Jueves en la noche

Los jueves son días intensos para mí, a veces no duermo. Irónicamente son los días (las noches) cuando me da más sueño, como si todo el peso de la semana se dejara sentir justo en esa intersección entre medianoche y amanecer de viernes. Debo terminar una edición, una que pude haber terminado hace horas, ayer incluso si todo fuera color de rosa. Claramente no es así, será un símbolo de rebeldía contra el orden establecido, será un símbolo de mi terrible y procrastinadora estupidez, la cosa es que estoy aquí, sentado en la silla, frente a la computadora, irritado por el sueño, irritado por el frío, y viendo “un capítulo más” antes de concentrarme en serio.

Mónika quizá me regañaría, quizá lo haga en unos años. Yo mismo quizá podría regañarme en unos años, ahora solo me miro en el espejo imaginario que aparece en mi mente, y me veo entre un montón de causas-consecuencias. “Haz lo que quieras, pero asume las consecuencias, cada una de ellas, sin quejarte”. O puedes quejarte, pero asúmelas. O qué se yo… Constantemente me pierdo en esas nubes tormentosas de lo que se debe hacer, lo que se tiene que hacer, lo que se hace, o lo que a quién carajos le interesa un pepino! Divagaciones, divagaciones. Mi pequeña cima en la pequeña montaña más próxima es mantener vivo un pecesito formado de letras en su pequeño tazón de ideas, unas cuantas antes de dormir o de editar. Reviso rápidamente, hay un montón de notas guardadas, unas más desarrolladas que otras, unas técnicamente iguales ahora que las releo. Comparto una, casi elegida al azar, para colocarla en el mostrador. Quizá alguien la vea, quizá alguien se detenga unos segundos delante del cuadro de Maternidad y diga algo como “no entiendo, pero no te detengas”.

Despiertas a las cinco con unos minutos AM. Parece que estás más cansado que si no hubieras dormido, parece una especie de castigo, un castigo autoimpuesto. Te quieres lastimar al parecer, así de cruel eres. La computadora repite por sexta o séptima o vigésima vez el mismo “último capítulo” que tenías que ver. Está comenzando de nuevo, así que no lo puedes quitar. Lo que haces es apagar la luz y meterte a la cama. Son las cinco, puedes despertar en una hora, o en cuatro, a fin de cuentas no tienes nada que hacer por las mañanas.
En la cama miras al techo, costumbre ancestral que compartes con algunos, y en el techo recuerdas que no tienes la mañana libre, debes despertarte temprano, debes ir temprano a trabajar. Todos están acostumbrados a trabajar desde temprano, pero siempre tú no. No puedes acostumbrarte a eso, debe ser parte del por qué te autocastigas durmiendo sobre tu cama, con la luz y la compu encendidas, con el “valioso” tiempo del año nuevo gastado tontamente. Debe haber algo salido del equilibrio natural de las cosas, algo que corregir, una etapa previa, debes pensar en eso. “Qué clase de etapa?”, bromeas en tu cama sin que sea una broma. La negación? La negociación? La aceptación? Obviamente es un duelo por algo, quizá porque no respondiste al mensaje que te enviaron, quizá porque no te respondieron a los miles de mensajes que alguna vez enviaste. Quizá es tristeza, más simple. Quizá es ira, ira contra ti mismo, por gastar ese tiempo, por no encontrarle el valor que otros le dan, por jugar a que tienes más respuestas dentro de ti que el resto de tus semejantes. Falso, no tienes más respuestas, pero sí más preguntas, o quizá menos preguntas, pero sí más obsesivas. Te gusta caminar por el borde, es parte de lo que siempre le dices, y es la razón por la que no se puede ir o quedar definitivamente. Por qué te gusta lo complicado? Cinco cincuenta y siete, hace rato que terminó ese “último capítulo”. El cuarto está en silencio, hay paz, a pesar del mosquito que vuela cerca de las vigas hay paz. Y hay luz en la ventana. Ya es de día, casi ya es hora de levantarse, si cierras los ojos se pasará de la hora, si te distraes un poco, con el mosquito o con tus pensamientos, se hará muy tarde, y aún tienes sueño. Cierra los ojos pero no mucho, no te duermas completamente, asegúrate de que la alarma sigue activada, ya sonó una, faltan otras dos. Cierra los ojos y sueña un poco, con ella quizá, pero no tanto, soñar con ella es la forma más simple para que pasen otros diez años sin que te des cuenta. Mejor no pienses en eso, mejor piensa en el mosquito, disfruta el sonido de su vuelo, y ocúltate debajo del edredón.

Pagar el precio. Quizá. Nadie puede saber con exactitud quién es “ella”, o de cuándo es esa nota. Mónika tiende a confundir muchas de mis palabras y metáforas, al parecer nadie en su vida las usaba al nivel que yo lo hago, un cataclismo en la montaña, un incendio infinito en un bosque infinito que enfrenta una obsesión infinita. Uno de mis ojos comienza a cerrarse, eso significa que debo dejar de escribir y comenzar a trabajar. Una hora, dos horas, tres horas, congelado en el fin del mundo. Un bostezo de siete segundos es el pobre premio consuelo. Ahora me levanto de la somnolencia. Mañana dormiré, aunque “mañana” es también una metáfora…

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