, no estoy dormido, no soy la proyección imaginaria de los recuerdos de otra persona, nadie me está imaginando y no soy otra persona. Aunque, si lo pienso un poco más, confirmar esos datos no es tan fácil como abrir los ojos bien y pensar un poco en mí. Cómo podría confirmar que no soy un montón de recuerdos almacenados en algún lugar? Si me tambaleo, si derramo una lágrima, prueba que soy yo? No lo sé. Una proyección quizá también se tambalearía si tuviera ese dilema hipotético cerca de él.

Muerdo, pestañeo, hago chocar mis dientes repetidamente, trago un poco de saliva, consciente de que lo estoy haciendo. Coloco en mi mente una serie de cosas que creo que me pasaron alguna vez, mi caída de una pared a los 10 años, un helicóptero que mi tío me regaló, sus plantas de cobre, M, Y, M, un viaje a un mundo literario escondido en mi computadora, un salto desde el primer piso en la casa vacía de mi vecino. Algo más rebuscado, el recuerdo de una imagen parcialmente inventada, yo de dos años (o un año), con poncho de color rojo de lana, caminando por la plaza con mi mamá detrás; hojas secas, medio cafés, medio naranjas, medio amarillas, cayendo en algún otoño; un pasaje de una novela que nunca va a existir, luz negra al estilo Código Da Vinci, los mensajes de alguien en el segundo piso de mi colegio, dejados como un aviso, una pista para los estudiantes que ya son adultos y buscan lo que ese alguien quiso decir. Una proyección, un ser imaginado, podría tener todas esas cosas dentro? De momento estoy a salvó, nadie me está imaginando.

Me doy vuelta, mis ojos sobre la pared que se ilumina un poco con la luz que ingresa por la ventana de la otra pared. Mi cortina es azul, la luz que ingresa y choca con mi pared tiene esos tonos. Aún es temprano, pero ya son las nueve. De qué día? Ya no lo sé. Debía levantarme más antes, ahora estoy atrapado dentro de mi cama hasta que pueda descifrar lo que dice esta pared. Canto de pájaros? Ojos vidriosos? Pienso en la ciudad Laberinto, al viajero encontrando un lugar secreto, lleno de árboles con hojas rojas, en medio de pequeños estanques que brillan. Será el largo pasillo de árboles que dibuje en mis mapas hace dos años? Qué tiene de especial ese pasillo? Mis primeros recuerdos sobre ese pedacito de historia hablan de un pasaje a una isla extraña, un barco que sale por las noches. Quizá es la última vez que hace ese recorrido, no sabe que al amanecer el mundo se va a terminar. Pero el barquero mantiene su promesa obsesiva, hace su rutina por miles de años, no va a cambiar en el umbral de la destrucción.

Atraviesa ese bosque de hojas rojas, pero puede que no sea verdad, puede estar en otro lado, puede que solo sea un recuerdo. Hay millones de historias fantásticas, imagina las muchas otras que no llegan a ser historias!
Qué hay en ese bosque? Que hay en esta pared que miro indefinidamente? El pliegue de la cortina me ayudará en algo? La formación de flores en S que marca el relieve de la tela y que de traduce en sombras más y menos opacas en la otra pared hace alguna diferencia? No quiero levantarme. Pude poner unas cuantas palabras por escrito. Sabes lo difícil que resulta eso últimamente? Me quedo sin palabras, M, y necesito volver a encontrarlas. Me distraigo mucho. En cuanto encienda la computadora voy a distraerme, en cuanto me ponga de pie, en cuanto recuerde que debo ir al banco, que debo dibujar, que debo diseñar, que debo redactar, que debo idear un plan que tenga más rentabilidad que mi plan actual, que debo aprender. Viajar por los mundos de la mente es difícil, se paga caro.

Azul gris sobre la pared. Rojo gris, púrpura gris, celeste gris, muchas paredes. Casi hay paz en el pequeño pedazo de mundo que alcanzan a percibir mis sentidos. No se busca más lejos porque todo explotaría, implosionaría. No tenemos poderes y no somos eternos, somos simples humanos con algunas horas al día. Quizá hay que sonreír por eso, por esas horas y porque no explota ni implosiona, porque todavía no se ha terminado. Sonrío al ver mi pared azul gris y mis árboles de hojas rojas, es interesante recorrer esos lugares. Hace unos días encontré al caminante nocturno, al vigía, al merodeador, fue emocionante!

El color de difumina, todo se hace más soleado, más diurno. Comienza el ruido.

Escrito por EM Rodríguez

Puede ayudarte a dormir…

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Sobre la violencia

Mientras hago tiempo ahí me topo con un cartel que me llama la atención un poco más que el resto de cosas desplegadas y revueltas, el violentómetro, una escala de diferentes muestras de violencia que puede hacerse visible en la pareja, desde violencia leve que sin duda alguna ni posibilidad de equívoco va a ir en aumento, pasando por violencia dura, y finalmente llegando a la violencia crítica en donde la vida y la salud de la mujer está en serio peligro.

¿Qué tan violento soy?
Un estado en el WhatsApp de M me hizo notar un evento en la plaza principal de mi ciudad. No tenía pensado ir, supongo que ella tampoco, sin embargo, por mis cotidianos temas laborales de viernes en la mañana, me vi de pronto cruzando la calle y apareciendo en esa plaza, “a modo de caminar”. El tema: Pandemia de violencia contra la mujer.

Un tema válido en esta época, con cincuenta y tantos feminicidios en Bolivia en lo que va del año y contando, y con cada vez mayores denuncias (no escuchadas o desistidas) de agresiones, acoso, amenazas de muerte y violaciones al grupo social que ya no quiere flores con espinas. El evento era de instituciones públicas, y otras, de apoyo y asistencia a la mujer víctima de violencia, pero más me hizo pensar en una feria escolar de tres o cuatro cursos. Con más presupuesto, eso sí, me entregaron unos cuantos folletos impresos en papel couché y pegatinas a cambio de pararme delante de ellas (creo todas las expositoras eran mujeres) unos segundos. Educación, prevención, promoción, y alguna frase pegajosa por ahí.

No quería llamar mucho la atención, yo solo estaba de paso, tampoco quería que esa chica se me pusiera a exponer torpemente lo que es el machismo, el patriarcado, la violencia de género o cómo la pandemia acrecentó estos problemas. Eso más o menos ya lo conozco, todos, y no creo que ella pudiera darme datos más importantes, trascendentales, o controversiales, de los que ya conocía. Además, como en toda feria de colegio, había un parlante de mierda con música y un animador que anulaba cualquier intento real de diálogo verdadero entre asistentes (la mayoría que vi, hombres) y expositoras. Hay que admitirlo, la plaza principal no es el mejor lugar para “educar” a las personas, menos para concientizarlas. Es más un acto de propaganda, maíz para los reporteros, show para que vean los jefes y digan que se está haciendo “algo”. En el colegio, esas ferias se hacían para que los papás vieran que el niño se sabía de memoria cuántos trajes típicos tenía el país, algo que le iba a servir de mucho en la universidad, así en mi forma más cínica de interpretarlo.

Mientras hago tiempo ahí me topo con un cartel que me llama la atención un poco más que el resto de cosas desplegadas y revueltas, el violentómetro, una escala de diferentes muestras de violencia que puede hacerse visible en la pareja, desde violencia leve que sin duda alguna ni posibilidad de equívoco va a ir en aumento, pasando por violencia dura, y finalmente llegando a la violencia crítica en donde la vida y la salud de la mujer está en serio peligro. No puedo dejar de pensar que ese gráfico es solo para hombres, para que hagamos mea culpa por las salvajadas de nuestro género y aceptemos la irrefutable confirmación de que también nosotros somos unos malditos bastardos violentos. No creo que los hombres sean los únicos o los más violentos, pero esa cuestión no tiene mucha relevancia en estos lugares. Aquí, en esta feria, es «amiga, date cuenta» y «hombre, no seas violento».

Pero no es tan drástico, se puede vivir con eso. Le doy un repaso a esta lista de cosas para ver por dónde ando y desde el principio ya me doy de frente con una señal de alarma, las bromas hirientes. M se quejó una y diez veces conmigo por una serie de bromas que hice sobre sus amigas una o un par de veces. Pero no sé si son catalogables como bromas hirientes. Sí, fueron hirientes para ella, al menos tanto como para que me lo reclamara de forma directa todas esas veces, pero quizá ella es muy sensible, pienso, o quizá no tiene la capacidad de comprender ciertos detalles en mi forma de contar las cosas, o no quiere que se le altere la mente con lo que aparece en las bromas. No lo sé. Mis bromas le afectan a ella, pero otras mujeres lo toman como lo que son, bromas. No son bromas sobre su cuerpo o su forma de hacer las cosas, ni siquiera sobre su burbuja delicada de paz, mis bromas son eventos hipotéticos aleatorios que suelo usar para agilizar la conversación, para dar un giro en la trama de la charla, para hacerlo divertido o interesante. Sigo sin saberlo, tal vez es hiriente, pero luego volveré ahí.

El siguiente punto, el chantaje. Tampoco sé qué significa con exactitud chantajear. Si puedo manipular supongo que puedo chantajear, para ganar argumentos. Quizá aprendí a usar mi silencio como una forma de chantaje, o las distintas tonalidades en las que puedo llevar una conversación, la clave ahí es dar el mensaje adecuado para lograr el efecto deseado. Supongo que eso podría interpretarse como chantaje. No dice las clases de chantaje, y dependiendo de la creatividad hay Miles de formas de chantajear.
Mentir-engañar. En lo posible trato de no mentir, pero al mismo tiempo estoy consciente de que la verdad puede ser como veneno para las personas que son muy delicadas. ¿Soportaría toda la verdad de las cosas? A menudo cierra los ojos y escapa a su habitación de pánico. Algunas verdades sí, otras no, no hay una forma clara de saber cómo son esos criterios de selección. También soy así, lo son todos. No será mentir, pero omitir detalles es una práctica muy común para salvar el mundo.
Ignorar-ley del hielo. Ahora mismo lo estoy haciendo, pero ella también. ¿Se compensa si es que ambos lo hacen? ¿Hay una sanción distinta? ¿Su indiferencia es menos relevante o peligrosa que la mía?
Celos. Lo soy. A mí no se me nota lo celoso, no soy agresivo ni hago dramas, pero soy celoso, una parte de mí sigue creyendo que hay algo ahí que me pertenece, la otra parte sabe que no es cierto y se ríe del patetismo.
Culpabilizar. Otro de los términos confusos. Es como el chantaje, quizá. Si le hago pensar que ella es la culpable de que una cita salga mal y por esa razón cambia su forma de ser, y se disculpa, pues supongo que también uso esa estrategia, para ganar argumentos cuando me conviene.
Descalificar. Solo algunos argumentos, y a veces le parecen ataques, otro tema delicado.
Ridiculizar-ofender. No lo creo, no con ella. Ridiculizo la estupidez del lenguaje inclusivo, la parodia de la pseudo inclusión en la sociedad, a las feministas radicales, a los religiosos radicales, a los políticos radicales y mentirosos. Quizá soy radical por ridiculizar lo radical, ¿eso afecta una relación de pareja? Solo Dios sabe.
Humillar en público. No.
Intimidar-amenazar. No, ni antes ni después.
Controlar-prohibir. Eso ya entra en el segundo grupo de cosas peligrosas, pero desde el principio establecí el principio de la total libertad de decisiones y movimientos.
Destruir artículos personales. Ella sí quiere que yo destruya algunos míos, pero eso no va a pasar solo porque ella lo desee. Principios ante todo.
Manosear. Difícil pregunta. Tiene que ser consensuado. Quizá alguna vez y lo hice pasar por accidente.
Acariciar agresivamente. ¿Qué significa «agresivamente»? ¿Hay circunstancias específicas?
Golpear «jugando». Le quito las comillas. Y no.
Pellizcar-arañar. No.
Empujar-jalonear. Jamás.
Cachetear. Creo que nunca, ni como juego.
Patear. Tercer nivel, aquí es el inicio de la muerte súbita, o aparecer doce días después en un basurero cortada en pedacitos. No.
Encerrar-aislar. Por culpa de ellos es que nos tratan a todos como imbéciles. No.
Amenazar con objetos o armas. Solo a las moscas.
Amenazar de muerte. Ni muerto.
Forzar a una relación. ¿Acaso eso se puede? ¡Cómo nadie me lo dijo! Quien hizo la escala no especificó si se trata de forzar a una relación sexual (lo que sería una violación de hecho) o forzar a una relación sentimental (como proponer matrimonio en público para que la presión social ayude o cosas parecidas). Como sea, no.
Abusar sexualmente. No lo creo.
Violar, mutilar y asesinar. No, no y no, por suerte.

Por suerte. Por suerte no soy un asesino, por suerte no soy tan estúpido como para ver a una mujer como a una rata. Por suerte mi mano se contiene y no tiembla cuando mi sangre hierve. Por suerte no me he visto atrapado en situaciones que me lleven al límite. Creo que no lo haría, pero no quiero llegar a encontrarme con esa posibilidad, no quisiera esa prueba de la vida…

Seis veinticuatro. Ya casi acaba el día. Volví a la misma plaza, pero la feria solo duró el horario de oficina. Me siento en una banca como acostumbro a hacer de vez en cuando. Miro a la gente, todo está normal. Casi no importa un carajo que este fin de semana pueda añadirse uno o dos nombres más a la lista nacional de feminicidios, todo seguirá en su orden natural. Es viernes, hora de celebrar.

Bromas hirientes. Sigo preguntándome qué es ser hiriente. Dependiendo de la persona, hiriente puede ser una simple crítica sobre el cabello, o hiriente puede ser plantear situaciones imaginarias, hipotéticas, que sean insostenibles o inaguantables. Hiriente puede ser cualquier cosa, y una broma puede ser cualquier cosa. Desde ahí se puede asumir que hay violencia, que puede haber, desde todos los frentes. A mí me hirió cuando prefirió dedicar su buen humor y su sonrisa de alegría a sus fans antes que a mí, una estúpida foto puede ser el principio del dolor. Una palabra, una mirada, una forma de comunicar los «buenos días». No me estoy quejando, la libertad es así, libertad para hacer lo que uno quiere, sin importar mucho si lastima a otros o no, libertad mientras no sea ilegal. Si esos otros son lastimados por esa libertad en realidad no debería importar, y si lo hace es porque ya estamos siendo chantajeados o manipulados. «No hagas eso porque me duele», «haz esto, porque sino me vas a lastimar», «no quiero que hagas nada que no quieras, solo te aviso que en este momento me estoy sintiendo profunda e irreparablemente lastimado por culpa de lo que estás o no estás haciendo pero, de nuevo, no te obligo a nada». Y así muchas variantes que a veces se detectan y a veces no. A veces soportamos esa violencia, no «camuflada», sino inconsciente, espontánea, natural en las personas. Esa feria no hacía diferencia entre la violencia que ejercemos (que ejercemos los hombres, según la mayoría de ellas) de forma inconsciente, por nuestra condición de seres humanos que se dedican a sobrevivir y a conseguir lo que desean, y la violencia premeditada o explosiva, originada en nuestra educación como sociedad y en la mierda que podemos tener en la cabeza. Y ahora que releo esta última parte se me hace muy difícil determinar qué características definen a este o a este otro tipo de violencia, quizá solo intento excusarme de mis propios defectos. Soy reactivo, tengo resentimientos, celos, a veces tengo odio o amor, a veces disfruto el ser frío o vengativo, o manipulador. Digo (pienso) «tú también eres así, pero yo juego mejor» y con eso «me salvo». Si quien está frente a mí usa la violencia o la manipulación o lo que sea, y yo lo detecto, puedo usar lo mismo, dar la vuelta a la mesa y poner las fichas de mi lado. Puede que no sea tan lejano de la violencia, al menos de la violencia psicológica, después de todo, en dos de mis novelas sin publicar, una chica termina muerta, y un chico termina destrozado.

Voy a casa, debo terminar un dibujo para su cumpleaños…

Escrito por EM Rodríguez

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