
A todo vapor
Salgo del taller mecánico donde dejé el Pointer (¡maldito! no sirve la caja de velocidades y además se lo llevó la grúa en esta Semana Santa, lo que es otra historia que ya les contaré), cruzo ese pedazo de Bagdad que es Patriotismo y me subo a un microbús. Entonces empieza la fiesta.
De veras que las autoridades de la Secretaría de Transportes y Vialidad no se suben a estos vehículos o de plano es muy importante el caudal de votos que estos conductores y sus familias les significan, como para que les importe un pepino las condiciones en que circulan.
Los asientos son una tabla apenas revestida con una franela negra con la que seguramente limpian las bujías. Los neumáticos, lisos. Los tubos para sujetarse, inexistentes. ¿Limpieza interior?, sin bromas, por favor…

I just wanna live while I´m alive
Y lo mejor: el chofer. Camiseta negra, pantalones azules de rayón, lentes oscuros que le cubren media cara, peinado a rape y con brillantina, que no deja de moverse al ritmo de Bon Jovi que a todo volumen grita:
“It´s my life / it’s now or never / I ain’t gonna live for ever / I just wanna live while I’m alive…”
Serpenteando por los tres carriles que nos dejó Marcelo Ebrard en Patriotismo, el conductor opera el tablero de controles como si tuviera diez manos: para mover el botoncito que acciona el “tuit - tuit” con el que obligadamente se le debe dar paso, para accionar las luces que indican a los posibles pasajeros que hay lugar adentro (unos encima de otros), para abrir la puerta delantera, para abrir la puerta trasera, para encender la iluminación (muy deficiente) en el interior, para accionar el volumen del radio que va para arriba y luego para abajo según Bon Jovi lo indique, para recibir los 3 pesos y 50 centavos de la tarifa, para juguetear con monedas de 50 centavos entre semáforo y semáforo, para detener a un pasajaro que quierde descender por la puerta delantera -”hágame favor de bajar por atrás, joven, no me vayan a multar”, le dice-, para mentarle la madre a un automovilista…
“It’s my life (canta el conductor que masca un chicle) / It’s now or never (recuerda a los pasajeros como mensaje premonitorio) / I ain’t gonna live forever (nos hace saber mientras cruza Puente la Morena ya con el semáforo en rojo) / I just wanna live while I’m alive (y los pasajeros pensamos lo mismo).
Llegamos al metro Chapultepec, agitados y convulsionados. Nos dice con amabilidad que raya en la lisonja: muchas gracias señores pasajeros, hasta aquí llegamos. Da un frenazo que casi saca por el cristal delantero a una mujer de edad. De todos modos, la mujer a punto de salir disparada le obsequia al chofer una sonrisa.
Dice la Setravi que el 75 por ciento de los pocos más de 30 mil microbuses ya superó su vida útil. Tiene el diagnóstico, pero no el remedio. Ahí seguimos.
It’s my life…
















Termino de comer en un magnífico restaurante japonés de Hamburgo y Tokio en la Zona Rosa del Distrito Federal y salgo corriendo al metro Insurgentes porque debo ir al Zócalo a encontrarme en un Starbucks con 

Mis
Un caso similar es el de quienes deciden “intervenir” las señalizaciones urbanas: los nombres de las calles, los letreros que indican qué ruta seguir, el aviso de silencio porque se pasa frente a un hospital, etcétera.
Mie, Abr 15, 2009